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Anthropologica

versión impresa ISSN 0254-9212

Anthropologica v.27 n.27 Lima dic. 2009

 

TESTIMONIOS PARA LA HISTORIA DE LA ANTROPOLOGÍA PERUANA

 

Semblanza de Teófilo Altamirano1

 

Juan M. Ossio

1 Fue leído en el homenaje a Teófilo Altamirano con motivo de su jubilación de la PUCP el 29 de mayo de 2009.

 


Teófilo me recuerda a mi padre. Como nuestro homenajeado, él era también inválido de un brazo, pero su discapacidad nunca fue un obstáculo. Por el contrario, fue un estímulo para salir adelante pues para vencer cualquier complejo se propuso hacer lo que personas con dos manos no podían hacer. A tal punto llegó su deseo de superación que incluso piloteó con la mano que le quedaba disponible aquellos frágiles aviones con los que se inició nuestra aviación.

Hasta donde yo sé, Teófilo nunca ha desarrollado estas aficiones, pero sí supo doblegar con habilidad y constancia los retos que le impuso la vida desde que era muy joven. Él nació en un pueblito andino de Apurímac que hace algunos años tuve el gran gusto de conocer. Su nombre es Ocobamba y es el núcleo de un distrito que queda en la provincia de Chincheros. Hoy, a pesar de haber sido sacudido violentamente en los años ochenta por la insanía de Sendero Luminoso, es un pueblo floreciente que celebra de forma muy pomposa el dos de febrero a su patrona, la Virgen Candelaria, y a continuación los carnavales, y, posteriormente otras festividades que se distribuyen a lo largo del ciclo anual. Pero en los años por los que transcurrió la niñez de mi admirado colega era, como muchos pueblos de nuestros valles interandinos, pequeño y muy aislado del resto del país.

Su nacimiento ocurrió en 1943; su lengua materna fue predominantemente el quechua y algo de español que le inculcaba su padre, ya que su madre falleció cuando tenía cinco años. Sus estudios de primaria los hizo en el Núcleo Escolar Campesino de Ocobamba, que quedaba un tanto distante de su casa. Lo separaban alrededor de dos kilómetros que los transitaba cotidianamente cuatro veces al día, muchas veces en medio de lluvias y granizadas torrenciales, por caminos escarpados que subían y bajaban laderas empinadas que dejaban sin aliento hasta al más avezado transeúnte. Me lo imagino levantándose muy temprano, ingiriendo su lawa o sopa espesa mañanera, acompañada de cancha o mote combinados con pedazos de los sabrosos quesos de la localidad que se producían artesanalmente, y, luego, partiendo presuroso para no llegar tarde a recibir conocimientos de profesores que con gran sacrificio y en condiciones precarias daban sus clases.

En esta escuela permaneció desde 1948 hasta 1957. Decidido a completar su formación escolar, estudia la secundaria un poco más lejos de su casa, en Andahuaylas, en el Colegio Nacional Juan Espinoza Medrano, cuyos profesores si bien en su mayoría carecían de títulos, al menos reunían una erudición adquirida de forma autodidacta. Su paso por esta etapa abarca desde 1958 hasta 1962.

Poseído de un espíritu de superación, a Teófilo no le basta con completar la secundaria. Consciente de la debilidad de su formación educativa y con el deseo de contribuir a mejorarla, decide seguir estudios superiores en la Universidad de San Antonio Abad del Cusco para graduarse de educador. Pero no estaría destinado para esta profesión. Mientras se preparaba para ingresar a este centro de estudios descubre que su vocación verdadera estaba en la antropología. ¿Qué lo llevó a tan súbito cambio? Al parecer, tanto el medio cusqueño poblado de viejas tradiciones, como también la lectura de obras escritas por célebres antropólogos vinculados a la universidad en la cual aspiraba estudiar.

