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Lexis

versión impresa ISSN 0254-9239

Lexis vol.38 no.2 Lima  2014

 

ARTÍCULOS

 

Ippolito Galante y la filología quechua en los años 1930 y 1940*

Ippolito Galante and the Quechua philology in 1930 and 1940

 

Alan Durston

York University

 


RESUMEN

En los años 1930 y 1940, el filólogo y diplomático italiano Ippolito Galante realizó las primeras ediciones críticas de textos coloniales en quechua, entre ellos el Manuscrito de Huarochirí. Fue también el director fundador del Instituto de Filología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde estableció una cátedra de quechua en 1938. Su legado para la filología y la lingüística quechuas fue importante y duradero, pero también tuvo algunas limitaciones claves. Este artículo examina la carrera de Ippolito Galante y los contextos políticos y culturales de sus proyectos quechuistas, especialmente las reacciones encontradas que provocaron en Lima.

Palabras clave: filología quechua, Ippolito Galante, lingüística amerindia, ideologías lingüísticas.

 


ABSTRACT

In the 1930s and 1940s, the Italian philologist and diplomat Ippolito Galante made the first critical editions of colonial texts in Quechua, including the Huarochirí Manuscript. He was also the founding director of the Institute of Philology of the Universidad Nacional de San Marcos, where he established a chair of Quechua in 1938. His legacy for Quechua philology and linguistics was significant and durable, but also had some key limitations. This article examines the career of Ippolito Galante and the political and cultural contexts of his Quechuist projects, especially the mixed reactions they provoked in Lima.

Keywords: Quechua Philology, Ippolito Galante, Amerindian Linguistics, linguistic ideologies.

 


1. Introducción

Ippolito Galante (1892-1975)1 es conocido entre peruanistas y andinólogos por su traducción al latín del manuscrito quechua de Huarochirí (ca. 1608), publicada en Madrid en 1942. Como lo ha señalado César Itier (1995), Galante también le dio un impulso importante a la filología quechua y a la filología en general en Perú como director fundador del Instituto de Filología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos entre 1936 y 1938. Galante fue, en gran medida, el responsable del restablecimiento de la enseñanza del quechua en San Marcos después de una interrupción de más de 150 años. Realizó las primeras ediciones críticas de textos quechuas coloniales: aparte del Manuscrito de Huarochirí, editó el Ollantay (1938) y el catecismo de Bartolomé Jurado Palomino (1943), y publicó el primer tomo de una antología de teatro quechua (1946). Estas ediciones se hicieron en latín, pero introdujeron prácticas filológicas modernas como la inclusión de facsímiles o transcripciones paleográficas junto con versiones normalizadas (textos críticos).

Como veremos, Ippolito Galante fue un personaje bastante sui generis. Pero más allá de lo anecdótico, su carrera ejemplifica los encuentros y desencuentros que podían darse en torno al quechua, a veces de forma bastante inesperada en una época de grandes conflictos tanto dentro del Perú como a nivel mundial. Este artículo examina los proyectos quechuistas de Galante y las coyunturas políticas y culturales en que se desarrollaron, entre ellas la política exterior de Mussolini y la Guerra Civil Española. Discute también el legado que Galante dejó en el Perú y la forma en que sus proyectos fueron recibidos. El debate que surgió en torno al establecimiento de una cátedra de quechua en la Universidad de San Marcos fue una de las primeras discusiones públicas sobre las funciones de la lingüística en el Perú, lo que nos abre una ventana a las perspectivas encontradas respecto del quechua que se habían desarrollado entre la intelectualidad limeña de fines de la década de 1930.

2. Un latinista trotamundos

La información biográfica sobre Galante es escasa. El lingüista Tullio de Mauro lo tuvo como profesor de griego y latín cuando estaba en la secundaria en Roma a fines de la década de 1940, y registra algunas impresiones (De Mauro 2010: 58-60). Galante provenía de "una vieja familia romana, muy acomodada". El primer día de clase intentó hablar en latín con sus alumnos hasta darse cuenta de que no le entendían, y se refería a Dante y Petrarca como escritores "vulgares". Les hablaba a sus alumnos del parentesco que tenían el latín y el griego con las demás lenguas indoeuropeas y con el sánscrito, y causó una profunda impresión en De Mauro. En ese momento, Galante se estaba reinsertando en la sociedad italiana después de más de veinte años pasados en Chile, Portugal, Suecia, Perú y España como representante de la "diplomacia cultural" de Mussolini. En 1951 comenzaría a enseñar un curso de lenguas de América precolombina en la Universidad de Roma, actividad que mantendría por lo menos hasta comienzos de 1960 con una interrupción entre 1955 y 1957, cuando fue agregado cultural de Italia en Nueva Delhi (Gandini 2006: 189; Ijsewijn 1961: 70).

A Galante le cae bien la etiqueta de homo universalis (Verweij 2006: 336). Se doctoró en 1915 por la Universidad de Roma con una tesis de literatura titulada Delle cause interne del dramma. Fue compositor, musicólogo y poeta. La mayoría de sus publicaciones son folletos o libros de poesía latina —es conocido en el campo de los estudios neolatinos como el autor del último poema épico en latín, publicado en 1958 y ambientado en la India (Verweij 2006). Su docencia estuvo enfocada en las lenguas clásicas y, a partir de su estadía en Lima, en el quechua. Publicó textos de diversa índole en italiano, castellano e inglés, pero prefirió el latín no solo para la poesía, sino para sus estudios de carácter técnico o científico también; entre ellos sus ediciones de textos quechuas, un tratado de musicología y una gramática del hindi (Galante 1959: 15).

