Introducción
El objetivo de este artículo es dialogar con el nuevo realismo moral de Markus Gabriel para afirmar la realidad del Antropoceno ante el negacionismo de corte posmoderno. De esta manera, asumimos que a través de un realismo moral es posible contrarrestar los efectos destructivos de las catástrofes climáticas, pues los hechos no son interpretaciones ni construcciones culturales.
Basta recordar que los discursos negacionistas sobre el Antropoceno (cambio climático, calentamiento global, derretimiento de los glaciares) son producto, entre otros asuntos, de posiciones posmodernas relativistas, que niegan los hechos concretos, evitan una responsabilidad que posibilite el cambio o aminoran el riesgo catastrófico en la medida de lo posible. Negar la existencia de los hechos bajo el discurso interpretativista tan propagado en el siglo XX desembocó en una constelación de posiciones y enunciados sin ningún compromiso por la realidad.
Aunado a lo anterior, la posmodernidad, en sus variantes epistemológica, ética y política, ha contribuido a agravar más la problemática. En lo que se refiere a la episteme, influida por un firme subjetivismo, se cancela la posibilidad de conocer las cosas de suyo, por lo que estos hechos climáticos son percibidos como construcciones culturales incapaces de poner el riesgo el poderío de lo humano. Declaraciones como «la naturaleza es una construcción social» son un buen ejemplo para entender esta postura, al igual que solo visualizar el conocimiento desde juegos de poder o juegos de lenguaje.
Ahora bien, una ética de matices posmodernos niega la existencia de hechos buenos o malos, pues estos dependen de las variantes y diferencias culturales, por lo que se imposibilita la capacidad para afirmar que el Antropoceno es un problema universal que nos atañe realmente a todos los seres humanos, independientemente de la raza, clase o género.
Por último, en lo que refiere a la posmodernidad afincada en la política, tenemos claros ejemplos como Trump o Bolsonaro, ambos negacionistas del cambio climático. Al respecto, Markus Gabriel (2021) señala:
También se pone en práctica, por ejemplo, en el cinismo político del gobierno de Trump. Las mentiras manifiestas, las decisiones erráticas, el hacer caso omiso abiertamente de argumentos mejores y el despreciar toda idea de progreso moral constituyen las bases de la actuación mediática posmoderna de D. Trump, es mascarón de proa del nihilismo de los valores (p. 91).
La cita anterior refleja bien la perspectiva posmoderna en la que se edifica la política negacionista de los hechos verdaderos, acciones buenas y, por supuesto, la erradicación de promover alguna política de esperanza. Cada vez son más frecuentes los huracanes y terremotos, los océanos están padeciendo, y, sin embargo, además de la negación de los hechos, existe un escepticismo generalizado hacia los estudios científicos.
La hipótesis que orienta este trabajo sostiene que solo desde un realismo moral es posible contrarrestar los efectos de las crisis climáticas del Antropoceno, por el hecho de que no se distraen con postulados relativistas que niegan los acontecimientos que produce, pues la existencia de los hechos de la naturaleza, como los huracanes o los terremotos, no son una construcción social, sino eventos concretos derivados de una ausencia de ética ambiental realista.
Este artículo se organiza en tres dimensiones. En la primera, abordamos el Antropoceno desde diversas reflexiones. En la segunda, retomamos algunos aspectos de la posmodernidad, cuya ideología ha permeado el negacionismo climático. En la tercera, exploramos la filosofía realista de Markus Gabriel, específicamente su ética desde su realismo moral.
Antropoceno
La reflexión sobre el Antropoceno no es cuestión exclusiva de las ciencias naturales. Recientemente pensadores como Latour (2013), Déborah Danowski y Viveiros de Castro (2019) y el mismo Markus Gabriel (2021), entre otros, han reflexionado sobre los diagnósticos y las posibilidades que tenemos ante la gran tragedia ecológica de la que somos testigos. Por ejemplo, el autor de Nunca fuimos modernos advierte que ante el crudo escenario del Antropoceno los pensamientos sobre el infinito han perdido su mecanismo de eficacia, por el hecho de que lo real de la catástrofe climática nos obliga a limitarnos en nuestra propia esfera terrestre.
