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Anthropologica

versión impresa ISSN 0254-9212

Anthropologica v.29 n.29 Lima dic. 2011

 

JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

 

Cartas de Arguedas a Abelardo Oquendo en el Archivo Arguedas de la PUCP

José María Arguedas letters to Abelardo Oquendo

 

Carmen María Pinilla

Pontificia Universidad Católica del Perú. Correo electrónico: cmpinilla@yahoo.com

 


RESUMEN

Se publican aquí cuatro cartas que Arguedas dirige a Abelardo Oquendo. En ellas se aprecia su interés por elegir como correctores de sus obras a personas de gran talento literario y severidad de juicio. Revelan asimismo sus particulares interpretaciones de ciertas prácticas de la intelectualidad limeña y su tenaz defensa por resguardar la autenticidad de las expresiones artísticas del mundo andino.

Palabras clave: José María Arguedas, estilística, intelectualidad, Lima, folclor andino.

 


SUMMARY

Four letters are included in this publication that José María Arguedas addressed to Abelardo Oquendo. They document Arguedas’ interest in choosing persons of great literary talent and solid judgemente as editors for his writings. These letters also reveal his personal interpretation of certain practices of Lima intellectual groups, as well as his committed defense in protecting the authenticity of artistic expressions of the Andean world.

Key words: José María Arguedas, Andean folklore, style, intelligentsia, Lima.

 


Presentamos a continuación cuatro cartas inéditas de José María Arguedas a Abelardo Oquendo que revelan dos aspectos poco conocidos de su vida: la calidad de las personas a quienes elegía como lectores y comentaristas de sus borradores, en este caso de su novela El Sexto; y su desconcierto frente a ciertas prácticas de la intelectualidad limeña, que al ser orientadas hacia a su persona amenazaban su situación social y emocional.

La elección de los lectores de sus obras habría estado inspirada en su erudición y talento literario pero también en la minuciosidad para descubrir defectos, así como en la sinceridad para expresarlos. Después de encargar a Abelardo Oquendo la lectura de El Sexto le advierte que quienes antes realizaron semejante encargo, el poeta Emilio Adolfo Westphalen y el peruanista francés André Coyné1 «fueron muy generosos, porque fueron severos». Esta elección está también determinada por cierta similitud en las posiciones políticas, lo cual Arguedas cree necesario para entender el mensaje de su obra. Es importante anotar que, al comunicarle a Oquendo sus intenciones de «intervenir algo más en la vida activa», y de expresarle enseguida su decisión de publicar El Sexto, estaba considerando esa decisión como una forma de acción política.2

El contenido de la penúltima de estas cartas expresa su reacción ante ciertas prácticas sociales de solidaridad —que anteriormente él había suscrito al ser referidas a terceros— y que al orientarse hacia su persona, lejos de confortarlo lo ofenden. Le ofendió, y así se lo comenta a Abelardo Oquendo, una carta de desagravio que, a instancias de dos buenos amigos suyos, el arquitecto Ricardo Sarria y el escritor Enrique Solari Swayne,3 firman sesenta y cuatro personas vinculadas a las letras. Para comprender bien esta situación describiremos los eventos que la precedieron.

Es de todos conocida la pasión y la frecuencia con que Arguedas exponía sus puntos de vista a través de la prensa escrita, tanto para alabar la aparición de obras o espectáculos culturales, como para criticarlos, con criterios sólidamente fundamentados. Por ello se veía a menudo envuelto en desgastantes polémicas, dos ocurrieron en 1959 y otras dos en 1960.

En junio de 1960, publicó un artículo en el dominical de El Comercio luego de haber asistido al espectáculo «Las danzas incas del Perú»4 en el teatro La Cabaña. El espectáculo había sido intensamente anunciado en los medios, suscitando grandes expectativas entre el público limeño.5 Arguedas lo criticó con argumentos imbatibles pues había observado directamente la mayoría de danzas en sus escenarios naturales. Tengamos presente que desde su condición de director de expresiones artísticas del Ministerio de Educación buscaba convencer a los grupos artísticos sobre la importancia de mantener la tradición, garantía de lo artístico y evitar ceder a las imposiciones del mercado. Por eso denunció especialmente el despojo de autenticidad de las danzas presentadas en La Cabaña, convertidas en «monotonía y absoluta pobreza».

