Relaciones con la naturaleza. Enfoques poshumanistas1
Las relaciones entre los seres humanos «modernos» (Homo sapiens sapiens) y la naturaleza han sido variables, disímiles y desincronizadas en los cerca de 400 000 años estimados de existencia de nuestra especie (véase Wood, 2005). El autorreconocimiento de los seres humanos de su condición natural, esto es, la toma de conciencia de su propia evolución y animalidad es relativamente reciente. La incorporación del amplio trayecto evolutivo y experiencial que devino en el ser humano moderno, la llamada «prehistoria» o «tiempo profundo», en los conocimientos científicos imbricó diversos desplazamientos ontológicos y epistemológicos que pueden distinguirse entre mismidad e ipseidad2. Las reflexiones y las experimentaciones humanas acerca de su naturaleza y evolución como especie, que lo remitieron gradualmente a un cada vez más «oscuro abismo del tiempo profundo» (Bullard, 2000, pp. 11-12), reforzaron la conciencia de lo humano a partir de la distinción entre naturaleza y cultura, característica del pensamiento ilustrado.
En el ámbito epistemológico, orientado por el «escepticismo kantiano», se descartó cualquier pretensión de conocer directamente la naturaleza, la cual era vista como epítome de lo real (Sánchez-Criado, 2008, p. 4). Esto abrió camino a la imposición del «representacionalismo» que recubrió con un halo de sospecha y perversión cualquier pretensión de acceder al mundo de modo inmediato (Sánchez-Criado, 2008, pp. 4-5). Solo a través de ciertas críticas constructivistas fue factible rebatir las nociones que conciben al pensamiento y la mente como una cuestión trascendental, transhistórica para, en su lugar, proponer lo «mental» como una singularidad histórica forjada en un entramado de relaciones particulares (Sánchez-Criado, 2008, p. 5). Las posturas constructivistas otorgaron relevancia al relato y las descripciones como prácticas humanas en las que la realidad se introduce mediante el uso de categorías y descripciones (Sánchez-Criado, 2008, p. 6).
En las ideas ilustradas recurrentes se muestra «una Naturaleza grandiosa y universal», a la vez que «pasiva y mecánica», en donde la «Naturaleza» funge como «un telón de fondo y un recurso para la intencionalidad moral del Hombre», dando a este último la capacidad de domesticarla y dominarla (Tsing, 2023, p. 9). De tal modo, «los fabulistas, incluidos los narradores no occidentales y “ajenos a la civilización”», recibieron la tarea de recordarnos las alegres actividades de todos los seres humanos y no humanos (Tsing, 2023, p. 9). Para Anna Tsing, esa «división del trabajo» fue socavada a partir del reconocimiento de que la «domesticación» y «dominación» de la naturaleza «han causado tal desastre que no está claro si la vida en la Tierra puede continuar». A ello se suma el hecho de que las relaciones interespecies, antes materia de fábulas, ahora reciben la atención de biólogos(as) y ecólogos(as) que cuestionan ese predominio humano (Tsing, 2023, p. 9). Las perspectivas intelectuales y académicas críticas de los enfoques antropocéntricos, si bien no son recientes, han cobrado impulso ante los desafíos planteados por el Antropoceno al propiciar «una conciencia de la agencia humana a nivel de especie que pisotea la distinción entre el hombre (coherentemente individualizado) y la (dócil) naturaleza en la que descansaban las aspiraciones de la Ilustración para la historia» (Satia, 2023, p. 8)3. Estas posiciones y enfoques son planteadas desde los poshumanismos, las llamadas «humanidades ambientales», e incluso en la «ecología política», no exentas de polémicas entre sí y en sus interioridades, que se ensamblan con la búsqueda de nuevos derroteros conceptuales y metodológicos.
Con ese afán, son recuperados conocimientos y saberes tradicionales como aquellos sustentados por los pueblos originarios, a la par de la crítica poscolonial y sus derivados para dar lugar a un giro epistemológico y ontológico catalogado como la «indigenización del conocimiento». Al respecto, Ewa Domańska destaca la definición de Daniel R. Wildcat, académico miembro de la nación muscogee de Oklahoma, que plantea la «indigenización» como «un conjunto de prácticas que resultan en procesos en los que la gente examina y adopta seriamente aquellas culturas particulares y únicas que emergen de los lugares donde eligieron vivir en la actualidad. Se trata de reconocer que las formas de vida antiguas contienen conocimientos prácticos para nuestras vidas en el aquí y el ahora» (citado en Domańska, 2022, p. 30). De aporte significativo es también el planteamiento de las cosmopolíticas de Isabelle Stengers (2014), con énfasis latinoamericano, las «ontologías políticas» (Escobar, 2014) o la «etnociencia» (citado en Mondragón, 2024). Desde fuera, o si se quiere en los bordes de las ciencias y pensamientos de cuño occidental, estas posturas ahondan en los saberes y formas de concebir y relacionarse con la naturaleza que son menos depredadoras y tienen mayor empatía y simbiosis con ella4. El activista y antropólogo amazónico Ailton Krenak señala que la idea de ciencia descansa en la búsqueda de una forma de tener control sobre la naturaleza tratándola como un organismo manipulable (Krenak, 2021, p. 2).
En este contexto, Deborah Danowski y Eduardo Viveiros de Castro aseveran que «nuestro mundo está dejando de ser kantiano» (2019, p. 34); mientras Donna Haraway, retóricamente, pregunta: «¿Qué pasa cuando el excepcionalismo humano y el individualismo limitado, esos antiguos clichés de la filosofía y la economía política occidentales, se vuelven impensables en las mejores ciencias, sean naturales o sociales?» (2019, p. 59). A esto se agrega la convocatoria de Isabelle Stengers para «pensar [...] la posibilidad de un porvenir que no sea salvaje» en términos de la depredación capitalista (2017, p. 19). Bruno Latour (¿con sarcasmo?) señaló la paradoja de que desde la geología se planteara el Antropoceno «justo cuando los filósofos de vanguardia comenzaban a hablar de nuestro tiempo como el de lo “posthumano”, y cuando otros pensadores proponían caracterizarlo como el del “fin de la historia”», ante ello propuso que más que un giro poshumano deberíamos llamarlo «posnatural» (2012, p. 68). De obligada mención es la apuesta por el éponimo alterno del Capitaloceno retomado por Jason Moore para acentuar que el cambio climático es consecuencia del capitalismo en lugar de culpar a una humanidad abstracta, universal, etérea (véase capítulo VII en 2020, pp. 201-226).