Tratándose de personalidades como Oscar Núñez del Prado, Demetrio Roca Walparimachi, Jorge Flores Ochoa y otros insignes profesionales no pudo menos que quedar subyugado antes sus escritos y su trayectoria académica. Pero anhelaba algo más. Todos ellos eran brillantes etnógrafos pero salvo el primero de los nombrados, ninguno se interesaba por los cambios y el desarrollo.

A la sazón, la especialidad de antropología que venía desarrollando con éxito los temas que atraían a nuestro ocobambino era aquella de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Su gran abanderado era José Matos Mar, quien además le venía imprimiendo un gran dinamismo al Instituto de Estudios Peruanos que había contribuido a gestar no hacía muchos años con renombradas figuras de las ciencias sociales. Entusiasmado con los ecos que le llegaban del vigor alcanzado en estos centros académicos del tema que le interesaba decidió trasladarse a Lima.

Lo hizo en 1966. Aunque yo también era sanmarquino no lo llegué a conocer a fondo en aquel momento porque en 1965 ya había concluido mis estudios y mis visitas a San Marcos eran esporádicas.

 

 

 

 

Entre 1966 y 1968 completa sus estudios en esta decana de nuestras universidades, y se gradúa de Bachiller con un tema que ha venido a ser su gran pasión a lo largo de su trayectoria académica: las migraciones. No es insólito que lo escogiera pues como estudiante él mismo había sido un migrante. Tratarlo era como auscultarse a sí mismo y a sus paisanos, y de hecho este propósito debió de estar latente pues precisamente los pobladores que estudia son de Ongoy, que es una comunidad también apurimeña, muy vecina a la suya, en la provincia de Chincheros, cuya población había migrado a Lima en un 45%.

Sus notables dotes como antropólogo ya debieron comenzar a difundirse y a atraer la atención de los numerosos investigadores extranjeros que recalaban por nuestro país. Tanto es así, que los renombrados Norman Long y Bryan Roberts, viejos amigos y colegas de Fernando Fuenzalida de las épocas en que estudió en la universidad inglesa de Manchester, lo reclutaron en 1970 para desarrollar una investigación en el valle del Mantaro. Esta actividad duró hasta 1972 al cabo de los cuales los mencionados investigadores británicos lo tentaron para iniciar una nueva migración. Esta vez la propuesta era que sacara su maestría en la Universidad de Manchester. Con el apoyo de ambos y de los logros que venía alcanzando, no le fue difícil obtener una beca de la Fundación Ford.

Como era de esperarse, su periplo fue exitoso, y cuando regresa a Lima tanto Fuenzalida como el autor de estas líneas, abogamos para que ingrese como docente en la especialidad de Antropología de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Fue la mejor decisión que pudimos tomar, pues su presencia en nuestra especialidad a lo largo de estos años solo ha servido para engrandecerla.

Cuando en 1974 lo acogimos, Antropología era una especialidad mucho menos numerosa de lo que es en la actualidad. Constituíamos una gran familia que no requería de encuestas ni de mayores formalidades para cumplir con nuestras obligaciones. Las posibles quejas que se podían esgrimir se vertían constructivamente y se ventilaban en un ambiente de cordialidad, motivado por un afán recíproco de aprender y de elevar la calidad de nuestra especialidad. Al fin y al cabo para el conjunto de la sociedad peruana éramos bichos raros y teníamos que ser muy competentes para sobresalir. Es cierto que con Velasco Alvarado se habían abierto numerosas oportunidades a los científicos sociales, pero muchas veces a costa de tener que aceptar la ideología que se enarbolaba. Nosotros preferíamos la independencia, y felizmente por aquel entonces contamos con el apoyo de muchas fundaciones extranjeras que nos brindaban las facilidades para desarrollar nuestras investigaciones libres de cualquier compromiso político o ideológico.