Advertía desde el inicio que no se hubiera ocupado en comentar tal espectáculo si no se destacara en el programa repartido al público que contaba con el auspicio del Ministerio de Educación y con el de la Universidad de San Marcos; y, sobre todo, si no se anunciara que próximamente sería presentado en Europa.

El director de este grupo, Julio Castro Franco, respondió iracundo a Arguedas, en la misma tribuna, acusándolo de desconocer la realidad artística peruana, de plagiar mitos y leyendas recogidas por otros para componer sus narraciones.6 Pretendía justificar la estilización de las coreografías, vestuario y música aduciendo la necesidad de adaptarlas a las reglas del teatro. Luego buscaba desprestigiar las opiniones de Arguedas presentándolo como polemista irresponsable al recordar al público un cruce de opiniones en el que meses atrás se vio envuelto a propósito de su posición contraria a la intromisión del curso de sociología en los programas de educación secundaria.7 Lo acusaba, finalmente, de seguir prácticas gamonalistas al convertir en domésticos a jóvenes artistas. También de ser un «falaz atacante de falsificaciones» pero de escribír sus artículos cobijado en el local del Museo de la Av. Alfonso Ugarte, local emblemático de falsificación incaica, que, sin embargo, jamás criticó para no arriesgar su puesto.

Como se puede apreciar, Castro no esgrimía argumentos, buscaba desacreditar a Arguedas como escritor y como persona. Esto es lo que motivó la indignación de Sarria y Solari y los indujo a buscar una forma de expresar su apoyo a Arguedas. Mientras buscaban la forma de hacerlo y casi al mes de la injuriosa réplica de Castro, Arguedas publicó «Inevitable respuesta»8 donde expresaba que no se ocuparía nuevamente del director de «Danzas incas del Perú» si su carta no hubiese aparecido en el mismo suplemento dominical de El Comercio donde originalmente él publicó su crítica. Ahora Arguedas solo aconsejaba al lector observar las fotos del espectáculo aparecidas en una revista «para demostrar qué es realmente lo que pretende Castro llevar a Europa bajo el nombre del Perú».9 Desmentía los anunciados auspicios de los que se jactaba Castro pues había averiguado que ni el Ministerio de Educación, ni San Marcos respaldaban su presentación en Europa. Finalizaba afirmando: «no voy a contestar más a lo que sin duda e ilimitadamente ha de seguir escribiendo contra mi el inventor de "Las danzas incas", ni a las amenazas con que ha tratado de neutralizarme; parece que este señor tiene mucha fe en los efectos que surten los métodos de calumniar y amenazar».

Es y era común en nuestro medio la práctica de respaldar a un personaje injuriado o maltratado mediante actos públicos o cartas de apoyo. Esto fue lo que buscaron hacer Sarria y Solari al redactar una brevísima carta de desagravio y recabar firmas no solo entre los amigos de Arguedas sino entre los propios. Con el título de «Un testimonio de adhesión al señor José M. Arguedas»10 se publicó esta escueta carta dirigida al escritor que decía «Reciba Ud. por intermedio de estas breves líneas el testimonio de nuestra admiración por su obra literaria y de investigación folklórica, y de nuestra íntima solidaridad con su ejemplar conducta moral. Atentamente …». Sesenta y cuatro personas, entre ellas Abelardo Oquendo, firmaban la carta.