Parece ineludible la conclusión de que el uso del latín fue un lastre para la recepción de su trabajo científico. Sin duda, el conocimiento del latín estaba más difundido a mediados del siglo pasado que hoy, pero es difícil pensar que muchos de sus lectores potenciales hayan podido lidiar con el latín bastante avanzado que escribía Galante. ¿Cómo explicar una vocación latinista tan fuerte? El indólogo peruano Fernando Tola Mendoza, quien trabajó cercanamente con Galante, explica que "su lenguaje y su mente se manejaban en latín" (comunicación personal). El latinismo de Galante parece reflejar también un proyecto ideológico. Durante sus estadías en países iberoamericanos, Galante enseñó latín, publicó poesía latina y fue muy activo en fomentar el estudio de las lenguas clásicas. Esto sugiere que buscaba ampliar el renacimiento cultural y político que se buscaba a través de la cultura clásica en la Italia fascista al mundo iberoamericano, heredero también de Roma.2

Desde mediados de 1920 hasta mediados de la década de 1940, Galante estuvo al servicio de la "diplomacia cultural" de Mussolini: se enviaban intelectuales y científicos afines al régimen a países con los cuales se buscaba estrechar lazos y donde se esperaba surgirían movimientos fascistas (Ivani 2008; Scarzanella 2007). Trabajó en las principales universidades de cada uno de los países que visitó, de modo que mantuvo lazos estrechos con las legaciones italianas.3 Todas sus estadías en países iberoamericanos coincidieron con regímenes autocráticos que mantuvieron excelentes relaciones con Italia (el de Carlos Ibánez del Campo en Chile, Antonio de Oliveira Salazar en Portugal, Oscar Benavides en Perú y Francisco Franco en España). Un incidente en particular demuestra que era hombre de confianza del régimen: en 1943, mientras vivía en Madrid, Galante intentó iniciar negociaciones secretas con agentes de EE.UU. con miras a la salida de Italia de la guerra por encargo del embajador italiano (Tassani 2002: 103-104).

Galante inició su carrera de académico-diplomático en Santiago de Chile. En 1927, lo encontramos enseñando latín en el Instituto Pedagógico, donde se había ganado la antipatía de algunos de sus alumnos al dedicarle una oda latina al presidente Ibáñez (Delano 2004: 53). Permanecería en Chile hasta 1931 y sería recordado por su aporte al surgimiento de la filología clásica en la Universidad de Chile (Pereira Salas 1964: 213). A partir de 1931, Galante vivió en Portugal y, brevemente, en Suecia antes de trasladarse a Perú en 1936.

3. El Instituto Superior de Lingüística y Filología de San Marcos

A mediados de 1935 se reabría la Universidad de San Marcos tras una clausura de casi tres años, que fue iniciada durante el gobierno de Luis Miguel Sánchez Cerro a raíz del conflicto con el APRA.

Un nuevo estatuto universitario establecía la creación de una Academia de Idiomas cuya función principal era la enseñanza de las lenguas vivas al alumnado de las distintas facultades.4 Un nuevo rector, el jurista y diplomático Alfredo Solf y Muro, se hizo cargo de su organización y contrató a Galante como primer director y profesor de filología, latín y griego, realizando las gestiones a través del ministro italiano en Lima.5 El contrato era para dos años y estipulaba que además de sus deberes como director y profesor de la Academia de Idiomas, Galante organizaría "un instituto para la investigación de la Lingüística indígena americana y en especial de la peruana", que funcionaría al interior de la Academia. El contrato menciona que la función del instituto sería elaborar mapas que, para este caso, se trataría de mapas lingüísticos del Perú.6

La Academia de Idiomas fue concebida, entonces, con un propósito que iba más allá de la enseñanza utilitaria de las lenguas modernas. Así lo indica la elección de un filólogo clásico como su primer director y la estipulación de que la investigación de la Lingüística indígena americana fuera una de sus tareas centrales. ¿Cómo llegó Solf y Muro a elegir a Galante? Es posible que la iniciativa haya provenido del ministro italiano, Vittorio Bianchi. En todo caso, esta elección solo se entiende en el contexto de las excelentes relaciones que existían entre los gobiernos de Benavides y Mussolini. Por ejemplo, operó en Lima una misión policial italiana y se construyó una fábrica de aviones italiana (Guarnieri Calò Carducci 2007: 93-94). José de la Riva-Agüero, figura muy influyente en el gobierno de Benavides, había vivido en Italia y admiraba el fascismo (Guarnieri Calò Carducci 2007: 132-134). A Galante se le consideraba parte de la comunidad diplomática italiana: en marzo de 1937, el sucesor de Bianchi, Giuseppe Talamo Atenolfi, lo mencionó en un informe a Roma como uno de los elementos de los que disponía la legación para influir en el público peruano y de estrechar lazos con la comunidad italiana (Guarnieri Calò Carducci 2007: 113).

La Academia de Idiomas comenzó a funcionar en octubre de 1936, y se nombró como Secretario a un joven Fernando Tola Mendoza, hoy conocido como uno de los indólogos más destacados del mundo de habla hispana. Tola había vivido en Bélgica, donde estudió griego, latín y sánscrito (comunicación personal). El escritor lambayecano José Mejía Baca fue nombrado Auxiliar de la Secretaría.7 En 1937, la Academia de Idiomas comenzó a adquirir el título de Instituto Superior de Lingüística y Filología (en adelante ISLF), que en años posteriores se simplificaría a Instituto de Filología.

En abril, Galante le escribió a Riva-Agüero para comunicarle la creación del ISLF y pedirle apoyo económico. Describe al ISLF como una entidad dedicada a la investigación lingüística y filológica, pero también a la formación moral del alumnado y a la "solución de problemas ético-sociales". A través del estudio en su lengua original de las "obras de los grandes pensadores de toda época y país" se podía "atenuar el egoísmo en sus varias manifestaciones ya individuales o ya colectivas educándolos [a los alumnos] poco a poco a la conciencia y al amor de la común humanidad" (Riva-Agüero 1999: 294-297). A fines de 1937, Galante entregó un recuento de las actividades del ISLF durante su primer año de existencia, donde explica que se había adoptado como método para la enseñanza de las lenguas modernas (inglés, francés, alemán, ruso) y clásicas (latín, griego, hebreo, sánscrito) la lectura de textos clásicos de cada lengua. Se pide que se regularice la situación de los profesores y se propone a Tola para las "cátedras de Filología y Lingüística indo-europea".8 A fines de 1937 aparecieron los primeros dos números de Sphinx bajo la dirección de Galante, Tola, y Mejía Baca, revista que se dedicaría principalmente a temas de filología clásica y oriental, pero que también publicaría varios estudios dedicados al quechua.