Chakrabarty (2019), el famoso profesor de la Universidad de Chicago, impartió una conferencia llamada «La condición humana del Antropoceno» en 2015. Ahí, el pensador bengalí iluminó al auditorio con los primeros vestigios de un concepto que a la posteridad definiría el rumbo de los debates contemporáneos. Nos referimos al Antropoceno, noción que a partir de ese momento arropará todas las consecuencias climáticas derivadas del calentamiento global. Así, se inauguró el nombre de una era geológica en ruinas a punto de la devastación derivada del exceso de industrialización y falta del cuidado hacia los «recursos naturales».
Posteriormente, Crutzen y Stoermer plantearon que lo más probable era que ya éramos testigos de un tiempo totalmente diferente. «Cuando Paul Crutzen y Eugene Stoermer (2000) presentaron por primera vez la idea del Antropoceno en el boletín del Programa Internacional Geósfera-Biósfera (IGBP, por sus siglas en inglés), no podían haber previsto la meteórica trayectoria del Antropoceno» (Trischler, 2017). De hecho, este acto inocente desembocará en el futuro en un gran torrencial de movimientos ecologistas y temas de investigación, así como en una que otra política pública. No por nada en ese tiempo estos académicos ya vislumbraban que: «Los seres humanos [...] se han convertido en una fuerza geológica poderosa, tan es así, que es necesario designar una nueva época geológica para describir con precisión este desarrollo» (Trischler, 2017). Con el nombre de este nuevo tiempo, parte de la humanidad empieza a alarmarse, con cierto temor, ante lo que les espera en el futuro. Además, este aterrizaje forzado en nuestro planeta enfermo y deteriorado inhibe instalar nuestra mirada hacia otras realidades infinitas. De acuerdo con la filósofa australiana Claire Colebrook (2022), el dolor de la tierra ha velado nuestro protagonismo humano al emerger intensidades que nos sobrepasan:
La noción del planeta Tierra como limitado, como algo que es cualquier cosa menos infinita, parece haberse impuesto a pesar de nosotros. Nuestro potencial y lo que podemos hacer con nosotros mismos y con el planeta ya no están determinados por las leyes de la física formal o la lógica, sino por variables y volubilidades que no podemos dominar por completo (Colebrook, 2022, p. 4).
Ante el poderío de la naturaleza y agentes ajenos al control humano, la Tierra se resiste a la violenta devastación continua, respirando a través de terremotos, tormentas, deshielo de los glaciares, extinción de especies y otros eventos más, con el propósito de sacudir el egoísmo humano en aras de crear una sinergia creativa y, sobre todo, una relación de igualdad entre lo humano y Gaia. No por nada una de las grandes lecciones que nos ha dado el Antropoceno consiste en borrar el límite entre el mundo social y el mundo natural. Por lo general, esta frontera paradigmática ha dividido las áreas de la naturaleza y lo humano, como si existieran zonas purificadas sin hibridación alguna (Latour,1991).
Por otro lado, los humanos hemos experimentado la temporalidad al margen del tiempo de la Tierra; a saber, solo midiendo la historia, sus cambios y transcursos a través de cronologías y etapas, donde no hay lugar para el tiempo del resto de los seres vivos, tanto del mundo geológico como del mundo animal y mineral. Aislados, en su burbuja antropocéntrica, los humanos solo han pensado en el progreso de la especie, industrializando, modernizando y acabando con todo obstáculo que interfiera en sus planes de dominación. A este respecto, Colebrook (2022) señala: «El Antropoceno emerge como una diferencia disonante; los humanos posdarwinianos han vivido con un sentido de la diferencia de escala entre el tiempo humano de las generaciones (política) y los tiempos eclipsados del cambio geológico». En esta línea, podemos observar que esta disonancia temporal ha desembocado en una vida humana narcisista, en la imagen de un humano que se cree más poderoso o con más tiempo de vida que un volcán. Más poderoso que un terremoto o que los huracanes. El caso es que lamentablemente hoy en día esta ceguera humanista se está convirtiendo en catástrofes terribles, con comunidades enteras que pierden sus patrimonios y que los que más daño hacen al planeta pocas veces realizan políticas climáticas para salvarnos de esta mutación contra natura. No obstante, esta disonancia temporal en tiempos del Antropoceno es asunto del pasado, pues de modo violento a diario somos partícipes de cómo esta división se separa, y que, en ocasiones, ni los instrumentos más precisos de prevención de catástrofes climáticas logran salvar a poblaciones enteras: «En el Antropoceno estas dos líneas de tiempo, en su disonancia y diferencia, se solapan: el cambio geológico está ocurriendo dentro del tiempo humano y humanamente experimentado» (Colebrook, 2022, p.4). Bajo tales circunstancias, no queda duda de que, a pesar de negar que el tiempo no es solamente una prerrogativa humana, el tiempo de la madre tierra aflora y se pone a la par de nuestro cronograma humano demasiado humano, como diría el buen Nietzsche.