El mismo día de su publicación Arguedas comentó a Abelardo su desazón frente a ella por considerar innecesario un respaldo moral a su conducta; pensaba que sus amigos más cercanos no habrían dado crédito a las calumnias. Expresaba su desconcierto al confiarle que: «No he aprendido aun a conocer a las gentes de la ciudad… he aprendido mucho de su lenguaje pero muy poco de su alma». Este mismo sentimiento de sentirse enjuiciado por terceros será muy gráficamente descrito cuando, luego de su separación de Celia y frente al distanciamiento de varios de sus antiguos amigos, le escribe a Manuel Moreno Jimeno: «Soy, nuevamente, un recién llegado de la sierra; un estimable huanaco de las punas que debe tratar de demostrar, nuevamente, que es estimable».11

En un gesto enaltecedor, Abelardo Oquendo acaba de donar estos importantes documentos al Archivo Arguedas de la PUCP, donde se conservarán al lado de otros documentos donados anteriormente por Alejandro Ortiz Rescaniere, John Murra, José Luis Rouillon, Fernando de Szyszlo, Blanca Varela, Germán Garrido Klinge y Vilma Arguedas Ponce. Tal elección pone en evidencia la confianza depositada en el cuidado y conservación de estos documentos por la Biblioteca Central de la PUCP.

        1. Nota manuscrita de José María Arguedas a Abelardo Oquendo, del 4 de noviembre de 1960

Querido Abelardo:

Este relato está lleno de defectos.12 Antes acudía a Emilio Adolfo Westphalen para que me ayudara a descubrir los más graves y confrontar con los que yo conocía. Para «Los ríos profundos» me auxilió Coyné. Ambos fueron muy generosos, porque fueron severos. Esta vez, con la misma confianza e ilusión acudo a ti. El caso éste es en cierta forma más difícil. Los partidos políticos están mostrados y en cierta forma juzgados. Tú tienes una gran lucidez respecto a estos problemas y tu sensibilidad y cultura holística son seguramente tan sólidos como los de Emilio Adolfo y Coyné; y tienes un bien que estimo especialmente: tu juventud.

Temo este relato. Lo he escrito en males condiciones de salud. Perdóname que te dé un encargo tan duro.

Gracias y un fraternal abrazo de

José María
4 Nov. 1960.
Los sucesos ocurren en 1937

2. Carta manuscrita en papel corriente de José María Arguedas a Abelardo Oquendo, del 19 de mayo de 1961

Guatemala,13 19 de mayo, 1961

Muy estimado Abelardo:

Vine a este país cuando la muy larga afección nerviosa que padezco se había agudizado. He pasado días muy malos. Un médico me llegó a decir que no tenía remedio aquí. Pero otro al que me vi obligado a consultar hace dos días cree que, precisamente, lo descubierto por el anterior promete la posibilidad de una curación radical. Tengo esa esperanza. Desde 1943 no he contado sino con ¼ de vida. ¡Tú has de comprender lo que significa esto de no poder realizar los mayores proyectos por falta de salud y no de tiempo! ¡Ver trabajar a todos y no poder hacerlo uno!

Pero la visión de este país me ha dado nuevas luces y aliento. Desearía intervenir algo mas en la vida activa. ¿Cómo anda el partido?14 En este proceso electoral no puedo abstenerme, ocurra lo que ocurra. Me permitiré volverte a dar ese relato sobre «El Sexto». Lo encontré malísimo en muchos capítulos. Cámac moría cantando como un actor de ópera. Tú me auxiliaste a encontrar lo que había de pésimo en el relato. El trabajo de corregirlo con tanta premura acabó por agotarme aún más. Espero encontrarlo nuevamente copiado. Si no lo encuentro tan malo lo editaremos. Acaso sea oportuno.

Yo estaré en Lima dentro de unos ocho días. Ya no hay tiempo de que me contestes. Te escribo únicamente para rogarte que me asistas nuevamente con tu ayuda, no sólo en la nueva consideración del relato sino en lo que se refiere a nuestro problema político. Ya te hablaré de lo que he visto aquí.

Hasta pronto y un abrazo de

José María

3. Carta mecanografiada en papel con membrete del Instituto Panamericano de Geografía e Historia. Comisión Historia. Comité Interamericano de Folklore, de José María Arguedas a Abelardo Oquendo, del 15 de julio de 1960

Lima, 15 de julio de 1960.