El ISFL, que originalmente estaba sujeto de manera directa al rectorado, terminó por consolidarse al interior de la Facultad de Letras. Cuando Galante dejó el Perú a mediados de 1938, Tola se hizo cargo de la dirección y permaneció en ella hasta 1964, cuando partió a la India (comunicación personal). A lo largo de este periodo, el Instituto publicaría decenas de libros y folletos —textos de lectura para los estudiantes de lenguas y ediciones de textos históricos en latín, griego, sánscrito y otros idiomas, entre ellos el quechua. Un buen número de futuros intelectuales y escritores peruanos estudiarían lenguas clásicas con los profesores del Instituto.

4. Galante y el quechua en San Marcos

A lo largo de la mayor parte de la Colonia, existió una cátedra de quechua en San Marcos. Esta cátedra era un puesto de bastante prestigio e importancia, ya que el catedrático tenía la función de examinar a los sacerdotes que querían recibir doctrinas o parroquias de indios. Extinguida la cátedra a fines de la Colonia, no parece haberse enseñado el quechua o materias afines de forma regular en San Marcos antes del establecimiento del ISLF. En 1918, un importante quechuista cusqueño, el franciscano José Gregorio Castro, dictó un curso libre de quechua (Wiese 1918: 39), pero este parece haber sido un acontecimiento aislado.

Durante las décadas de 1910 y 1920 se desarrolló un interés inusitado por el quechua entre la intelectualidad limeña, que para entonces incluía muchas figuras de origen provinciano. Aparte del auge nacional e internacional del teatro quechua cusqueño estudiado por Itier (2000: 9-90), el quechua era visto cada vez más como un instrumento clave para la arqueología y la historia. La revista Inca, publicada por el Museo de Arqueología de San Marcos, contiene varios estudios de carácter filológico o lingüístico —el mismo Julio C. Tello, una influyente figura sanmarquina, publicó en ella una "ortografía fonética" para el quechua y el aimara (Tello 1923). Para la época de la reapertura de San Marcos en 1935, se había producido, entonces, un ambiente favorable a la investigación universitaria sobre y con el quechua. Así lo demuestra la propuesta del instituto de lingüística americana al interior de la Academia de Idiomas.

Por otro lado, existía un grado de reticencia entre las autoridades universitarias ante la idea, ventilada por algunos intelectuales quechuahablantes, de que se enseñara el quechua como lengua. En 1936, cuando se estaba creando la Academia de Idiomas, el arqueólogo y quechuista Toribio Mejía Xesspe le escribió al rector sobre la "necesidad urgente de re-establecer la enseñanza del idioma" en San Marcos, apuntando a la falta de maestros que manejaran el quechua (Mejía Xesspe 1936). A fines de 1937, el rector recibió una carta del jurista Manuel León Soto y Macedo en donde se le sugería que el manejo del quechua debía reconocerse para fines de un nuevo estatuto que establecía el conocimiento de una "lengua viva" como requisito de graduación. El Secretario General de la universidad le respondió que la Academia de Idiomas, cuya función era certificar el conocimiento requerido, "está basada en los idiomas que se enseñan en la instrucción secundaria; y el mismo estatuto indica específicamente la obligación del estudio de los idiomas francés, inglés, alemán e italiano".9

Las autoridades universitarias probablemente no imaginaron que Galante se dedicaría con tanto ahínco al estudio del quechua. No hay evidencia de que haya tenido interés por el tema antes de su llegada a Lima en 1936. Sin embargo, el quechua se convirtió en una vocación que mantendría por el resto de su carrera. En una entrevista con el diario La Prensa, Galante explicó que se dedicó al quechua porque le interesaban "los fenómenos lingüísticos en general" pero también porque era una "lengua imperial que ha abarcado un área inmensa".10 Al hacerse cargo Fernando Tola de los cursos de latín y griego, Galante pudo dedicarse al estudio del quechua usando la bibliografía disponible en la biblioteca universitaria (Fernando Tola, comunicación personal). Declaró a La Prensa que le leía el Ollantay a su cocinera, quien lo entendía perfectamente.11 La más famosa y debatida de las obras literarias en quechua concitó, así, su interés desde un principio, y Galante se dedicó a preparar una edición que comenzó a aparecer en el primer número de Sphinx a fines de 1937 (Galante ed., 1937). La edición completa se publicó en julio de 1938 como obra inaugural de la serie Monumenta Linguae Incaicae (Galante ed., 1938).

En un breve prólogo en latín, Galante explicó su objetivo de entregar una primera edición crítica que subsanara las discrepancias y deficiencias de los manuscritos. Una reproducción facsimilar del códice Pastor Justiniani es seguida por una transcripción del códice Sahuaraura. Después viene el texto crítico, o versión normalizada, basado en el códice Pastor Justiniani, que Galante consideraba el más antiguo, y la traducción latina. La versión normalizada utiliza una ortografía de tipo colonial, pero separa los morfemas por medio de puntos. Después viene un léxico, una gramática, y finalmente un "ejercicio gramatical" —una versión normalizada de la plática o sermón publicada en la gramática de Domingo de Santo Tomás en 1560, cuyo objetivo era demostrar la aplicabilidad de los principios de la gramática al texto quechua más antiguo.