La emergencia de realidades inéditas como las que supone afrontar el Antropoceno impulsa la búsqueda de «nuevas formas de contar historias auténticas más allá de los primeros principios de la civilización» y de las limitaciones de una racionalidad imaginada, cuyo eje han sido los sujetos universales eurocéntricos (Tsing, 2023, p. 10). Con una orientación similar, Dipesh Chakrabarty (2008) observó que las ideas ilustradas son una forma, entre muchas posibles, de pensamiento y formas de existencia provinciana, que emergieron en Europa Occidental, impuestas y legitimadas con un valor universal. A las tradicionales preocupaciones poscoloniales sobre la posición, lugar e intención de las narrativas en términos de raza, clase y género, se agrega el dilema especista. El acto de relatar es crucial en el esfuerzo por rebasar los anclajes binarios de la Ilustración. Sánchez-Criado reparó en que para el constructivismo la realidad se introduce por medio de categorías y descripciones, de ahí la importancia dada a la forma de los relatos (Sánchez-Criado, 2008, pp. 5-7). En el caso de Tsing, ella asumió contar historias no restringidas por la racionalidad universalizada desde la Europa provincial (vemos aquí una vez más un asomo de Chakrabarty), sin la sombra de los sujetos transhistóricos como el «hombre» y la «naturaleza» (2023, p. 10).
Por su parte, al plantearse el dilema de articular formas narrativas consecuentes con la búsqueda de nuevas metodologías, Emmanuel Biset refirió al reciente debate sobre «la relación entre formas narrativas y cambio climático» guiado por la interrogante de cómo «el cambio climático redefine la imaginación o la sensibilidad contemporánea (Biset, 2023, p. 107). Con tal fin, contrastó la propuesta de Tsing con el método especulativo de Quentin Meillassoux (Biset, 2023), y destacó que desde la antropología hay una diversidad de autores que, igual que Tsing, desarrollaron una «zona teórica» que insiste en «la centralidad de la forma narrativa» (Biset, 2023, p. 108). Por ello, resaltó el llamado de Tsing para indagar y describir fragmentos, irregularidades y desigualdades, como efecto de ensamblar históricamente las relaciones entre lo humano y lo no humano, entre el ser humano y la naturaleza.
Al menos en la antropología e historia, crece el consenso de que la escritura exige una ética para contar historias, en particular cuando están fundadas en testimonios. El asunto ha sido retomado por historiadores como Tom Van Dooren en sus relatos sobre aves en riesgo de extinción, apoyándose en James Hatley, un autor que, a propósito del Holocausto judío, previno de evitar reducir a simples nombres y números a quienes fungen como soporte de la narración, en aras de la imparcialidad y la objetividad. Para Hatley, el narrar implica un compromiso con quienes son sujetos de la narración (que en el caso de Van Dooren pueden ser humanas o no humanas), en especial, si testimonian sufrimiento y muerte (Van Dooren, 2014, p. 9). Van Dooren asume que las historias pueden conectarnos con otras formas de vida, pues, al ser más que simples descripciones, las historias ayudan a configurar un mundo compartido, para romper con la separación entre lo «real» y la narración de lo «real» (2014, p. 10). Por lo tanto, contar historias se vuelve un acto narrativo dinámico inseparable de la experiencia vivida, entendiendo que las historias surgen del mundo y viven en el mundo (Van Dooren, 2014, p. 10). El antropólogo Dusan Kazic se propuso contar historias acerca de las relaciones forjadas entre los campesinos y las plantas, sobre la base de que los vegetales también son seres sensibles que tejen vínculos animados con los seres humanos, lo cual supone dejar de lado las «epistemologías naturalistas» (20225). Este autor apela al método de la «etnoetología» impulsado por su colega Florence Brunois-Pasina que dejar de considerar «objetos pasivos» a los seres vivos no humanos bajo monólogos «humanocéntricos», y en su lugar hacer una «desobjetivación» que les retribuya su «plena identidad de seres vivos» capaces de actuar e interactuar en nuestro mundo, un «poder de actuar, una agencia» (Kazic, 2022).
Karen Barad sostiene que al narrar historias le concedemos poder al lenguaje. Pero advierte que las tendencias representacionalistas le otorgaron un excesivo poder al lenguaje para establecer lo que es real. Cómo ha llegado el lenguaje a ser más fiable que la materia, se pregunta Barad, convocando a buscar «alternativas performativas» que ayuden a determinar nuestras ontologías (2023, pp. 65-66). A propósito de lo anterior, conviene tener en cuenta a Richard Schechner al anunciar que: «El mundo ya no es percibido como un libro que se lee, sino como un performance en el que se participa» (véase nota 8 en Domańska, 2011, p. 130). Ewa Domańska percibe en este giro «performativo» un vínculo directo con «el viraje hacia la agencia» de las personas, de otros seres y cosas, también como «un viraje hacia la materialidad» desarrollado en los poshumanismos. El performance sería así el modo específico de expresar y ejecutar la agencia (Domańska, 2011, p. 130). Cabe señalar que concebir la performatividad como una alternativa al representacionalismo no es una postura exclusiva de los poshumanismos. John Austin y John Searle plantearon que por medio de los «actos de habla» queda establecido que la función primordial del lenguaje no estriba solo en representar, puesto que los pronunciamientos o actos lingüísticos hacen acontecer realidades en el mundo social (en Ramalho, 2023, p. 11).