Ahora bien, esta marginación monoespecie -a saber, el egocentrismo humano de creerse la única criatura viviente y digna en el planeta Tierra- ha dejado huella en el tiempo geológico, al desatar e incrementar más bien los fenómenos naturales de una manera exponencial. A raíz de esto, la separación temporal entre lo humano y lo no humano se diluye dando pauta a la emergencia de un empalme del tiempo que revela la imposibilidad de negar el tiempo geológico. «Las especies y la geología ahora son articuladas; miramos la Tierra (ahora) como si en nuestra futura ausencia fuéramos legibles como si hubiéramos sido» (Colebrook, 2022, p. 7). Ante esta realidad, la fusión temporal daría pauta a un estado de conciencia más sensible de las necesidades de las especies y la naturaleza. Empero, ello no ocurre así. Lamentablemente, coexiste una cultura posmoderna en la ética, política y teoría del conocimiento, que borra, y más bien niega, todas las realidades del Antropoceno, todos los hechos concretos del Antropoceno, al aminorar la devastación de la que somos partícipes. A continuación, exploraremos brevemente algunas de las características de este paradigma, tan diseminado y presente en ciertos políticos, medios de comunicación y los llamados negacionistas.
La posmodernidad negacionista
En el apartado anterior, vimos que diversos científicos, tanto del campo de las ciencias naturales como sociales, han presentado evidencias sobre el estado actual del calentamiento global y la crisis climática. Sin embargo, como veremos más adelante, existe una serie de movimientos y personajes políticos que, sabiéndolo o no, basados en premisas relativistas y posmodernas, niegan la validez de dichos hechos. Estas conductas o posiciones no son algo reciente. Veamos brevemente cuáles son los postulados que sustentan este relativismo negacionista.
De entrada, durante los últimos 40 años del siglo XX, el relativismo resurgió con gran fuerza en buena parte del trabajo académico y artístico. Perry Anderson (1998), en su obra los Orígenes de la posmodernidad, rastrea los orígenes de este término, concepto o movimiento, a través de diversas obras literarias, arquitectónicas o históricas, que se caracterizaban sobre todo por un rechazo a los cánones de la modernidad. De acuerdo con el historiador inglés, el término posmodernidad se utilizó por primera vez en Latinoamérica y hacía referencia a la poesía de Rubén Darío, que no se apegaba a la métrica y rima, sino que tomaba un rumbo más experimental. Sin embargo, no es hasta 1979 cuando, de la pluma del filósofo francés Jean-François Lyotard, surge el texto La condición posmoderna.
La posmodernidad, dice Lyotard, es una edad de la cultura. Es la era del conocimiento y la información, que se constituyen en medios de poder; época de desencanto y declinación de los ideales modernos; es el fin, la muerte anunciada de la idea de progreso. Lyotard (1987), al examinar el actual estatuto del saber científico, constata que incluso cuando este último parecía más subordinado que nunca a las potencias, ya que con las nuevas tecnologías se expone a convertirse en uno de los principales elementos de sus conflictos. La cuestión de la doble legitimación, lejos de difuminarse, no puede dejar de plantearse con mayor intensidad.
En principio, y para extender la reflexión, habría que indicar que para Lyotard (1987) no hay saber neutral al margen del poder. Esto quiere decir que todo investigador o proyecto de investigación está permeado por intereses policiacos que no dejan fluir la curiosidad por el saber de una manera genuina, pues estarían condicionados por las grandes agendas del Estado y los partidos. Al respecto, el filósofo francés plantea que «en su forma más completa, la de la reversión, que hace aparecer que saber y poder son las dos caras de una misma cuestión: ¿quién decide lo que es saber, y quién sabe lo que conviene decidir? La cuestión del saber en la edad de la informática es más que nunca la cuestión del gobierno» (Lyotard, 1987, p. 11).