Una reseña publicada por Tola en La Prensa anunció que se trataba de la "edición definitiva" del Ollantay. La traducción al latín "respeta el orden de las palabras del texto quechua", lo que le permitía "rendir en el idioma del Lacio, las mayores sutilezas de expresión del idioma de los Incas". Tola destacó la importancia de la gramática, presentándola como la primera descripción del quechua que no le imponía los esquemas de otros idiomas como el latín y el castellano.12 Como explicaría en un comentario a la gramática de Galante publicado el siguiente año en Sphinx, se trataría de "el primer análisis científico del idioma quechua", opinión repetida hace poco tiempo por César Itier (Tola 1939: 85; Itier 1995).13 Permitía ver las características estructurales del quechua que lo diferenciaban de las lenguas indoeuropeas, especialmente aquellas asociadas a lo que más tarde se llamaría su carácter aglutinante (Tola 1939: 83-84). A pesar de ser especialista en sánscrito y las lenguas clásicas, Tola se convirtió en un vocero esencial para las ideas de Galante sobre lo que se podría hacer con el quechua. Galante solo se pronunciaba sobre el tema de forma oral o en latín, e incluso sus escritos latinos se limitaban a cuestiones técnicas.

Aunque Galante parece haber trabajado de forma solitaria en su edición del Ollantay, se encontraba formando un equipo de quechuistas e hizo un llamado a los estudiantes quechuahablantes para que se incorporaran a las actividades del instituto (Norma Meneses Tutaya, comunicación personal).14 Dos de ellos merecen especial atención, ya que se les puede considerar los primeros quechuistas que hicieron carrera como tal: el cusqueño José María Benigno Farfán y el huantino Teodoro L. Meneses. Mientras que Farfán, que había estudiado en EE.UU., ya se había desempeñado como quechuista participando en una tentativa de reforma ortográfica en 1936 y 1937 (Escalante et al. s.f.), Galante tuvo una influencia decisiva sobre la carrera de Meneses, que en esa época estudiaba derecho (Norma Meneses Tutaya, comunicación personal). Otro quechuahablante reclutado por Galante, el cusqueño Humberto Suárez Alvarez, había descubierto un manuscrito de El pobre más rico, que fue adquirido por la universidad. Galante alentó a los tres a que realizaran una edición. Según recuerda Tola, la colaboración se desvaneció ante las discrepancias ortográficas —Farfán seguramente promovió un alfabeto fonético mientras que Meneses debió inclinarse hacia el tradicionalismo ortográfico. Farfán y Suárez Alvarez prepararon una edición muy sencilla de El pobre más rico, que se publicó a fines de 1938, ya después de la partida de Galante, como el segundo y último tomo de la serie Monumenta Linguae Incaicae. Consta simplemente de una reproducción facsimilar del manuscrito y de una transcripción casi sin notas ni aparato crítico. En 1940, Meneses publicó su propia edición de El pobre más rico en Sphinx (Meneses 1940a, 1940b). La edición de Meneses, preparada bajo la dirección de Tola, se ajusta mucho más a las normas establecidas por Galante: sigue sus criterios para la versión normalizada y entrega abundantes notas que señalan problemas interpretativos y discrepancias entre los manuscritos.

Para darle una base institucional a su programa de filología quechua, Galante anunció la creación de una cátedra de quechua de la que él se ocuparía y que formaría el núcleo de una sección americanista al interior del ISLF. Los principales diarios de Lima informaron sobre la ceremonia de apertura de la cátedra, realizada el 2 de mayo de 1938, donde Galante dictó una clase inaugural ante un público presidido por las autoridades universitarias y el nuncio apostólico. Habló de un amplio programa de estudios enfocados tanto en las variantes habladas del quechua como en las fuentes escritas que permitiría, a través del método comparativo, el conocimiento de la historia del quechua y su relación con otras lenguas americanas. Se podría así reconstruir, como anunció el título de la extensa nota de La Prensa, el quechua hablado en el siglo X.15

Galante, probablemente consciente de las suspicacias en torno a la idea de que se enseñara a hablar quechua en San Marcos, enfatizó que sus fines eran de orden académico, no práctico, y que el objeto de la filología no era aprender a hablar un idioma.16 Por otro lado, habló de la vitalidad del quechua, dando la cifra de diez millones de hablantes. Según la nota de El Comercio, Galante sugirió que sus investigaciones "permitirían elevar el idioma quechua a vehículo de cultura" y apuntó a la "importancia y necesidad de crear una Koiné, estimulando la producción en el idioma quechua, producción tanto en lo referente a traducciones como a creaciones artísticas".17 Tales objetivos evidentemente iban más allá de lo estrictamente académico.

Cuando Galante regresó a Italia en julio de 1938, se le encargó a Farfán que asumiera su "profesorado de quechua".18 Tal parece que la enseñanza de cursos enfocados en el quechua se mantuvo de forma más o menos constante a lo largo de la existencia del Instituto de Filología y posteriormente.19 Sin duda, Teodoro Meneses fue el principal heredero de los proyectos de Galante. A lo largo de las décadas del 1950, 1960, y 1970, ocupó el cargo de profesor o catedrático de quechua en San Marcos, y publicó numerosos estudios enfocados en el teatro quechua colonial.

¿Qué significó la creación de una cátedra de quechua en San Marcos en 1938? No se trataba de la prestigiosa y hasta lucrativa institución colonial, ni tampoco llevó a la realidad el ambicioso programa de investigación histórica descrito por Galante y Tola. Una "cátedra" era simplemente un curso, una materia que debía dictarse con cierta regularidad. Curiosamente, la Revista Universitaria, donde se publicaban las resoluciones rectorales, no contiene referencia alguna sobre la creación de una cátedra de quechua, y tras la partida de Galante, las resoluciones rectorales hablarían más bien de un "profesorado de quechua", lo que significaba un rango menor, equivalente al de los otros profesores de idiomas del ISLF. Esto implica que lo que Galante concibió como un curso de lingüística quechua se convirtió en un curso de aprendizaje del idioma. Sin embargo, queda claro que por iniciativa de Galante se estableció, de forma más o menos permanente, la enseñanza del quechua en San Marcos.