Querido Abelardo:

Si no tuviera la convicción de tu honestidad y de la pureza de tu espíritu no me permitiría escribirte estas pocas líneas, por las que te pido disculpas. ¡Qué extrañas consecuencias ha tenido ese artículo que escribí sobre las detestables «Danzas Incas» de Don Castro Franco!15

Yo me opuse tenazmente ante Enrique Solari y Ricardo Sarria que se lanzaron, por el afecto que me tienen, a organizar un agasajo de «desagravio». Les dije que verdaderamente creía no necesitarlo y que me sentía incapacitado para enfrentarme a una reunión en mi homenaje. Pero insistieron, afirmaron vehementemente que ellos también eran los ofendidos. Entonces les manifesté que declinaría el homenaje, con toda seguridad. Y hoy sale esa carta en «El Comercio». Hace algún tiempo que no estoy bien de los nervios. Pero ¿no te parece mi querido Abelardo que, ahora, algo lejos ya de la fecha de la «amable» carta de Don Castro Franco, la otra carta aparece como un documento de garantía que firman mis amigos y otros en favor de «mi ejemplar conducta moral»? ¿Tú también crees, Abelardo, de que de veras necesitaba mi vida de ese documento de garantía a raíz de las calumnias de un calumniador de oficio? En cuanto a la evidencia de que mis amigos y aun algunos de los pocos enemigos que seguramente tengo no iban a creer en esas calumnias, yo estaba tan seguro de esto que así lo afirmé categóricamente y con cierto orgullo en mi respuesta a Castro Franco.

Me siento nuevamente preocupado, con una verdaderamente dolorosa inquietud. Tal parece que efectivamente no he aprendido aun a conocer a las gentes de la ciudad, que he aprendido mucho de su lenguaje pero muy poco de su alma.- Reflexionando, creo descubrir que te he elegido para esta especie de queja porque te estimo y porque no habías llegado a ser un viejo amigo como los que gestaron la carta y a quienes no me sería posible decirles lo que a ti te digo, para desahogar un poco mi inquietud. ¿Qué necesidad tenía de la garantía de gentes a las que apenas conozco, como el Dr. Alejandro Miro Quesada, por ejemplo, la de Antonio Pinilla y otros? ¿Y qué necesidad había de que gentes tan honestas, tan convencidas a su vez de mi honestidad, como tú, Enrique Solari, Valcárcel, Muelle o Augusto Salazar Bondy y Federico Schwab me ofrecieran la misma garantía y tuvieran que manifestar públicamente este vínculo tan amado y tan íntimo de la amistad hecha, no precisamente a través de la camaradería de la infancia o del colegio sino de la identidad de la conducta moral, a pesar de las diferencias en ciertos aspectos de las ideas?

¿Una carta? Un agasajo, que habría declinado, era sin duda algo menos directo.

Te envío las fotos para el comentario sobre las películas de Chambi y Nishiyama.16 Ojala que Capasso17 haya leído los artículos que Paco18 y yo escribimos sobre esas películas que fueron exhibidas en Lima con tanto éxito. Fue creo en Enero de 1958. Tuvimos pues aquí la seguridad de que esas películas constituían por fin la iniciación de un arte cinematográfico cuyo porvenir se nos presentaba como algo grandioso. Y que se tome en cuenta de que la primera versión de «Qoyllur Rit´i» fue hecha por Chambi y Nishiyama.

Con todo afecto,

José María

4. Carta manuscrita en papel con membrete de Compañía Hotelera del Perú, de José María Arguedas a Abelardo Oquendo, del 18 de junio. No registra año pero por el contenido puede corresponder a 196519

Arequipa, 18 de junio.

Querido Abelardo:

Por razones de salud y otras de orden personal grave que tú conoces bien, voy a Santiago. Estaré de vuelta el lunes.