La agencia y la performatividad articuladas en el relato son temas relevantes al hablar de las experiencias y relaciones con la naturaleza de personas humanas y no humanas en el Antropoceno (uso este epónimo por ser el más usado, sin descartar opciones como Capitaloceno, Plantacioceno o Patriarcoceno), una época más que geológica que, como expresara Elizabeth Kolbert, es consecuencia del «éxito de nuestra especie» (2021 6). En los 250 años más recientes el control y dominio humano sobre la naturaleza nos condujo al Antropoceno; por lo tanto, es paradójico que en la actualidad buena parte de los esfuerzos científicos se encaminen a intentar disminuir o revertir sus secuelas. En su libro Bajo un cielo blancoKolbert (2021) describió varios ejemplos que permiten establecer que ya no se trata de gestionar la naturaleza que existe, o que creemos que existe, como algo separado de los humanos, sino de controlar el control sobre la naturaleza. Las acciones emprendidas en Estados Unidos de América (en adelante EUA) por las instituciones comisionadas para regular las relaciones con la naturaleza se empeñan en la siguiente lógica: «si el control es el problema», entonces «la solución debe ser todavía más control» (Kolbert, 2021). El resultado es que hemos conducido a la naturaleza a un orden que Tsing, apoyándose en el historiador ambientalista William Cronon, denomina de «tercera naturaleza», comprendida en temporalidades no lineales ni homogéneas que abren «múltiples futuros de posibilidades»7 (2023, pp. 10-11). Basada en Cronon, Tsing entiende por «primera» naturaleza» las «relaciones ecológicas (incluidas las humanas)», más cercana a la idea de Wilderness, mientras que una «segunda naturaleza» comprende «las transformaciones capitalistas sobre el medioambiente» (Tsing, 2023, p. 10). Ciertas comunidades académicas, intelectuales y artísticas han adoptado nociones como «posnaturaleza» (véase la compilación La condición postnatural, 2023) y postsalvaje (Post-Wild en inglés, como se lee en Marris, 2013) en sustitución de concepciones naíf que plantean una naturaleza «salvaje» (Wilderness en inglés), «prístina», «original».
Por otro lado, Danowski y Viveiros de Castro (2019, p. 58) repararon de igual manera en Cronon y sus indagaciones sobre el imaginario estadounidense, que le dieron una nueva concepción al término Wilderness, visto como algo sublime, una «última frontera» (de fuerte tufo turneriano), un espacio propicio para «la contemplación de una naturaleza grandiosa, anterior y superior al humano». Con anterioridad, nos dicen este par de autores, el concepto de Wilderness «sugería paisajes desérticos, estériles o salvajes» que despertaban miedos y otras emociones nada lisonjeras, nutridas por las representaciones religiosas que lo ligaban con el demonio (Danowski y Viveiros de Castro, 2019, p. 58). Se trataría entonces de una «naturaleza salvaje» poco atractiva, que después alcanzaría un relieve edénico como zona no corrompida por la presencia humana, testimonial de un pasado que sobrevivió intacto hasta el presente, pero que ahora está en riesgo de desaparecer por la acción depredadora de occidente (Danowski y Viveiros de Castro, 2019, p. 58). La «concepción positiva de[l] wilderness» entraña un «“mundo-sin-nosotros” [que] estuvo en el centro de algunos movimientos ambientalistas contemporáneos, como el preservacionismo radical» en la segunda mitad del siglo XX (Danowski y Viveiros de Castro, 2019, p. 59). La concepción de una naturaleza «primigenia» guarda semejanzas con ideas del romanticismo decimonónico. Patricia Vieira destacó la importancia de este movimiento filosófico en el pensamiento occidental, sobre todo en su vertiente alemana, en torno a la relación entre la naturaleza y el ser humano, en la que la primera es capaz de generar en los segundos emociones y sentimientos de angustia y terror, pero también de recogimiento espiritual y de contemplación, que producen formas estéticas específicas (2013). En el mismo tenor, Vicente Casals (2020, p. 14), enfatizó que esa corriente filosófica propuso «una nueva forma de entender la relación con la naturaleza» e hizo «patente toda una nueva sensibilidad», al propiciar un redescubrimiento de la naturaleza de la mano de conceptos de origen kantiano como lo bello y lo sublime. De este modo, «el romántico» se sentía atraído por la naturaleza en estado puro, salvaje y misterioso, ya que concebía el medioambiente como fuente de placer estético sublimado a través de sensaciones de miedo o terror. Esto dio pie para que el ser humano dejara de percibirse como el ser dominante para considerarse a sí mismo un elemento más de la naturaleza (Casals, 2020, p. 14). En palabras de Tsing (2023, p. 26), las personas humanistas opusieron al «progresivo dominio humano» una visión romántica de la naturaleza como un espacio antimoderno. El siglo XX estuvo marcado por los contrastes y colisiones entre lo moderno y lo antimoderno en medio de la hegemonía de los proyectos progresistas y desarrollistas tendientes a maximizar el crecimiento económico. La «tecnociencia» y la «tecnopolítica» englobaron «las habilidades (expertise) de la ingeniería moderna, la tecnología y la ciencia social para mejorar los defectos de la naturaleza, para transformar la agricultura, reparar los males sociales y arreglar la economía» (Mitchel, 2002, p. 15).
Hasta aquí he sintetizado algunos enfoques conceptuales y metodológicos que orientan mis indagaciones sobre las relaciones entre los seres humanos y la naturaleza. En la parte complementaria articularé algunos fragmentos narrativos y descriptivos escritos por Randall Henderson en la revista Desert Magazine, relativas a sus incursiones en el norte de Baja California. Para tal fin seleccioné pasajes de su autoría en los que asoman ciertas implicaciones epistemológicas y ontológicas imbricadas en los desplazamientos del norte al sur de la frontera entre México y EUA, dentro de un entramado ideológico que opone «civilización y barbarie», «naturaleza y cultura», «pasado y presente», en un lapso que cubre del momento previo a la Segunda Guerra Mundial al inicio de la posguerra. Esta particular imbricación de espacio y tiempo se corresponde con un orden de «segunda naturaleza» en un periodo que, evaluado a la distancia, señala la entrada (o al menos su aceleración) al Antropoceno (véase «la gran aceleración» en Issbarner y Léna, 2018, p. 8). Las narrativas de Henderson proyectan imaginarios y representaciones emblemáticas de lugares y tiempos específicos, mientras que dan cuenta simultáneamente de relaciones sociales con la naturaleza en un ensamblaje de experiencias y expectativas orientado a reformular las prácticas y posturas habituales hacia un sentido conservacionista.