Ahora bien, la lectura que Markus Gabriel elabora de la posmodernidad señala que este movimiento:
anhelaba consumar la ruptura con la tradición y liberarnos de la ilusión de que existe un sentido de la vida al que aspiramos; sin embargo, para liberarnos de esa ilusión, simplemente se crearon nuevas ilusiones, sobre todo la de que estamos encallados en nuestras ilusiones. La posmodernidad quería señalar que la humanidad padece desde la prehistoria una terrible alucinación colectiva la metafísica (Gabriel, 2022, p. 18).
Lo anterior trae como consecuencia un terrible desencanto, que nos condena a una depresión de la fuerza vital en todas sus dimensiones, borrando las alternativas y, en especial, la esperanza de un sentido. Es como si de una vez y para siempre nos subsumiéramos en el cierre de todo proyecto de transformación político y social, aceptando de antemano que no hay alternativa posible. Sin embargo, para el filósofo alemán los postulados posmodernos solo nos llevan a un impasse de callejón sin salida, al negar tajantemente la existencia de algo en sí:
Por el contrario, la posmodernidad ha objetado que solamente existen las cosas tal como se nos presentan. Que no hay nada más detrás ni mundo ni realidad en sí mismos. Algunos representantes menos radicales de la posmodernidad, como el filósofo estadounidense Richard Rorty, opinan que puede haber algo detrás del mundo tal cómo se nos presenta, pero esto no tiene ninguna implicación para nosotros los seres humanos (Gabriel, 2022, p. 20).
Esas nociones establecen la negación de la realidad, condenados a vivir en un mundo de proyecciones y fantasías, donde nadie se compromete a afirmar la existencia y el conocimiento de algo afuera sin mí. Esta falta de compromiso deriva en la propagación de ideas sin convicciones políticas fuertes, y sin orientaciones claras sobre el actuar en y frente al mundo
Para Markus Gabriel, «la posmodernidad es una forma bastante general del constructivismo. el constructivismo se basa en suponer que definitivamente no existen hechos en sí mismos, sino que más bien nosotros construimos todos los hechos mediante nuestros distintos discursos o métodos científicos» (2022, p. 21). El problema con este tipo de paradigma es que niegan la existencia de fenómenos sociales y naturales al margen del sujeto, y ello deriva en una falta de compromiso ante aquellos acontecimientos que no garantizan una mejor vida para todos. El asumir que no hay nada afuera es sin duda una posición altamente narcisista que lamentablemente, ha causado estragos catastróficos en el plano de lo político, así como en el de la moral y el epistemológico.
Por ejemplo, cuando el fantasma de la posmodernidad se apoderó del campo de la ética, emergieron sentencias relativistas que anulaban la existencia de hechos buenos o malos. El todo vale se volvió el eslogan de todos aquellos que siguen su deseo sin reflexionar sobre las estructuras que regulan los comportamientos, precisamente, para librar al otro de la falta de bienestar. Entonces seguir el flujo del deseo, como lo dicta uno de los santos patrones de este gesto, consistirá en hacer absolutamente lo que se quiere sin importar llevar a la maleficencia al otro. Lo bueno y lo malo es algo obsoleto, y el otro gurú -desvirtualizado, por cierto- dice la oración «no existen hechos morales solo interpretaciones». Y así, sin reflexión alguna, apropiándose de estas oraciones, pregonarán por todas partes sus verdades posmodernas incuestionables y vividas al pie de la letra.
En lo concerniente a este posmodernismo ético y su afectación directa con el Antropoceno, tenemos como ejemplo frases que repiten una y otra vez, con premisas como las siguientes: que se acabe el agua está más allá del bien y del mal, o sigue tu deseo y acaba con toda el agua del planeta si ese es tu deseo. Por supuesto, el cambio climático es solo una proyección sociocultural, y que el hecho de vivir el verano en diciembre no es producto del calentamiento global. Apelando a los discursos de la diversidad cultural, no es bueno ni malo que los huracanes hayan destruido una población entera como Acapulco en México.