5. La controversia sobre la cátedra de quechua

En mayo y junio de 1938, La Prensa publicó por lo menos ocho artículos sobre la cátedra, clara señal del interés que suscitó esta, pero también se evidenció su carácter controversial. Días después de la inauguración, apareció un artículo que citaba las opiniones de dos destacados intelectuales cusqueños residentes en Lima: el antropólogo Luis E. Valcárcel y el botánico Fortunato L. Herrera. Naturalmente, ambos estaban a favor de la iniciativa. Valcárcel aplaudió que se reconociera al quechua como "lengua culta, con el mismo derroche que el griego, el latín y el hebreo". Le atribuyó una función al ISLF que no se había mencionado hasta el momento: capacitaría maestros de quechua que enseñarían en las escuelas normales, en la escuela militar y otros institutos dedicados a la educación del indio. Fortunato Herrera habló de la filología quechua como una "disciplina eminentemente nacionalista, llamada a despertar el alma nacional". Agrega lo siguiente: "Como muy acertadamente expuso el señor Galante, en su lección inaugural, conviene que en el Perú se desarrolle una literatura propiamente peruana; publicando obras y aun traducciones en el idioma nativo. Hagamos algo por imitar a los Vascos y otros pueblos que se enorgullecen con el idioma de sus mayores".20 La referencia al vasco resulta altamente significativa en plena Guerra Civil Española. La Segunda República había adoptado políticas autonomistas que favorecieron el uso de las lenguas minorizadas, y fue precisamente en Cataluña y el País Vasco donde se concentró la resistencia a las fuerzas de Franco.

Este artículo seguramente contribuyó a provocar una dura crítica a la cátedra publicada unas semanas más tarde por el filósofo y profesor de la Universidad Católica Alberto Wagner de Reyna. La creación de la cátedra implicaba equiparar el quechua a las lenguas clásicas y postular "la paridad del espíritu helénico-cristiano y los rudimentos culturales prehispánicos". Arguyó también que la cátedra tendría por resultado, aunque no fuera su objeto, "la expansión y fortalecimiento de ese idioma moribundo y bárbaro". En resumen, "la cátedra de Quechua propicia pues tres fenómenos negativos en la vida nacional: el error sobre la valía efectiva de la civilización precolombina en el Perú, el separatismo político y la destrucción de la cultura tradicional en aras de un indianismo anacrónico".21

Esta crítica fue respondida por Tola no desde una postura indigenista, sino apelando a una oposición entre lingüística y filología. Los objetivos de la cátedra eran estrictamente lingüísticos, es decir, se buscaba estudiar las características formales del quechua, no la cultura quechua. Por lo tanto, la crítica de Wagner de Reyna partía de supuestos erróneos.22 La réplica no se hizo esperar. En la primera página del suplemento dominical de La Prensa, Wagner de Reyna se refirió a una declaración de Galante según la cual se podría elevar al quechua a "vehículo de cultura" para mostrar que sus objetivos no eran estrictamente lingüísticos. Para ejemplificar el peligro que implicaba la promoción del quechua se refirió a la España republicana así: "hace treinta años el Catalán era algo sin importancia y ahora es el virus de una república".23

El debate fue retomado por Pedro Benvenutto Murrieta, investigador del español peruano, quien se pronunció a favor de la cátedra aludiendo a la necesidad científica del estudio del quechua.24 Pero tres artículos más, publicados la siguiente semana por autores distintos, se unieron a Wagner de Reyna, insistiendo que se estaba equiparando absurdamente al quechua con las lenguas clásicas y que la cátedra fomentaría el separatismo.25 El diplomático Bolívar Ulloa agregó: "no hay razón para que exista una cátedra para el llamado estudio lingüístico del quechua, y que así no sea para el castellano, que es la modalidad de nuestra actual cultura". Aludió también al hecho de que la cátedra era ocupada por un extranjero que llevaba poco tiempo en el país: "con un trabajo personal y de pocos meses no se puede improvisar lo que muchos peruanos no han podido hacer en varios siglos", es decir, desarrollar una lingüística quechua.26 El hecho de que el ocupante de la cátedra fuera extranjero también había atraído críticas de sectores favorables a la cátedra: el periódico quincenal Sierra, vocero de la comunidad ayacuchana en Lima, publicó un artículo que aplaudía su creación, pero lamentaba que no se hubiera proveído por concurso.27

¿Cuáles eran los movimientos separatistas que, según los críticos de la cátedra, usaban el quechua como cuña para dividir el país? Hasta Benvenutto Murrieta reconoció la existencia de "elementos disociadores" que buscaban "utilizar el bilingüismo regional como arma política separatista y revolucionaria".28 Pareciera tratarse de una reacción exagerada a las posturas indigenistas y serranistas de los años 1920 que nunca habían llegado al separatismo. Por otro lado, es probable que al hablar de un afán por utilizar al quechua como "arma revolucionaria", Benvenutto Murrieta haya tenido en mente al APRA, que en sus inicios se engarzó con el regionalismo. La propaganda aprista solía hacer uso simbólico de frases en quechua (Beals 1934: 319), y se incluyó a la educación bilingüe en el Programa Mínimo de 1931 (Haya de la Torre 1967: 27). El partido comunista abogó en un momento por la autonomía de las naciones quechua y aimara (Basadre 1968 XIII: 352-353; Beals 1934: 319). Es cierto que el régimen autoritario y centralista de Augusto B. Leguía ya había usado el quechua en publicaciones oficiales y había desarrollado los primeros proyectos de educación bilingüe a fines de la década de 1920 (Durston s.f.). Sin embargo, la década de 1930 fue una época de "reafirmación hispánica", por lo menos en Lima (Basadre 1968 XVI: 33), y a partir de 1931 se dejaron de lado, por un tiempo, los proyectos de educación bilingüe (Beals 1934). De este modo, fue posible que para muchos miembros de la élite criolla de esos años la promoción del quechua tuviera visos de izquierdismo y separatismo.