Randall Henderson y Desert Magazine
Randall Henderson (1888-1970), apodado «Mr. Desert», cursó estudios de Economía y Sociología en la University of Southern California en Los Ángeles (Brigandi, 2006, p. 1), trabajó como reportero, fotógrafo, botánico, explorador, viajero, escritor, editor y empresario (Brigandi, 2006, p. 6), y participó con el ejército de su país en las dos guerras mundiales. Sus comienzos como reportero los hizo cubriendo deportes en Los Angeles Times, subordinado al editor Harry Carr, quien le aconsejó que buscara un pequeño periódico en un pueblo para crecer con él. Una recomendación que siguió luego de graduarse trabajando en modestos periódicos de localidades desérticas en Arizona y California (Brigandi, 2006, p. 1; Henderson, 1961), periodo en el que adquirió uno de esos pequeños diarios (Brigandi, 2006, p. 1). En 1937, junto al reportero J. Wilson McKenney, fundó la revista Desert Magazine, que vendió en 1958. Henderson fue integrante del Sierra Club y varias organizaciones dirigidas a la conservación del desierto (Brigandi, 2006, p. 7). Hay tres libros de su autoría: On desert trails. Today and yesterday (1961), compuesto en su mayoría de artículos publicados en Desert Magazine; Sun, sand and solitude (1968); y en 1971 se editó el libro post mortem: Palm canyons of Baja California, que incluye sus artículos sobre las palmas de los cañones de Baja California. Además, se han impreso al menos tres libros sobre este personaje8.
La revista Desert Magazine, con sede en El Centro, California, se publicó de noviembre de 1937 a julio de 1985 con una periodicidad mensual, salvo en la última etapa, en que se editaba bimensualmente con una frecuencia irregular. La revista se abocó a tópicos sobre los desiertos, en especial los del suroreste de EUA, con énfasis en los estados de California, Arizona, Nevada, Utah, Colorado y Nuevo México y, en menor medida, Baja California y Sonora (México). En sus páginas también se abordaron temas concernientes a los grupos originarios, la vegetación, crónicas históricas, excursiones, poesía, cartas de lectores, leyendas indias y de colonizadores, arquitectura del desierto, geología, cuerpos de agua, fauna, arqueología, prehistoria, minería, biografías, estilos de vida en el desierto y festividades. Henderson participó como editor, fotógrafo, reportero, cronista, y hasta 1962 fue autor de la columna «Just between you and me» («Solo entre tú yo»).
En el editorial del segundo aniversario, se informó que en un principio proyectaban incluir textos de ficción, pero sus lectores no estuvieron de acuerdo; esto hizo ver a los editores que había más interés por los hechos verídicos. La revista inició con 618 suscriptores que al año aumentaron a 2400 (Brigandi, 2006, p. 4); y para el segundo aniversario su número se había incrementado a 8000. Para reforzar el financiamiento de la revista, Henderson habilitó una galería de arte y una librería en sus instalaciones. Otra fuente de ingresos adicional fue la publicación de algunos libros de negocios y guías turísticas (Brigandi, 2006, p. 6). En septiembre de 1958 Henderson vendió la revista a un nuevo propietario, lo cual trajo cambios en la línea editorial. De acuerdo con Phil Brigandi, uno de los biógrafos de Henderson, las políticas editoriales recién adoptadas se apartaron de los criterios de conservación y la revista se llenó de publicidad de vehículos motorizados todoterreno promovidos como la mejor forma de explorar la naturaleza, de textos sobre estilos de vida y sobre jardinería del desierto (Brigandi, 2006, p. 7). En las décadas siguientes la revista cambió más veces de dueños y dueñas que acentuaron su línea editorial hacia el comercio, el turismo y elevaron la cantidad de anuncios. En 1985 cuando llegó a su fin, la cantidad de suscriptores había decrecido notablemente (Brigandi, 2006, pp. 7-8).
El desierto
El primer número de Desert Magazine presentó el editorial titulado: «Hay dos tipos de desiertos» (1937, 1[1], p. 5); donde se planteó que el destino civilizatorio, encabezado por los EUA, estaba marcado por la industrialización, el crecimiento económico y la urbanización que reducía los espacios naturales, a la vez que los seres humanos se acostumbraban a la placentera comodidad del progreso mientras olvidaban las elementales habilidades de sobrevivencia con las que fue dotada la humanidad. Ahí se advertía de la existencia de dos acepciones sobre el desierto. Una que lo concebía como un páramo, un terreno sombrío y desolado habitado por reptiles venenosos e insectos que pican, con plantas y árboles cubiertos de espinas y un calor insoportable. Se trata del desierto percibido por las personas extrañas cuando transitan a alta velocidad por la carretera, impacientes por salir de esa «maldita región». Es el desierto que miran quienes se acostumbraron al lujo y que cualquier medioambiente les parece insostenible sin las comodidades y servicios de la civilización. Esa concepción es compartida por quienes escriben de ficción, tan proclives a dramatizar las tragedias del desierto para su propio beneficio. Pero el extraño y el no iniciado solo ven la máscara, existe otro desierto, uno real que escapa a los ojos del observador superficial, del cínico y de quienes le temen. El desierto debía visitarse con amistad y comprensión; a cambio, se fortalecería el carácter, se obtendría relajación y se librarían de problemas. Solo tal actitud permitiría recibir sus «raros dones» expresados en la flora, la fauna y su atmósfera. El desierto tenía que amarse como un lugar que también ofrece belleza. Con un dejo turneriano, se afirmaba que en el desierto habitaba la escala más alta de la ciudadanía «americana» por tratarse de la «última gran frontera» de los EUA. La revista procuraba «cristalizar y preservar estas fases de la vida del desierto como una cultura distintiva de la árida, pero viril América», para concientizar y romper con los prejuicios que, sea por miedo e incomprensión, subyacen aún contra el desierto que alguna vez se consideró inapropiado para la habitabilidad humana.
