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Revista Peruana de Medicina Experimental y Salud Publica

versión impresa ISSN 1726-4634

Rev. perú. med. exp. salud publica v.25 n.3 Lima jul./set. 2008

 

Bases éticas de la formación profesional en medicina

Ethical foundati ons of professional training in medicine

 

Pedro Ortiz1

1 Profesor Principal de Medicina, Exdirector del Instituto de Ética en Salud, Facultad de Medicina, Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Lima, Perú
Correo electrónico: pedroortizcab@yahoo.es

 


Se ha dicho que los problemas de la educación, en los países en desarrollo, giran principalmente en torno al método de enseñanza-aprendizaje, de cómo se enseña; otros han añadido el problema de los contenidos, de qué se enseña. Por nuestra parte, hemos sugerido que un problema, aun más fundamental, es el de la naturaleza del sujeto de la educación, de quien se educa (1-8).

En efecto, si nos referimos a la educación médica actual, notaremos que se fundamenta en el supuesto de que el hombre, en general, es un primate, naturalmente con los atributos propios de su especie. Esta teoría ha sido sustentada, primero filosóficamente y después científicamente dentro del positivismo y el naturalismo. Es así como se ignora la verdadera naturaleza genética y social de cada uno de los hombres. Ninguna de las teorías psicológicas acerca de la personalidad ha tomado en cuenta la naturaleza de la sociedad y del individuo en sí; no se ha generado una concepción integrada acerca de la estructura psíquica de la personalidad, especialmente respecto a la afectividad, la cognición y la motivación en el nivel de la conciencia; no se dispone de una teoría consistente sobre el desarrollo formativo de la personalidad, y se enseña como si el cerebro fuese una caja negra de dos componentes, emocional y cognitivo. Todo esto implica, a su vez, que no hay una verdadera preocupación por la responsabilidad que tiene la sociedad en la formación moral de la conciencia. Hemos sostenido que esta propuesta científica natural ha determinado el fracaso de la educación en cuanto que no ha podido superar y menos evitar, la inmoralidad que, en nuestro caso, afecta a las instituciones médicas y de salud.

Cabe preguntarse, entonces, para qué se tiene que enseñar una ética teórica; esto es, una teoría acerca de la moral. Nuestra respuesta es que debemos dejar en un segundo plano –lo cual no implica que carezca de importancia– la preocupación idealizada, y sin propuesta de solución, acerca de la formación y la responsabilidad moral exclusiva del individuo que, en último término, se reduce al tema de la moralización del primate. Nuestra sugerencia es que la enseñanza de la ética sea el eje fundamental de todo el proceso formativo del médico y de todo profesional de la salud, a fin de que sirva para la transformación moral de nuestras instituciones, a fin de lograr que alguna vez, la sociedad sea realmente solidaria, libre y justa, en cuyo seno toda persona llegue a ser realmente digna, autónoma e íntegra.

Esta estrategia formativa debería empezar por reconocer y explicar la vigencia de la inmoralidad, y reflexionar sobre las dos alternativas posibles: la sociedad y las instituciones ya están moralizadas y ocasionalmente aparecen individuos inmorales, y por lo tanto hay que moralizar a cada una de estas personas; o es que la sociedad y sus instituciones no están cabalmente moralizadas y a pesar de ello surgen personas íntegramente morales, y en consecuencia, habrá que moralizar a la sociedad y sus instituciones.

Nos parece que optar por esta segunda alternativa, aunque fuera sólo posible, puede llegar a constituirse en una base más sólida para diseñar una estrategia de moralización más eficaz. Así, por ejemplo, cuando salen a luz los problemas morales en una institución universitaria, como la insuficiente dedicación al trabajo institucional, los altos índices de impuntualidad, la débil entereza moral de algunos de sus miembros, la pobre capacitación y rendimiento personal, los conflictos laborales por intereses particulares, todos los cuales reducen o entorpecen el curso regular de las actividades formativas (10); bajo estas condiciones, decimos, aparece más claramente la situación moral de la institución y no tanto la de las personas.

En un ámbito más amplio, según la opinión de los ciudadanos, los valores que menos se practican en nuestro país son: la puntualidad, la honestidad y la honradez, el respeto a las leyes, la sinceridad y decir la verdad, la disciplina y el sentido de responsabilidad, el patriotismo (Diario El Comercio, 12-10-05). Como puede verse, aquí no se califica a tal o cual ciudadano, sino a la sociedad en su conjunto. Lógicamente que este perfil de la inmoralidad social debe tener una raíz histórica. Nuestro punto de vista es que hay tres lacras que, en lo esencial, explican esta inmoralidad universal: los extremos de pobreza y riqueza, corrupción e impunidad, de violencia e indolencia, las mismas que han determinado la estructura social dentro de la cual hemos nacido, formado y nos desarrollamos profesionalmente.

Si juzgamos a las sociedades que emergieron en los últimos 30 mil años, nos encontramos con que la inmoralidad parece ser inherente a su propia historia. Sin embargo, también es evidente que en varios momentos de esta historia se generó la necesidad de su moralización. De allí que, por lo menos en los últimos 6 mil años, las distintas culturas han generado estrategias de moralización, dentro de tres enfoques fundamentales: el religioso, el filosófico y el científico natural.