 

 

 

 

 

 

 

 

Inagotable en su sed de conocimientos y de superación, una vez incorporado en la Católica, su siguiente paso fue doctorarse en San Marcos y también, luego de un intervalo corto, en Inglaterra pero ya no en Manchester sino en Durham, donde su asesor Norman Long se había mudado. El primero de los dos doctorados lo consigue en 1977 y, en 1980, el de la Universidad de Durham.

Un año antes, se suma a una investigación que con Norman Long preparamos para estudiar la diversificación económica de los campesinos del Valle del Mantaro y Huancavelica. La investigación duró hasta 1982, y recuerdo que cuando nos tocó presentarnos ante los comuneros de la comunidad huancavelicana de Pachaclla su pulido conocimiento del quechua nos sacó de un aprieto. Se había convocado a una asamblea comunal para que informáramos sobre el propósito que nos llevaba por aquellos lares. Conocedor del idioma de los campesinos, Altamirano tomó la palabra. Todo cuanto ofrecíamos a cambio de que nos dejaran permanecer los campesinos lo rebatían aduciendo que ya contaban con ello. Si era en materia de salud, nos replicaban que tenían una posta sanitaria. Si nuestro ofrecimiento era en el campo de la educación aducían que ya tenían su escuela y así sucesivamente. Viendo el difícil trance en el que nos encontrábamos, un viejito que permanecía muy atento a la reunión, llamó disimuladamente a Teófilo y en su idioma le preguntó si seríamos capaces de registrar la historia de su comunidad. Ni corto ni perezoso, le respondió inmediatamente que precisamente esa era nuestra especialidad. Tan convincente fue la respuesta que al instante se nos abrieron las puertas.

Con nuestro jubilado hemos coincidido muchas veces en el campo. Al fin y al cabo, siendo dignos herederos de la escuela británica de antropología nuestro empiricismo nos lleva siempre a estar cerca de la realidad que investigamos. El campo nos apasiona, y a medida que el interés de Teófilo por las migraciones se ha proyectado al ámbito internacional y su fama ha ido trascendiendo nuestras fronteras, se ha ido convirtiendo en un viajero infatigable. Nacido en un ambiente de fronteras estrechas, hoy ha convertido al mundo en su espacio natural. Un día está en Lima, otro en Estados Unidos, tres semanas atrás en Europa, y así sucesivamente. Basta ver su currículum para darse cuenta del sinnúmero de centros académicos extranjeros de relieve que lo han acogido. Unas veces son charlas; otras, cursos, y otras, seminarios. Participa comunicándose unas veces en castellano, y otras en inglés, que habla con gran fluidez.

Dado su talento, es posible que hubiera destacado en cualquier tema que lo apasione. Sin embargo, su interés en las migraciones dentro del Perú lo llevaron a estudiar este fenómeno en el plano internacional. No sé si lo avizoraba, pero este tema es el que hoy atrae una gran atención en todo el mundo, e infinidad de países se encuentran ávidos de tratar de comprenderlo. Y Teófilo ha sabido estar a la altura de esta demanda, produciendo fecundas investigaciones que se han traducido en numerosas publicaciones.

 

 

Su trayectoria académica es un ejemplo para todos los peruanos. Como en el caso de Alejandro Toledo en el campo de la política, Teófilo es, en el quehacer intelectual, otro testimonio de los logros que pueden alcanzar peruanos con orígenes humildes. Pero su triunfo no es solo en este campo, sino también en el del hogar, ya que con Adriana Girao Caro ha sabido consolidar una hermosa familia que, con el ejemplo de sus padres, les asegurarán muchos éxitos futuros a sus ya bien encaminados hijos.

Muchas gracias mi querido Teofilón por darle tanto lustre a nuestra universidad y a nuestra patria, y que el largo camino que todavía te falta recorrer te depare nuevas y más gratas sorpresas que redunden en beneficio tuyo, de tus seres queridos, y de nuestra antropología que siempre seguirá requiriendo de tus sabios consejos y enseñanzas.