Para Henderson, el desierto era un maestro de la vida que ponía a prueba las habilidades humanas desarrolladas en el contacto diario con la naturaleza. En una de sus colaboraciones expuso el caso de un niño pequeño que luego de extraviarse seis días en el desierto fue hallado con vida. Aseveró que esto mostraba la capacidad de adaptación del ser humano a cualquier entorno natural, lo cual consideraba un «don» innato que vamos perdiendo con la madurez al pretender una vida más fácil y cómoda. Él dijo seguir con interés varios casos de menores de edad que, luego de extraviarse, casi siempre se les encontraba con vida y en buen estado; en cambio, un adulto moriría o enloquecería bajo las mismas condiciones. Según el autor, los senderistas que recorrían los caminos desérticos eran personas que, quizás de modo inconsciente, luchaban por retener el don dado por dios que permitía a un chico sobrevivir varias noches bajo temperaturas congelantes. Por tal motivo, se declaró admirador de los «indios americanos» que eran cercanos a la naturaleza y por la rígida disciplina autoimpuesta, aunque advertía que no era necesario permanecer «salvajes» para vivir en proximidad a la naturaleza y disfrutar de sus beneficios. Se necesitaba contar con la mayoría de las comodidades de la civilización y preservar el don originario y la estamina mediante la autodisciplina (1940, 3[3], p. 44).
El conservacionismo de Henderson era empático con la noción de una «segunda naturaleza», asumiendo que, ante la inevitable e inexorable marcha del progreso, debían preservarse fragmentos naturales que escaparan a la civilización para destinarlos a fines recreativos, de investigación y contemplación en tanto huellas imperturbables en el tiempo. En estas perspectivas asoma cierta resignación porque, tarde o temprano, esos bolsones de «naturaleza salvaje» (wilderness) serían succionados por el vórtice modernizador; por ello, tenían que ser protegidos. En otro de sus escritos Henderson expresó su molestia «con los ambiciosos que querían lucrar con los territorios destinados a ser reservas naturales» (1939, 2[10], p. 36). Su disgusto obedecía a la oposición de ciertos grupos de San Diego, California, contra la propuesta de la comisión estatal de parques para extender los límites de una reserva en el desierto. Los detractores aducían que de admitirse la ampliación se les privaría de «un territorio rico en agricultura y minerales». Henderson fustigó que cada proyecto de un parque estatal y nacional era confrontado por egoístas intereses privados. En la escritura de Henderson era común apelar a consideraciones religiosas: «El creador no designó este mundo como un lugar dedicado exclusivamente a cultivar papas, engordar puercos y excavar en busca de oro, sería muy aburrido si ese hubiese sido el plan», pero había personas que así lo deseaban. En otra de sus entregas, tras comentar las luchas entre conservacionistas y defensores de intereses mineros y rancheros, se dijo seguro de que todos los «americanos» agradecían a Theodore Roosevelt y Gifford Pinchot por haber iniciado el programa de conservación de zonas naturales (1960, 23[3], p. 42). En ese tenor, sentía que los «americanos» del futuro también agradecerían a las personas de pensamiento conservacionista que en el presente luchaban por preservar, al menos, una parte de las áreas boscosas y montañosas que dios creó para ellos.
El ímpetu conservacionista de Henderson no obstaba para que celebrase avances tecnológicos como el aire acondicionado que, señaló, en el último lustro había revolucionado la vida durante el verano en los espacios interiores en el desierto. En agosto de 1939 refirió que el desierto estaba tan caliente que ardía, a veces, a 115 grados Farenheit a la sombra; por lo tanto, saludaba que ese verano, gracias a esos dispositivos, las casas y oficinas del suroeste eran más cómodas que en otras regiones de EUA, razón por la que ya se les estimaban necesarios en el desierto, igual que sucedía con la calefacción en invierno (1939, 2[10], p. 36). En este punto la ambigüedad de Henderson es evidente si tenemos en cuenta sus apologías, de influjo darwinista, sobre la capacidad de adaptación del ser humano a todo tipo de climas, un factor que, tal como creía, iba perdiéndose por las comodidades de la vida moderna. En el verano de 1940 escribió: «¿Calor? Sí. Hace calor en las tierras desérticas bajas estos días. El hombre normal necesita de ambientes físicos extremos para mantener activas sus funciones de adaptación. No nos preocupemos por el calor, el frío, el viento, agradezcamos que lo tenemos, sin ellos creceríamos inactivos y degenerados» (1940, 3[10], p. 44). La idea de adaptación de Henderson se extendía del ámbito natural al social. En una ocasión peroró que los viejos pobladores del desierto debían actualizarse en sus competencias comerciales, ya que con la apertura de nuevas vías de comunicación llegaban nuevos competidores que los desplazaban de la industria y el comercio (1940, 4[2], p. 46). En 1941 (4[4], p. 46), con motivo del inicio de año, manifestó la sensación de que atestiguaba una época de cambios. A propósito de la guerra que entonces se libraba en Europa, reveló su «gran fe en la habilidad de los americanos para adaptarse por sí mismos a un orden cambiante». Creía que los seres humanos estaban gobernados por la ley natural del universo al igual que los minerales, animales y vegetales.
Incursiones en Baja California
En junio de 1939 Henderson compartió que el secretario de Agricultura de su país le compartió su deseo de ir a ver palmas azules (Erythea armata), una de las especies más comunes en los estados mexicanos de Sonora y Baja California colindantes con EUA. El autor comentó que previamente nunca habían localizado ese tipo de palmas de lado estadounidense, que finalmente hallaron a unas 20 millas de la frontera con México. Esta anécdota le dio pie para tranquilizar a sus amigos que, según señaló, estaban preocupados por el día en que «nuestro desierto del suroeste» sea atravesado por caminos pavimentados, fuera ensuciado por fiestas de picnic hasta que ya no quedaran más cañones por explorar. En respuesta les aseguró que en Baja California y Sonora existían grandes desiertos vírgenes, «casi tan salvajes e inaccesibles» como lo fueron para los misioneros jesuitas 250 años antes, cuando evangelizaron dichas tierras. Les prometió que, tarde o temprano, Desert Magazine abarcaría las «áreas desérticas mexicanas», pues en sus viajes no había encontrado un lugar más fascinante que las áridas zonas desérticas de Baja California (1939, 2[8], p. 44). Es evidente que en Henderson persistía una noción fortalecida durante el último tercio del siglo XIX en EUA, que veía en los territorios al sur de su frontera un espacio atávico, bárbaro, atrasado, el Old Mexico (el viejo México), del cual aún se hablaba en la segunda mitad del siglo XX.