Esta percepción tuvo mucho que ver con la Segunda República y Guerra Civil Española (1931-1939). En 1931, un corresponsal del ABC de Sevilla en Chile publicó un artículo titulado "Babel republicana", en donde sugería que los intelectuales latinoamericanos que promovían las lenguas indígenas se habían contaminado del separatismo catalán —el "virus" al que aludiría más tarde Wagner de Reyna. Tras reproducir, por su supuesta ridiculez, un poema en quechua publicado en la revista vanguardista Boletín Titikaka, el corresponsal ironizó sobre la posibilidad de "fraternizaciones quichúa (sic)— catalanas, para que el babelismo republicano sea una realidad".29 Desde la perspectiva pronacionalista, la promoción de las lenguas minorizadas resultaba en la disolución de la nación y aun de la civilización cristiana occidental. Por otro lado, tanto la izquierda como el regionalismo peruano se identificaban con el lado republicano, y proclamaba las similitudes entre el quechua y el vasco o el catalán, como lo había hecho Fortunato Herrera. Resulta, así, un tanto irónico que Galante continuara sus proyectos quechuistas, incluyendo la docencia universitaria en la España de la posguerra civil y con el apoyo del régimen franquista.

Puede argumentarse que las reacciones negativas a la cátedra no eran tan descabelladas como parecen, ya que Galante simpatizaba con lo que podría llamarse la postura maximalista sobre el quechua, postura que iba más allá de su uso con fines científicos o educativos, y promovía su reivindicación cultural y política. Es cierto que los proyectos de Galante enfocaban las formas históricas del quechua y sus textos antiguos, pero para un hombre que escribía en latín las lenguas y los textos antiguos tenían gran actualidad. El interés por el quechua iba más allá del hecho de ser una lengua poco estudiada —como Galante le había dicho al corresponsal de La Prensa después de la inauguración de la cátedra, era una "lengua imperial".30

Los cuidados que Galante tomó para presentar la cátedra como una institución puramente científica resultaron poco convincentes y se desataron las respuestas ya descritas. Tal parece que esta reacción obligó a Galante a dejar el Perú. Su partida no fue voluntaria y la atribuyó a las "artes oscuras" de personas de "mala fe" (Galante (ed.) 1938: 5; 1942 (ed.): xiv). Según la educadora puneña Eugenia Chukiwanka, los proyectos de Galante fueron interpretados como "indigenismo adverso a los propósitos de españolizar a los antiguos peruanos" y se inició una "violenta ofensiva contra el sabio filólogo, consiguiéndose que el señor Musoline (sic) ordenara su retorno" (Chukiwanka 1961: 8). Esta versión tendría que confirmarse con documentación de archivo, pero parece fundamental que la partida de Galante en julio de 1938 haya ocurrido poco después del debate en La Prensa. Una reacción negativa a los proyectos quechuistas de Galante entre sectores influyentes de la capital bien pudo haberle costado el apoyo de la legación italiana. Su contrato terminaba de todos modos en julio, pero es evidente que Galante esperaba renovarlo, cosa que no ocurrió.31

Ese mismo mes apareció, en forma de libro, su edición del Ollantay. Al comienzo figuran dos poemas al lector que constituyen una especie de despedida al Perú (Galante 1938: 5). El primero (dedicado lectori benevolo) anuncia que no aparecerían más libros en la serie Monumenta Linguae Incaicae (lo que resultaría no ser cierto), y el segundo (lectori malevolo) justifica la existencia de un libro escrito en quechua y latín:

"Sum Peruanus" ais: "pariterque Latinus et Inca:
Sanguine namque Peru miscet utrumque genus".
Si tamen Incaicam nescis Latiamque loquelam,
Non Inca aut Latius, non Peruanus eris.

"Soy peruano", dices, "latino e inca por partes iguales.
Perú mezcla ambas razas en su sangre".
Pero si no sabes la lengua incaica y la latina,
ni inca ni latino, no serás peruano.

Ya de regreso a Italia, Galante se expresó con claridad sobre sus ambiciones para el quechua, confirmando las suspicacias de quienes veían en sus estudios el temido proyecto de convertirlo en una lengua nacional.

6. Galante en España

A comienzos de 1939, Galante se estableció en Salamanca como primer director de la Escuela de Filología Clásica, traído por el Ministro de Educación, Pedro Sáinz Rodríguez (Pérez Delgado 2002: 321; Galante 1942: xiv). Este nuevo cargo probablemente no le dejó mucho tiempo para dedicarse a sus intereses quechuísticos. Sin embargo, en 1940, un nuevo ministro, José Ibáñez Martín, estableció el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y al poco tiempo incorporó a Galante a una de sus unidades: el Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo de Historia Hispanoamericana (CSIC 1942; Galante 1942: xiv). El traslado a Madrid le permitió a Galante realizar sus ediciones del Manuscrito de Huarochirí (cuya única copia se encuentra en la Biblioteca Nacional de Madrid), y del catecismo de Jurado Palomino, publicados por el CSIC en 1942 y 1943.

La edición de Galante del Manuscrito de Huarochirí fue la segunda en aparecer, ya que en 1939 se había publicado la traducción alemana del antropólogo Hermann Trimborn, que fue completada en 1941 por un artículo que agregó los dos suplementos y otros fragmentos (Salomon 1991: 29). La edición de Galante no incluyó los suplementos y por lo tanto se la considera incompleta, aunque la parte omitida es un fragmento pequeño del total. Galante tituló el texto De priscorum huaruchiriensium origine et institutis ("Del origen y las costumbres de los antiguos huarochirinos"). La edición consta de una reproducción facsimilar del manuscrito más una transcripción normalizada según los criterios usados para el Ollantay, seguida de notas, un léxico e índices. La traducción al latín es seguida por una retraducción del latín al castellano hecha por D. Ricardo Espinosa M., de la Universidad Central de Madrid. El prólogo, escueto y técnico como siempre, contiene una dura crítica a la edición de Trimborn. Trimborn solo había entregado una transcripción del Manuscrito de Huarochirí sin intentar una versión normalizada, y, según Galante, realizó una traducción caprichosa y llena de errores. En cambio, Galante ofrecía una edición crítica que busca facilitar la lectura del original (Galante 1942: ix-xii). Da por hecho que el lector ya conoce las características y el contexto general del Manuscrito de Huarochirí, como si se tratara de una obra clásica.