Por otro lado, como mencionamos anteriormente, uno de los rasgos básicos que describen una política relativista consiste en la negación de los hechos. Ejemplos como el de Donald Trump y Bolsonaro son emblemáticos de esta falta de compromiso con la verdad y, en gran medida, con los datos concretos. Como se sabe, ambos líderes políticos se han negado a tomar las medidas necesarias para contrarrestar en la medida de los posible los efectos catastróficos del cambio climático. El primero negó su participación en los acuerdos de París y el segundo pregona que el calentamiento global es una cosa de activistas que gritan (Rodriguez-Medina, 2021).
Esta forma de ejercicio del poder desde el relativismo y la negación de los hechos trae consigo una serie de efectos graves para la vida de los ciudadanos. Es, de cierta manera, una política que atenta contra la vida. Así, este orden policial extractivista con inclinaciones negadas a la realidad del cambio climático, en lugar de configurar un campo de lo posible para subsanar estos estragos, solo abona a que ciertos sectores de la humanidad sigan su vida como si nada estuviese pasando.
Sencillamente, una política relativista no se compromete con la posibilidad de buscar otras formas de vida más saludables para todos, pues, de cierta manera, son cómplices de la destrucción. Las consecuencias de asumir una ética relativista devienen en la negación de hechos como el cambio climático. Esta postura también negaría que la humanidad entera está en riesgo, que probablemente falta poco tiempo para que la raza humana siga existiendo, o que tengamos agua y oxígeno para vivir de una manera digna.
En suma, tenemos buenas razones para decir que una ética y política de corte posmoderno cancelan la posibilidad de un mejor futuro por venir. Condenados a los demonios del relativismo, no queda más que inmovilizarse ante la cada vez más deteriorada situación planetaria. Asimismo, una ética relativista tampoco es una buena opción para construir una sociedad más justa e igualitaria, ni un planeta sin menos catástrofes naturales. Veamos, pues, en qué consiste la propuesta de Markus Gabriel.
El nuevo realismo moral contra el Antropoceno
El realismo filosófico ha cobrado especial relevancia en el contexto de la reflexión contemporánea. Frente a la proliferación indiscriminada de la posmodernidad como única alternativa, un grupo de pensadores anglosajones y europeos reactivan el problema de la realidad. Así, resulta pertinente cuestionarse: ¿qué alternativas o posibilidades presenta el realismo ante el Antropoceno? ¿Si el posmodernismo, más que tomar medidas al respecto, legitimaba su negación, qué mundo por venir nos espera? O peor aún: si no hay ninguna moral concreta para cuidar el planeta, ¿qué tragedias se nos avecinan?
En esta constelación de pensadores sobresalen las figuras de Graham Harman (2015) en Chicago, Quentin Meillassoux (2015) en Francia, Markus Gabriel (2016) en Alemania, entre otros. Todos coinciden en que resulta urgente retomar el problema de la realidad, dado que la propagación indiscriminada de las tesis posmodernas imposibilitó la capacidad de apostar por un compromiso ontológico serio acerca de la naturaleza de lo real.
Markus Gabriel, en su obra Ética para tiempos oscuros. Valores universales para el siglo XXI (2021), desarrolla tres tesis para validar su proyecto del nuevo realismo moral como una estrategia para contrarrestar los efectos nocivos del relativismo ético. La primera tesis sostiene: «Existen hechos morales que son independientes de las opiniones personales y colectivas; su existencia es objetiva» (Gabriel, 2021, p. 33). Para demostrar lo anterior, el filósofo alemán acude a algunos ejemplos afincados sobre todo en el discurso de la relatividad cultural. Así, señala que casos como matar a un niño son moralmente reprobables, ya sea que este acontecimiento haya ocurrido en China, Bolivia o Estados Unidos. Hay un parámetro moral que sostiene la calamidad de este acontecimiento, más allá de las diferencias de costumbres, religiones y demás prácticas culturales. Por consiguiente, Gabriel (2021) defiende la posición que asume la existencia de hechos de naturaleza moral irresoluble, totalmente objetivos, que se dan más allá de las diferencias geográficas o culturales. Partir de esta tesis implica un serio compromiso con lo universal, pero también, y sobre todo, con la defensa de la objetividad más allá de fantasías o subjetivismos.