Necesito consultar con la Dra. Lola Hoffmann20 que me curó de una grave depresión nerviosa en 1961, y arreglar otros asuntos muy serios que gravitan decisivamente sobre mi destino.

Te doy cuenta de este hecho como Director y pido autorización para quedarme esos días más fuera de Lima.21

Un abrazo,

José María

 

Anexo: «Lo que pretende Castro llevar a Europa bajo el nombre del Perú»

 

 


  1. El poeta Emilio Adolfo Wesphalen era un gran amigo de Arguedas desde que este llega a Lima para ingresar a San Marcos. Existe un hermoso epistolario que prueba la entrañable amistad de ambos, próximo a aparecer. André Coyné, fue un destacado peruanista francés, con estudios en Francia y España, doctorado en San Marcos. Realizó importantes estudios críticos sobre la obra de César Moro (de quien era amigo y, a su muerte, albacea), de Vallejo, de Cieza de León, de Proust.

  2. En una carta de Arguedas a John Murra, de febrero de 1961, le confía el temor de que la aparición de su novela traiga el encono de los dos principales partidos políticos del país contra su persona. En Murra, John y Mercedes López-Baralt. Las cartas de Arguedas. Lima: PUCP, 1996, p. 54.

  3. El arquitecto Ricardo Sarria era cuñado de Blanca Varela, y tanto él como el dramaturgo Enrique Solari, autor de Collacocha, asiduos concurrentes a la Peña Pancho Fierro. Pertenecían al grupo de personas a las que Arguedas veía regularmente, que lo apreciaban y admiraban.

  4. Arguedas, José María, «Las danzas incas del Perú. Una responsabilidad del Ministerio de Educación y de la Universidad». El Comercio. Suplemento dominical. Lima, 12 de junio de 1960, p. 8.

  5. Araníbar, Antonio, «Danzas incas del Perú». Cultura Peruana, vol. XX, Nº 143, mayo 1960.

  6. Castro Franco, Julio. «Una carta sobre Danzas incas del Perú». El Comercio. Suplemento Dominical. Lima, 13 de junio de 1960. Fungía de gran conocedor del folclor y de los instrumentos musicales. En 1961 publicó Música y arqueología (Lima: Eterna).

  7. Arguedas consideraba que era preferible conceder más horas a los cursos de Historia o de Castellano pues la Sociología era en nuestro medio una ciencia que no había acumulado material empírico y, por lo tanto, el curso solo repetiría cuestiones teóricas. Ver Arguedas, José María. «La sociología y la reforma de la educación secundaria». El Comercio. Suplemento Dominical. Lima, 8 de noviembre de 1959, p. 2; y «Sociología y educación secundaria». El Comercio. Suplemento Dominical. Lima, 22 de noviembre de 1959, p. 3. También las cartas en el mismo diario de: Carlos Salazar Romero, el 15 de noviembre (donde considera «pintorescos» los conceptos usados por Arguedas), y la de Rolando Chacón Oliva, el 22 de noviembre de 1959.

