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Despedidas
Este año, 2011, que está terminando nos ha tocado despedirnos de diversas formas de amigos y figuras de la antropología peruana. Carlos Iván Degregori y Fernando Fuenzalida se fueron definitivamente. Alejandro Ortiz Rescaniere se jubiló, y apartó de esta revista que dirigió por muchos años. Carlos Iván y Femando no volverán a escribir sobre el Perú, pero sus trabajos serán releídos pues siguen siendo, no solo, testimonio de una época convulsa y de maneras muy diferentes de hacer antropología y desplegar un compromiso político desde la antropología, también son propuestas creativas y herramientas poderosas para la comprensión del fenómeno humano. Alejandro, felizmente, seguirá escribiendo. Me robo ahora, como despedida, las palabras de Alejandro, a través del homenaje que leyó en la Facultad de Ciencias Sociales Juan Javier Rivera Andía con motivo de su jubilación, y las del propio Juan Javier; porque creo que son ciertas, para Alejandro, pero también, en cierta forma, para Fernando y Carlos Iván, y los compromisos con la teoría del primero, con un nosotros diverso por construir del segundo y con los discípulos que ambos supieron motivar. Juan Javier leyó: La mejor forma de ser útil es saber bien algo, por amor al propio conocimiento y no por oficio. Las compensaciones que encuentra un hombre así son siempre de adentro para afuera y no le coserán medallas o condecoraciones... (Ortiz Rescaniere, A. (ed.). José María Arguedas. Recuerdos de una amistad. Lima: PUCP, 1996, p. 265). Escribiendo estas líneas, me pregunté qué aprendió, en resumen, aquel muchacho de Carabayllo con mal carácter; esto es, qué creo que es lo fundamental que un profesor como Alejandro Ortiz Rescaniere habría mostrado a los alumnos de mi generación, a los estudiantes que tuvo en sus aulas desde fines de los noventa. En lo que a mí respecta, aprendí de él un cierto interés y respeto por la inteligencia, un cierto interés y respeto por la etnografía, y una cierta desconfianza e irreverencia hacia las teorías de moda, hacia, como alguna vez lo dijo él, sus «muletas» y «amuletos». Y obtuve, además, una cierta convicción de un cierto íntimo vínculo entre la antropología y el arte. En suma, como joven antropólogo, la obra, primero, y, luego, el diálogo, con nuestro profesor, me mostraron un camino; y además me dieron el aliento para emprenderlo, dentro y fuera del Perú. (Carta para jóvenes antropólogos, Fundo Pando, 2011).
Cecilia Rivera
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