La segunda tesis hace referencia a la objetividad y cognoscibilidad de los hechos morales. Al respecto, Gabriel puntualiza: «Estos hechos morales de existencia objetiva son cognoscibles, en lo esencial; es decir, dependen del pensamiento. Se dirigen a los seres humanos y ofrecen una brújula moral sobre lo que deberíamos hacer, podemos hacer o debemos renunciar a hacer» (Gabriel, 2021, p. 33). En principio, y para extender la reflexión, habría que indicar que estos hechos se aprehenden a través de la cognición humana, y que, pese a posiciones subjetivistas que niegan el acceso a la objetividad, existen parámetros en común para señalar la naturaleza moral de nuestras acciones. Por último, la tercera tesis postula:
los hechos morales de existencia objetiva son válidos en todos los tiempos en los que el ser humano ha vivido, vive y vivirá. No dependen de la cultura, la opinión política, la religión, el sexo, el origen, la apariencia o la edad, y, por lo tanto, son universales. Los hechos morales no discriminan (Gabriel, 2021, p. 33).
La cita anterior se ajusta bien sobre todo a discursos a favor de visibilizar la diversidad cultural que terminan anclados en un profundo relativismo ético, a la vez que asumen una posición subjetivista que niega la posibilidad de hechos objetivos al margen del sujeto, cegados ante la ideología. Además, más allá de las diferencias temporales, estos hechos morales trascienden dichas medidas o apreciaciones del tiempo, pues permanecen a lo largo y ancho de la historia. Ello también afirma que ni las diferencias de opiniones políticas, culto religioso, sexo o edad marcan la pauta para definir si son reales o no. Por el contrario, estos hechos morales de existencia objetiva son universales en la medida en que no asumirlos como tales nos afectan a todos:
Los hechos morales no son acuerdos sociales ni construcciones culturales, porque existen sui generis y se los puede medir de acuerdo con escalas de valor universales que se pueden aplicar a la evaluación superior de los acuerdos y las construcciones culturales (Gabriel, 2021, p. 33).
En este punto, aclarar la existencia en sí y por sí de los hechos morales resulta valioso para combatir el relativismo moral. Un ejemplo de dicho relativismo lo vemos en aquellos que, arropados bajo una consigna multiculturalista, sostienen que el calentamiento global solo existe en los países tercermundistas y que los países primermundistas no contaminan o no abonan a la catástrofe climática. En este sentido, no harían nada al respecto, pues sus conductas ambientales seguirán siendo las mismas. Por ello, Gabriel (2021) advierte que los hechos morales no son construcciones socioculturales. Por el contrario, estos hechos morales son claros mientras transcurre el tiempo con cierta «normalidad»; sin embargo, se ocultan cuando prevalece la ideología y los discursos incuestionables sobre el ser de las cosas y su conocimiento. «En su forma básica son evidentes, pero en tiempos oscuros quedan ocultos por efecto de la ideología, la propaganda, la manipulación y algunos mecanismos psicológicos» (Gabriel, 2021, p. 33). No sorprende, por tanto, que de manera acrítica se formen discursos y eslóganes que afirman que todo depende del punto de vista, que no existe la verdad, que lo que es bueno en un país es malo en otro. No obstante, todas estas afirmaciones niegan el universalismo de los valores. Echar venenos tóxicos al mar que posteriormente enferman a niños y ancianos es un acto malo, ya sea en China o en Japón. Respirar aire negro y contaminado daña los pulmones, ya sea en Ciudad de México o en Sídney. Por lo tanto, modificar los hábitos y realizar acciones al respecto para aminorar estas problemáticas son hechos morales buenos que beneficiarán a la totalidad humana.
Siguiendo con el argumento, Gabriel (2021) aclara que un hecho es una verdad de existencia objetiva:
Es cierto, por ejemplo, que los trenes de nuestro servicio público de ferrocarriles se retrasan a menudo. También es verdad que nuestro planeta solo tiene un satélite, la Luna, que la Tierra da vueltas en torno del Sol; que cuando escribo estas páginas Angela Merkel es la cancillera federal de Alemania (p. 48).
Es legítimo, entonces, pensar que en ocasiones se desprecia que algún evento o cosa tenga cualidades objetivas, y que se descarta en automático cualquier ejemplo o argumento que afirme lo contrario. Se acepta la imposibilidad de conocer los hechos con un rango de objetividad, por introyecciones culturales que niegan ideológicamente la existencia de hechos suyos. A partir de esto, el filósofo alemán agrega otra aclaración más a su argumentación, al contraponer lo que es el realismo moral versus el antirrealismo moral.