  8. Arguedas, José María. «Inevitable respuesta». El Comercio. Suplemento Dominical. Lima, 10 de julio de 1960, p. 9.

  9. Ver algunas de estas fotos en el anexo, al final del texto.

  10. «Un testimonio de Adhesión al señor José M. Arguedas». El Comercio. Lima, 15 de julio de 1960. Firman la carta: Juan W. Acha, Santiago Agurto C., Luis Felipe Alarco, Luis Alvarez, César Arróspide, Emilio Barrantes, José Bonilla A., Francisco Carrillo, Javier Cayo, Manuel Checa S., Leopoldo Chiappo, Emilio Choy, Alberto Dávila, Héctor del Busto, Washington Delgado, Guillermo Descalzi, Manuel Diez Canseco, Alberto Escobar, Julio Gastiaburú, Alejandro Graña, Rosa Graña, Ricardo Grau, Rodolfo Holzman, Enrique Iturriaga, Roberto Koch, José León Barandiarán, Enrique López Albújar, Juan Mejía Baca, Luis A. Meza, Alejandro Miró Quesada G., Luis Miró Quesada G., Angélica Moncloa, Francisco Moncloa, Manuel Moreno Jimeno, Jorge Muelle, Abelardo Oquendo, José Ortiz Reyes, José Miguel Oviedo, Juan Luis Pereyra, Regina Piatti, Antonio Pinilla S. C., Julio Ramón Ribeyro, Bernardo Roca Rey, Joaquín Roca Rey, Ricardo Roca Rey, Josafath Roel Pineda, Alfredo Ruiz Rosas, Augusto Salazar Bondy, Sebastián Salazar Bondy, Irma L. de Salazar, Dalmacia Samohod, Carlos Sánchez Málaga, Ricardo Sarria, Federico Schwab, Carlos Alberto Seguín, Javier Sologuren, Sabino Springet, Enrique Solari Swayne, Felipe Solari Swayne, Manuel Solari Swayne, Fernando de Szyszlo, Georgette de Vallejo, Blanca Varela, Héctor Velarde.

  11. Carta de José María Arguedas a Manuel Moreno Jimeno, probablemente de diciembre de 1965. En Forgues, Roland (ed.). José María Arguedas. La letra inmortal. Correspondencia con Manuel Moreno Jimeno, Lima: Ediciones de Los ríos profundos, 1993, p. 149.

  12. Se refiere a su novela El Sexto.

  13. Viajó en marzo a este país con una beca de tres meses otorgada por la OEA para investigar sobre arte popular.

  14. Se refiere al Movimiento Social Progresista, en cuyo órgano de expresión, la revista Libertad, había colaborado ocasionalmente, y asistido a reuniones en el local partidario pues tenía muy grandes amigos entre sus militantes.

  15. Castro Franco, Julio, «Una carta sobre Danzas incas del Perú». El Comercio. Suplemento Dominical. Lima, 13 de junio de 1960. Arguedas responde: Arguedas, José María, «Inevitable respuesta». El Comercio. Suplemento Dominical. Lima, 10 de julio de 1960, p. 9.

  16. Eulogio Nishiyama, conocido cineasta, fundador con Manuel y Víctor Chambi, Luis Figueroa y César Villanueva, de la Escuela de Cine Cusqueño. Entre sus obras están: Los invencibles Kanas, Lucero de Nieve, Kukuli. En febrero de 1964, Nishiyama y Figueroa, asociados en la empresa Kero Films, firman un contrato con Arguedas para producir la película Jarawi, basada en la novela Diamantes y pedernales. Con el título de «Películas de gesta» Arguedas publicó en 1957 un elogioso artículo comentando las películas de Chambi y Nishiyama. En El Comercio. Suplemento Dominical. Lima, 17 de noviembre de 1957, p. 3.

  17. Claudio Capasso, crítico de cine. En los años cincuenta impulsó la creación del Cine Club de Lima.

  18. Es probable que se refiera al músico Enrique Pinilla Sánchez Concha, a quien había tratado en su viaje a Europa en 1958 y quien, entre 1961 y 1966, tuvo a su cargo una columna de crítica musical y artística en el diario Expreso.

  19. En una carta a John Murra del 22 de julio de 1965 le dice: «Fui al congreso de novelistas de Arequipa y de allí me pasé a Santiago para consultar con la Dra. Hoffmann». Murra, John y Mercedes López-Baralt (eds.), Las cartas de Arguedas. Lima: PUCP, 1996, p. 127. Fue un viaje de pocos días a Chile pues el 25 de junio estuvo presente en la famosa Mesa Redonda sobre Todas las sangres, realizada en el Instituto de Estudios Peruanos.

  20. Psicóloga chilena de origen lituano, de orientación jungueana; trataba a Arguedas desde fines de 1961.

  21. Al ser Abelardo Oquendo subdirector de la Casa de la Cultura, debía reemplazar a Arguedas —el director— cuando se ausentaba.