A lo largo de décadas transitaron por Baja California viajeros; comisionados gubernamentales; científicos; comerciantes; militares; representantes de instituciones estadounidenses y de otros países; fotógrafos(as), pintores; periodistas, con la encomienda de recabar registros, datos e información de sus condiciones climáticas, tipos de suelo, altitud, agua, fauna, flora y minerales para evaluar sus posibilidades de explotación. Estas incursiones arrojaron textos que, más allá de las representaciones e imaginarios colonialistas e imperialistas de las que son portadores y forjadores, proyectan emociones y experiencias emergentes de las relaciones de poder y autoridad tejidas entre quienes, por un lado, se asumían como encarnación de la ciencia, la razón, la civilización y el progreso; mientras que, por otro, estaban los seres y objetos locales diferenciados según su grado de cercanía o proximidad con las ontologías políticas occidentales9. La sola manera de nombrar el territorio trasluce las posturas y consideraciones de los visitantes y de la audiencia receptora de sus memorias y testimonios. A fines del siglo XIX e inicios del XX, en EUA solían referirse a Baja California por su nombre traducido al inglés: Lower California, aunque en la primera mitad del siglo XX fue ganando aceptación el original en español: Baja California. Por su parte, Henderson usaba el sustantivo en inglés. En la etapa de la posguerra se asentó el término Baja con fines prácticos, como marca publicitaria de las actividades recreativas y comerciales promovidas en este espacio.
Desde fines del siglo XIX Baja California se convirtió en un destino codiciado por sus vecinos estadounidenses, en especial para la gente avecindada en el estado de California. Les atraía el señuelo de la alteridad producido al trasponer una frontera internacional. Esto alimentaba las proyecciones de exotismo del Old Mexico, al acentuar su carácter primitivo, atávico, salvaje, en un tono romantizado oscilante entre lo bello y lo sublime. Dentro de esa lógica, se esperaba que en México la naturaleza se mantuviera con menos alteraciones que en su contraparte moderna. Desde luego, no pasaba desapercibido que al sur de la frontera también se estaban modernizando las formas de vida, pero se apreciaba que era de modo más lento e incompleto. Los proyectos editoriales, expedicionarios, artísticos y reflexivos instrumentados por personajes como Randall Henderson contribuyeron a legitimar, comprobar, difundir y dar sentido a los imaginarios y prácticas sociales arraigados en la sociedad estadounidense respecto al sur de la frontera.
Entre las motivaciones de Henderson para explorar Baja California estaba la de censar palmas nativas en la región fronteriza. En 1946 se publicó el relato de su expedición al cañón de Guadalupe, en el desierto de la Laguna Salada, paralelo a la frontera, cerca del camino que unía a Mexicali y Tijuana (9[3], pp. 4-8). El viaje lo hizo junto a su amigo Arles Adams, quien era encargado de un campo agrícola en el Valle Imperial, California, una zona agrícola colindante con Mexicali, bajo la guía de tres trabajadores mexicanos residentes en Mexicali empleados por Adams. Henderson informó de la ausencia de un camino a través de las dunas, aunque halló los trazos de una ruta. De igual modo, señaló el hallazgo en una cueva de un metate y restos de cerámica que, especuló, procedían de «un periodo prehistórico cuando los indios, quizá los ancestros de los cucapá (uno de los pueblos originarios de la región), en desaparición, vivían sobre la ribera del lago» dedicados a la pesca y a elaborar pan «con la harina del frijol del mezquite». Los expedicionarios pernoctaron en el cañón y tocó a los mexicanos preparar la cena. Henderson escribió que para él fue «un nuevo tipo de cocina de campamento», lo cual calificó como un banquete compuesto por tacos de pollo, tacos de frijoles, pollo y frijoles mezclados, reiterando que comieron muchos tacos. También llamó su atención la forma de cocinar los alimentos: «Primero hirvieron el pollo, luego los chicos lo pusieron al fuego de nuevo para cocerlo en manteca». Además aludió a las aguas termales localizadas en ese sitio, situadas entre un conjunto de palmas, estanques y cascadas. Añadió que de haber estado ubicadas en un punto más accesible, podrían albergar un saludable resort con una inversión de un millón de dólares. Pese a su entusiasmo por los negocios, mostró su desaliento ante la perspectiva de que en un futuro el área la invadieran turistas, si bien esperaba que solo acudieran personas en busca de soledad que sintieran la responsabilidad de mantenerla limpia y bella.
Poco después Henderson publicó una crónica de su visita al cañón Palmas de Cantú, con el propósito similar de censar palmas, en las inmediaciones de la Laguna Salada (1946, 9[10], pp. 12-15), donde un ranchero local le informó sobre la existencia de restos de ocupaciones humanas en la zona. Su interlocutor le dijo que hasta 1904 todavía moraban entre los cañones de la Sierra Juárez (a cuyo pie se sitúa el mencionado cañón) muchos «indios salvajes» cucapá. Esta información estimuló la imaginación del autor al grado de que una vez, sentado en la cima de una montaña para divisar los grupos de palmas, especuló, algo habitual en él, sobre la forma en que vivían las mujeres indias entre las cuevas; y cómo laboraban los cortadores de madera que, en especial en invierno, se abastecían en esa área de mezquite, palo fierro y palo verde. Henderson agregó que todavía en esos días la madera constituía un combustible importante para la población de Mexicali con fines de calefacción y para su uso en la cocina, lo cual explicaba su importancia como actividad económica.