Lógicamente el enemigo a vencer para orientar un futuro por venir esperanzado es el antirrealismo moral. Pues si lo que nos ocupa es la catástrofe del Antropoceno, no podemos conformarnos con subjetivismos, negacionistas, fantasías y autopercepciones que cancelan la política de la imaginación con tintes relativistas:
El antirrealismo moral presupone por el contrario (como se expresa en el título de un conocido libro del filósofo australiano John Leslie Mackie) que la Ética es la invención de lo bueno y lo malo. Los naturalistas conocidos también como subjetivistas creen que en realidad no existen valores morales ni acciones. (Gabriel, 2021, p. 48).
El problema expresado en la cita anterior es un claro ejemplo de las oraciones introyectadas sin crítica alguna, que pregonan una y otra vez que no hay hechos buenos ni malos, y que todo depende de tu punto de vista o perspectiva cultural. No sorprende, por tanto, que incluso este antirrealismo se vuelva un arma ideológica en pos de promover sociedades antiecologistas en vías de destruir el planeta.
Ahora bien, ¿qué relación existe entre los hechos morales y el Antropoceno? Veamos algunos ejemplos. Los científicos afirman que «si las emisiones continúan aumentando sin control, el Ártico podría quedar sin hielo durante los veranos, a partir del año 2040, ya que las temperaturas del océano y del aire continúan aumentando rápidamente» (World Wildlife Fund, 2019). Siendo así, resulta necesario atender moralmente qué estrategias están implementando las personas, los gobiernos y las ciudades para reducir la huella de carbono. Esto implica una transformación de nuestras posiciones en torno a la naturaleza de lo bueno y lo malo para el planeta y para nuestra vida, pero además sobre los hechos que causan la destrucción. Recordemos que para Platón (1999) el objetivo primordial de la ética consiste en obtener una vida buena y bien lograda; empero, con la crisis del Antropoceno, ¿hay vida buena y bien lograda en el Antropoceno? Definitivamente no. Y si a ello agregamos la variante posmoderna en todas sus variaciones, solo nos espera imposibilitar alternativas, más allá de aceptar el apocalipsis climático.
No obstante, a pesar de la desesperanza posmoderna, los nuevos realismos, y específicamente el nuevo realismo moral de Markus Gabriel, configura una alternativa viable para esclarecer por qué no podemos seguir perpetuando el relativismo de los hechos climáticos, y además para posibilitar la intensificación de políticas enfocadas en la realización de acciones que combatan la destrucción de la vida en el planeta.
A manera de conclusión
En este texto, revisamos las posturas de algunos intelectuales y científicos respecto al Antropoceno, así como las consecuencias derivadas de esta nueva etapa geológica y las posibles repercusiones en la vida entera del planeta, sin distinción entre humano y no humano. De manera básica, planteamos que el Antropoceno es una de las consecuencias de un antropocentrismo exagerado. Pero, más allá de este egocentrismo a partir de la propagación de la ideología posmoderna en todos sus matices -ética, política-epistemológica-, políticos y fanáticos negacionistas niegan los hechos concretos del calentamiento global. En este punto, vimos cómo la negación de la existencia objetiva de acontecimientos, más que adornar una discursiva sin alcances, lastiman profundamente a la humanidad cuando cae en boca de políticos y fanáticos, para quienes, a pesar de las evidencias del descongelamiento de los océanos, este fenómeno no existe y solo es una estrategia para frenar el crecimiento económico.
Pese a las falacias posmodernas afincadas en los discursos políticos, pensadores como Markus Gabriel, instalados en el llamado nuevo realismo, más que seguir con propaganda pesimista, retoman el problema de la universalidad de los valores y apuestan por una reactivación de un realismo moral que asume la existencia de hechos morales más allá de la diversidad cultural. Sencillamente, resulta urgente apostar por una ética «verdadera» basada en hechos concretos que guíen las acciones de la subjetividad colectiva a través de un realismo moral. Como ya hemos visto, el antirrealismo de la posmodernidad diluye o borra más bien la realidad del Antropoceno, al difundir propaganda negacionista que no contribuye en la construcción de acciones públicas para aminorar los desastres naturales en la medida de lo posible.
Finalmente, surge otra interrogante: ¿cómo pensar y recrear la política y la ética realista en el Antropoceno, particularmente una política en clave de emancipación, de potenciación y reafirmación de la vida?