Para su siguiente edición, titulada Catechismus quichuensis, Galante eligió un texto pastoral hoy poco conocido: la traducción del clérigo cusqueño Bartolomé Jurado Palomino del catecismo de Roberto Bellarmino, publicada en Lima en 1649. Se trata de un extenso catecismo con numerosas y extensas exempla, y la traducción de Jurado Palomino contiene así una colección de textos narrativos en quechua, que es única en la literatura pastoral. Al explicar su elección de este texto, Galante señala que por su relativa antigüedad y amplitud temática este catecismo constituía un "monumento" clave de la lengua de los incas que les podía servir de fuente a quienes la querían restituir a su estado prístino ante la multitud vigente de dialectos "corruptos" (Galante 1943: xiii, xv). El Catechismus quichuensis comienza con una larga dedicatoria a Francisco Franco, que exalta sus triunfos bélicos y defensa de la civilización cristiana. Una transcripción del texto quechua32 es seguida por una versión normalizada, un léxico y una nueva gramática quechua. Después sigue la traducción latina y una retraducción del latín al castellano (esta vez hecha por Eliseo B. Viejo Otero), a pesar de que la edición de 1649 incluye una versión castellana del original italiano. En cuanto al primer tomo de una antología de teatro quechua publicado por Galante en Madrid en 1946 bajo el título Poesis quichuensis scenicae monumenta, no he podido encontrar rastro de él.

Cabe preguntar cómo Galante logró obtener apoyo oficial para sus ediciones en la España de la posguerra civil y en plena Segunda Guerra Mundial. Sin duda fue clave el apoyo de la comunidad diplomática italiana, muy influyente en la España franquista antes del derrocamiento de Mussolini en julio de 1943. Al publicarse la edición del Manuscrito de Huarochirí se realizó una ceremonia oficial donde un ejemplar del libro fue entregado al Ministro de Asuntos Exteriores español por el embajador de Italia.33 A pesar de que se trataba de una edición de un manuscrito perteneciente a la Biblioteca Nacional de Madrid, publicada y financiada por el estado español, se buscó presentar las labores quechuistas de Galante como un regalo de Italia a España, dentro de las líneas de la diplomacia cultural de Mussolini.

Sin embargo, estas labores debieron tener alguna relevancia desde el punto de vista de la política de investigación franquista. En Lima, Galante había demostrado una gran habilidad para hacer que sus proyectos parecieran relevantes a las autoridades que lo patrocinaban. ¿Cómo se produjo este engarce? En palabras de Ibánez Martín, el CSIC fue fundado con el objetivo de promover la "ciencia española", entendida como una tradición moral y filosófica que había alcanzado su apogeo en los siglos XVI y XVII. Por lo tanto, una de las actividades claves del CSIC era la de estudiar y publicar las obras de los cronistas y misioneros españoles en América (CSIC 1942: 28-52). Galante se empeñó justamente por presentar los textos quechuas que editó como ejemplos de "ciencia española". La dedicatoria a Franco en el Catechismus quichuensis presenta el libro como ejemplo de las labores de los españoles que estudiaron y escribieron por primera vez las lenguas de América (Galante 1943: ix). Esta lógica se aplicó también al Manuscrito de Huarochirí, presentado como obra de Francisco de Ávila, a pesar de que el mismo Galante tenía dudas sobre la autoría del texto (Galante 1942: xi).

La docencia de Galante en la sección de Historia de América de la Universidad Central de Madrid también se concibió en estos términos, según recuerda un alumno de su curso "Introducción al Estudio de las Lenguas Indígenas": "La universidad y el ministerio creían que en la nueva sección debían estudiarse las lenguas indígenas, conservadas gracias, sobre todo, a los misioneros españoles que las aprendieron para evangelizar y que escribieron sus gramáticas" (Robles Piquer 2011: 90). En el contexto español, los estudios de Galante pertenecían no a la lingüística, sino a la historia de América.

7. Galante como quechuista

En el prólogo del Catechismus quichuensis Galante se expresó por primera vez con claridad los objetivos que perseguía con sus ediciones: la de entregar un material fidedigno para el estudio de la lengua de los incas tal como la encontraron los españoles. Explica que esta tarea era doblemente necesaria dado que los estudiosos anteriores de la gramática quechua, desde González Holguín hasta Middendorf, habían sido incapaces de "romper los amarres de la gramática indoeuropea" y mostrar la verdadera estructura de la lengua (1943: xiii-xiv).

La principal tarea que Galante se propuso en sus ediciones era la de laboriosamente "constituir" un texto crítico que fuera fiel a las intenciones del autor, subsanando las deficiencias del (o de los) original(es), que reflejara con claridad las características de la variedad lingüística empleada, y que facilitara la lectura del texto y la comprensión de las interpretaciones realizadas por el editor/traductor. Se trata, en el fondo, de los mismos criterios que Gerald Taylor aplicaría a partir de la década de 1970 en sus ediciones del Manuscrito de Huarochirí y que se generalizarían posteriormente para la edición de textos históricos en quechua (Taylor 1999). Debido a la diversidad y uso inconsistente de las ortografías del quechua, el primer paso era usar una ortografía estándar donde el valor fonético de cada letra estuviese claramente establecido. Para este fin, Galante no optó por alguna variante del alfabeto fonético, como la que preconizaba Tello ya en la década de 1920, sino por una ortografía basada en la escritura de los quechuistas coloniales. De esta forma, intentó, quijotescamente, reconciliar las exigencias de la lingüística con el tradicionalismo ortográfico.34 Para complicar más el asunto, usó un sistema de puntos y guiones con la finalidad de distinguir los morfemas al interior de cada palabra. El resultado es que las versiones normalizadas de Galante suelen presentar lapsus editoriales (sobre todo la omisión de los puntos separadores de morfemas).