Algo usual en los escritos de Henderson era el aporte de datos históricos y antropológicos aderezados con sermones moralizantes. En su narrativa gustaba de contrastar pasado y presente, además de ponderar el potencial comercial de cada paraje visitado, no obstante sus lamentos anticipados por el día en que se perdería el encanto natural de cada lugar a causa de las visitas masivas en una época en que el turismo prosperaba como modelo de negocios. La perenne preocupación por el futuro inmediato hizo que Henderson considerara que la popularidad de Palmas de Cantú aumentaría entre los conductores de automotores provenientes de EUA, tan necesitados de limitar sus viajes foráneos a tierras menos distantes de sus hogares.
En 1948 Henderson dio a conocer las impresiones de su viaje al puerto de San Felipe en el golfo de California (11[7], pp. 5-10), y refirió que no estaba lejos el día en que los conductores de automotores recorrerían una suave carretera hacia esa remota aldea en la costa del golfo (también llamado) de Cortés para vacacionar en invierno bajo la hospitalaria atmósfera del Old Mexico que ofrecía el lugar. El autor describió el poblado como una «primitiva pequeña aldea pesquera mexicana» destinada a convertirse en una meca popular para los pescadores y turistas estadounidenses. En el texto se congratuló por los progresos de la nueva carretera en construcción que uniría a la localidad con Mexicali, algo largamente anhelado por mucha gente del suroeste de EUA para visitar el puerto. De igual modo, reparó en que aunque el golfo se achicaba año con año, porque el río Colorado continuaba depositando limo en la parte alta del delta a consecuencia de la construcción de la presa Hoover en suelo estadounidense y de que las tierras aledañas habían dejado de inundarse, todavía era uno de los mejores lugares accesibles a los pescadores «americanos» para pescar en aguas profundas. Aseguró que alentados por pescar totoabas (peces endémicos de la parte superior del golfo), de 300 libras de peso, con gusto sus compatriotas se adentrarían varias millas en una tierra extranjera a través de una de las regiones desérticas más áridas del suroeste. El camino de 130 millas que conducía de Mexicali a San Felipe lo calificó de «tortuoso» y comentó que se necesitaban doce horas para recorrerlo, por lo que hasta entonces solo lo transitaban los transportistas de totoaba y camarón que llevaban a empacar sus productos en Mexicali para luego enviarlos al suroeste de EUA.
Henderson hizo el viaje a San Felipe a bordo de jeeps, acompañado por el ya mencionado Arles Adams; Luther Fisher, agente de la Border Patrol (patrulla fronteriza de EUA), y dos compañeros de trabajo de este último; además de Glenn Snow, manager de una de las sedes del Automobile Club en el desierto del sur de California. Henderson solía compartir las peripecias del cruce fronterizo, los trámites migratorios, costos y tiempos; aunados a pormenores de las rutas. Por ejemplo, esta ocasión informó que en un camino el Auto Club del sur de California había instalado señalamientos en inglés y español, dio detalles de los tipos de cultivos, vegetación y poblados avistados, a la par que mencionó la expansión de la agricultura en las tierras del delta del Colorado. Acerca de San Felipe, apuntó que contaba con mil habitantes y que tuvieron un recibimiento amistoso de parte de los policías locales. Hizo énfasis en los avances de la carretera de 70 millas que estaba en construcción desde Mexicali, e indagó sobre un supuesto resort con costo de un millón de dólares que en un periódico de EUA se aseguraba que sería edificado en la cima de un acantilado frente a la playa. En cuanto al hotel en ciernes añadió que solo había una casa de adobe en la que le dijeron moraba el ingeniero encargado de la obra. Comentó que la población lugareña se dividía entre quienes creían que sí se realizaría el complejo y quienes mostraban escepticismo. De su parte, concluyó que el proyecto solo sería concluido cuando finalizara la carretera, lo cual se proyectaba para el año siguiente.
En torno a la pesca deportiva, Henderson informó que rentar un bote con motor tripulado por personas conocedoras de los sitios para capturar totoabas costaba entre 40 y 50 dólares. Durante su visita contó 41 botes anclados en el fondo de la bahía, ya que no había un muelle. Sobre una loma avistó un faro donde se levantaba un altar en cuyo interior había una figura de cera de la virgen de Guadalupe, que señaló como la «santa patrona de los pescadores locales», iluminada por una lámpara de acetileno. Ahí averiguó que la temporada de pesca se prolongaba hasta el invierno y que, una vez concluida, muchas familias regresaban en sus botes al puerto de Guaymas, Sonora, ubicado en la contracosta del golfo, y a otros puertos adyacentes. Apegado a su talante moralizador, adujo que pese a las primitivas condiciones en la aldea, no conocía gente más feliz que los pescadores y sus familias. Señaló que en el poblado no había médico, pero rara vez lo necesitaban. Tampoco había cristales en el pueblo, lo cual adjudicó a las dificultades para transportarlos por la accidentada carretera. Los edificios eran casi todos de adobe con implementos de madera y hojas de metal traídas de Mexicali o por mar desde la contracosta en Sonora. La gente vivía en paz, sin problemas por la falta de agua corriente, cristales en las ventanas, baños interiores, alumbrado público y vehículos de motor. En cambio, contrastó, en las comunidades «americanas» esos materiales se consideraban esenciales, mientras se pasaba por alto el costo a pagar en valores espirituales. Pronosticó que pronto San Felipe contaría con hoteles y cristales en las ventanas, hidrantes y gasolineras de modo que los inventos de la civilización eliminarían muchas de las incomodidades físicas y de los riesgos del viaje a ese punto, sin embargo, admitió su incertidumbre de si tales factores aumentarían o disminuirían el encanto de esa remota aldea.