El problema que debe preocuparnos es, entonces, por qué la sociedad no es todavía enteramente moral. Nos preguntamos, por ejemplo, si es que habrá fracasado la educación y con ella toda estrategia de moralización. Negando la posibilidad de que las fallas morales de la humanidad sean irreversibles, hemos propuesto la necesidad de replantear varios de los viejos problemas de la ética teórica, sobre todo con fines educacionales, especialmente en cuanto a la formación de los profesionales médicos y de la salud, dado que ahora ya se está de acuerdo en que deben enseñarse cursos de ética en las facultades y escuelas de medicina (11,12). Por lo mismo, tendremos que ponernos de acuerdo, por lo menos en los puntos controversiales siguientes: primero, qué clase de teoría ética debe enseñarse; segundo, a qué aluden los conceptos éticos; tercero, de qué índole es y debe ser la relación entre ética y política; cuarto, cuál es la verdadera naturaleza del sujeto moral, y quinto, cómo ligar e integrar la teoría ética y la teoría de la educación.

Aquí aludiremos únicamente al último de los problemas señalados. En efecto, puede comprobarse que el proceso educativo se desarrolla desligado de la teoría ética, y que ésta no parece ser prioritaria para la formación moral de las personas. De este modo, la teoría ética no se aplica directamente en práctica docente y discente, ya que la formación cognitiva (y cognitivista) está aislada de la formación moral. En realidad, la educación formal no incluye, como parte de sus estrategias, la tarea de la formación del componente motivacional de la conciencia, que es justamente la que determina la formación moral de la personalidad.

Nuestra propuesta es que una ética científica social debe ser el fundamento de todo el proceso educativo, en el sentido de que la ética científica debe ser la teoría que explica el desarrollo moral de la sociedad, y la educación, el proceso que determina la formación moral de las personas. Más aun, si la formación moral de la personalidad refleja la historia de la sociedad que comienza afectivamente en la infancia, continúa cognitivamente en la niñez, culmina conativamente en la adolescencia, la educación universitaria tiene que fomentar el desarrollo ampliado, autoconsciente de la personalidad madura. Precisamente, en esta etapa formativa, ya es una necesidad que la educación se convierta en una tecnología social que oriente la transformación de una sociedad donde la relación inmoralidad/moralidad es alta, en una sociedad íntegramente moral. Este vendría a ser un proyecto que debe empezar por el respeto irrestricto de la dignidad, la autonomía y la integridad de los demás, a fin de que gradualmente se reduzca la brecha moral que existe entre la sociedad actual y la sociedad moral, donde toda su estructura se fundamente en las aspiraciones éticas máximas de solidaridad, libertad y justicia, una vez que se han realizado plenamente.

Con esta finalidad, la ética no puede enseñarse en paralelo, sino como modelo de todo el proceso educativo, para que el futuro profesional pueda realizar en su práctica los deberes, derechos y valores que son las aspiraciones morales de la sociedad, de tal modo que las reglas morales deban convertirse en la estructura de convicciones de su conciencia: a fin de que la teoría ética sirva al futuro profesional para generar las estrategias que le permitan tomar las mejores decisiones al momento de evitar o resolver los problemas morales que se susciten en su práctica social; para que el futuro profesional pueda contribuir en la moralización de las instituciones cívicas, el estado, el país en general, como una forma de compromiso con el desarrollo moral de la sociedad.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

1. O rtiz P. Introducción a la medicina clínica I: el examen médico esencial. Lima: UNMSM; 1996.

2. O rtiz P. Necesidad de un enfoque ético de la educación en medicina. An Fac Med (Lima). 2001; 62(1): 72-81.

3. O rtiz-Cabanillas P. Moralidad social y capacidades morales: un homenaje a Daniel A. Carrión. Acta Med Peru. 2003; 20(3):154-58.

4. O rtiz P. Cuadernos de psicobiología social 1. Introducción a una psicobiología del hombre. Lima: Fondo Editorial UNMSM; 2004

5. O rtiz P. El problema del sujeto de la educación. Educación (Lima). 2004; 1(1): 31-41.

6. O rtiz P. Introducción a la medicina clínica II: El examen psicológico integral. Lima: Fondo Editorial UNMSM; 2006.

7. O rtiz P. Ética social. Para el desarrollo moral de las instituciones educacionales y de salud. Lima: UNMSM; 2007.

8. O rtiz P. Cerebro y moral. En: Anales del XVIII Congreso Peruano de Psiquiatría y III Reunión Regional Bolivariana de la Asociación Psiquiátrica de América Latina. Lima: Asociación Psiquiátrica Peruana; 2004.

9. Perales A, Mendoza A, Ortiz P. El mercado profesional como determinante de inconducta médica. An Fac Med (Lima). 2000; 61(3): 207-18.

10. Perales A, Ortiz P, Norberto V. Estado de moralidad/inmoralidad de una escuela de medicina y un hospital público: aplicación de una estrategia de moralización. An Fac Med (Lima). 2008; 69(2): 97-103.

11. Sogi C, Zavala S, Ortiz P. ¿Se puede medir el aprendizaje de la ética médica? An Fac Med (Lima). 2005; 66(2): 174-85.

12. Perales A. Ética y humanismo en la formación médica. Acta Bioeth. 2008; 14(1): 30-38.