La práctica traductora de Galante es un tema demasiado amplio y complejo como para ser abordado aquí. Nunca explicó por qué traducía del quechua al latín, pero sin duda hubiera mencionado el carácter sintético del latín y su flexibilidad sintáctica como justificación. Galante buscaba entregar traducciones que, dentro de lo posible, correspondieran palabra por palabra al texto quechua para facilitar el contraste con el original (Galante 1942: xii). Esto era mucho más factible con el latín que con el castellano o cualquier otra lengua romance, como había notado Tola en su reseña de la edición del Ollantay. Cabe preguntar hasta qué punto las traducciones de Galante "romanizan" el mundo de los textos quechuas. En el caso del Manuscrito de Huarochirí, se retienen muchas palabras quechuas en la traducción latina y Galante parece resistirse a usar términos latinos para conceptos claves pero difícilmente traducibles como huaca. La palabra ayllu, que se convierte en tribus, es una excepción importante (por ejemplo, Galante 1942: 217).

En cuanto a su trabajo lingüístico, parece justa la apreciación de Tola de que Galante realizó el primer análisis moderno del quechua. Las gramáticas incluidas en el Ollantay y en el Catechismus quichuensis utilizan las categorías de la lingüística descriptiva del siglo XX. La gramática quechua se explica en términos de distintos tipos de sufijos, clasificados según su función morfológica, y no según las categorías de la tradición latina que habían predominado hasta el momento. Por lo tanto, resulta un tanto decepcionante la escasa atención prestada a la variación dialectal e histórica del quechua en las tres ediciones de Galante, sobre todo dado el programa de investigación histórico-comparativa descrito para la cátedra de quechua de San Marcos y el interés de Galante por la lingüística indoeuropea. Parece haber primado en él el proyecto antagónico de reconstituir el quechua de los incas a través de los escritos más tempranos. Hay que recordar, también, que el proyecto comparativista era difícilmente realizable fuera del Perú y sin acceso a hablantes de distintas variedades.

8. Conclusiones

Sin duda el legado principal de Galante como quechuista constituyó la creación del Instituto de Filología, el establecimiento de cursos de quechua en San Marcos, y la iniciación de las carreras de Meneses y Farfán como filólogos. Itier habla de los trabajos filológicos iniciados por Galante como una etapa "brillante" en el estudio de la literatura quechua colonial, pero nota una falta de esfuerzo por ubicar los textos en la historia de la familia lingüística quechua, contexto que en las últimas décadas nos ha dado una comprensión muchísimo más rica y exacta de los textos coloniales. Fue recién en la década de 1980, tras los estudios dialectológicos de las décadas de 1960 y 1970, que se abordaron los textos coloniales a partir de un conocimiento de la diversidad y profundidad histórica del quechua (Itier 1995).35 A la filología quechua de las décadas de 1930, 1940 y 1950 le faltó el apoyo de una lingüística quechua. Resulta sorprendente constatar, entonces, que el programa de investigación propuesto por Galante en San Marcos era justamente de carácter lingüístico y que se hablaba de combinar el estudio de las variedades habladas con el de los textos antiguos. El hecho de que este programa no llegara a implementarse tuvo mucho que ver con las posiciones encontradas que se habían desarrollado en torno al quechua en Lima de fines de la década de 1930.

Las ediciones de Galante parecen haber sido poco leídas, aun cuando contienen versiones castellanas, como en el caso del Manuscrito de Huarochirí. Las afiliaciones fascistas de Galante pudieron haber limitado la recepción de su trabajo. Pero quizás lo crucial haya sido que su edición del Manuscrito de Huarochirí, sin duda el trabajo más importante que realizó, carece de cualquier intento por explicar la naturaleza de un texto que solo era conocido por un número muy reducido de estudiosos. Sin embargo, vale la pena estudiar más a fondo el uso que se le dio a esta edición. Durante más de veinte años, hasta la edición Arguedas y Duviols de 1966, fue la única edición que entregaba una versión castellana. Además, la edición de Trimborn nunca fue muy consultada porque parte del tiraje fue destruido durante la guerra (Salomon 1991: 29). Las sucesivas traducciones de un texto difícil pero muy estudiado como el Manuscrito de Huarochirí suelen tener un efecto cumulativo, y valdría la pena tratar de establecer qué tan importante fue la edición de Galante como eslabón para llegar a nuestra comprensión actual del texto.

 

Referencias bibliográficas

Publicaciones periódicas citadas en las notas a pie de página

ABC (Sevilla)

ABC (Madrid)

La Prensa (Lima)

Sierra (vocero ayacuchano) (Lima)

Revista Universitaria (segunda serie) (Lima, Universidad Mayor de San Marcos)

Libros y artículos

Arguedas, José María (ed.)

1938 Canto kechwa. Lima: Club del Libro Peruano.

Basadre, Jorge

1968 Historia de la república del Perú 1822-1933 (6ta edición), XVI tomos. Lima: Editorial Universitaria.

Beals, Carleton

1934 Fire on the Andes. Philadelphia: J. B. Lippincott Company.

Cerrón-Palomino, Rodolfo

1987 Lingüística quechua. Lima: Centro Bartolomé de Las Casas.

Chukiwanka O., Eugenia

1961 Necesidad de la enseñanza del kichwa. Tesis para optar al grado de Profesora de Segunda Enseñanza en la especialidad de Historia y Geografía. Universidad Nacional del Cuzco -Facultad de Educación.

CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas)

1942 Memoria de la Secretaría General 1940-1941. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

De Mauro, Tullio

2010 La c