En 1950 Henderson publicó el relato de su exploración, en compañía de sus amigos a bordo de dos jeeps, al Cañón de La Mora, uno de la docena o más de cañones de palmas con aguas termales que drenan las laderas del desierto de la Sierra Juárez en el área de la Laguna Salada (13[9], pp. 4-8). Escribió que en una cueva observó unos petroglifos, apenas discernibles para fotografiarlos, por lo cual remarcó los trazos con gis. También reportó el abastecimiento de agua y el avistamiento desde arriba de una colina de las huellas frescas de un puma plasmadas sobre la arena, aventurando que tal vez el felino había bajado por agua y alimento según lo sugerían las huellas en la arena de animales más pequeños, posibles presas probablemente. Se vio sorprendido porque luego de dos años sin visitar Baja California vio progresos realizados por el gobernador «joven y progresista». Destacó el crecimiento demográfico de Mexicali a la par de la construcción de «importantes» carreteras, como la que comunicaba a Mexicali y Tijuana. Respecto a la carretera de Mexicali a San Felipe, indicó que restaban 20 millas por asfaltar, por lo que se esperaba sería concluida en los próximos dos meses para que los conductores y deportistas accedieran a la pesca de totoaba en solo tres horas de recorrido. Relató que, de manera inesperada, la historia de su excursión dio un viraje, pues mientras circulaban por los contornos de la Laguna Salada, en el rancho de su viejo conocido Manuel Demarra, los vaqueros locales les orientaron para llegar al Cañón de La Mora por la ruta usada por los cortadores de madera, entre los bosques de mezquite. Conforme se aproximaban a la base de la Sierra Juárez, la arena se volvió más densa. Decidieron acampar en unas rocas cerca de la boca del cañón para explorarlo al día siguiente. La temperatura era agradable y había suficiente palo verde para avivar el fuego. Por la noche, alrededor de la fogata, Sherril, un agente de la Border Patrol que formaba parte del grupo, platicó algunas de sus experiencias como guardia fronterizo. Contó que a diario capturaban entre dos y cincuenta personas, comúnmente llamados «wet mexicans» (mojados), que buscaban cruzar de modo clandestino la frontera por motivos económicos. El agente se quejó de que los empleadores «americanos» cooperaban poco porque querían mantener a los extranjeros «ilegales» trabajando por salarios menores a los que marcaba la ley. Expresó que la mayoría de las personas capturadas no hablaba inglés y que tras encarcelarlas brevemente eran deportadas. Adujó que por lo regular eran «prisioneros dóciles».
En el Cañón de la Mora, Henderson y compañía censaron palmas tipo «washingtoniana», de la especie filifera, que casi en su totalidad tenían entre 50 y 75 años de antigüedad. En las cercanías también hallaron palma azul (Erythea armata). Recalcó que, aun con las escasas lluvias de invierno, algunas plantas florecieron, y que otras, como la «chuparosa», lo hacían con o sin lluvia. Consideró ese viaje como uno de los pocos que había hecho en el suroeste (se refería a EUA y a la parte mexicana colindante) sin rastro de otros visitantes, salvo el de las antiguas tribus que ahí vivieron. Ni siquiera los vaqueros mexicanos de las cercanías se desplazaban a ese paraje porque su ganado no podía acceder al lugar; tampoco encontró rastros de gambusinos mexicanos. Aventuró que el cañón estaba «dormido en el tiempo» desde que se marchó la familia india que lo habitaba y deslizó un comentario propio del contexto de posguerra: los cientos de animales que habían dejado sus huellas en la arena probablemente pasarían sus vidas sin escuchar nunca el estallido de las armas de fuego del hombre blanco, armas que tal vez eran más una maldición que una bendición para quienes las perfeccionaron.
Durante el regreso a la frontera avistaron cientos de biznagas de la especie Echinocactus acanthodes en las laderas de la Sierra Juárez. A diferencia de EUA, en México las leyes no restringían la manipulación de las cactáceas. Henderson y acompañantes aprovecharon la oportunidad y abrieron una biznaga para probar su jugo. Eligieron un cactus de poco más de un metro de alto que empezaba a florear y del que sobresalían dos retoños que, según Henderson, dejaron intactos. El agua les supo amarga, pero eliminó su sed en media hora. El hecho fue inspirado por una larga controversia generada en el sur de EUA, dirimida en su episodio más reciente por dos botánicos en sendos diarios locales, relativa a la veracidad de una leyenda propagada en las zonas desérticas que aseveraba que el líquido de las biznagas, además de su buen sabor, saciaba la sed extrema provocada por la deshidratación (1950, 13[8], pp. 20-21).
Conclusiones
La idea de naturaleza y de las relaciones sociales establecidas con ella presente en personajes como Randall Henderson era característica del periodo entre guerras en EUA. Esta forma de pensamiento se fundamentaba en un sistema binario que oponía cultura y naturaleza, y que resultaba compatible con las posturas conservacionistas emergentes a mediados del siglo XX en EUA, que le otorgaban al orden natural un valor como fuente de contemplación estética a la vez que era un refugio para escapar temporalmente de la modernidad. Se trata de una relación con la «segunda naturaleza» en la que se busca preservar retazos de una «primera naturaleza» por medio de reservas que, paradójicamente, ratificaban esa condición de un segundo orden en riesgo continuo pero irrefrenable ante el avance del progreso. Henderson concebía la naturaleza como creación divina, mientras que la cultura era fruto del desarrollo y progreso del espíritu humano con el que la misma creación dotó a la humanidad. Este autor experimentaba su temporalidad y espacio bajo la sensación de atestiguar cambios vertiginosos, acelerados por el desarrollo tecnológico y la primacía de la ciencia, la técnica y la razón. El progreso lo avizoraba inexorable, destructivo y creativo, necesario. Para atenuar el potencial destructor civilizatorio, consideraba que había que enriquecer el espíritu humano, el cual era capaz de adaptarse a todo tipo de circunstancias ecológicas. Sin embargo, esta cualidad estaba en riesgo de perderse al transitar hacia un mundo material que hacía la vida más cómoda y fácil. Henderson estaba convencido de la jerarquía social, política, moral y epistémica del «hombre civilizado», aun concediéndole lugar al diálogo con otros conocimientos y cosmovisiones que, bajo ciertas circunstancias, complementaban e, incluso, superaban ciertos saberes científicos. El medio que eligió para concientizar y sensibilizar a su sociedad sobre la inminencia de los cambios que acontecían fue el de la aventura editorial cristalizada en la revista Desert Magazine.