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Anthropologica

versión impresa ISSN 0254-9212

Anthropologica v.22 n.22 Lima  2004

 

 

Del barrio y del crimen. El fantasma de la criminalidad en Nuevo Pachacutec*

Omar Pereyra

 


En toda sociedad el orden se encuentra respaldado no solo por la amenaza de violencia o castigo sino también por mecanismos simbólicos, rituales o míticos que moldean y marcan la visión del mundo de sus integrantes. En las sociedades modernas, gran parte de la necesidad de cohesión grupal, así como de defensa frente al desorden, es delegada al Estado, en concreto, a su aparato de vigilancia (Policía y Ejército) y a sus mecanismos jurídicos, es decir, este último ostenta el monopolio de la violencia física y simbólica (Bourdieu 1999). Sin embargo, existen situaciones como las que describiremos en este trabajo, en las que el orden se ve amenazado y la capacidad o legitimidad del Estado para restaurarlo son cuestionadas por la población. En situaciones en las que el desorden no logra ser domesticado por los canales institucionales acostumbrados y amenaza con salir de control existe el riesgo de que la población y el Estado opten por medidas extremas. La respuesta de Nuevo Pachacútec frente a la criminalidad parece ser uno de esos casos.

El presente estudio de caso se basa en tres meses de observación participante, en el año 2003, y en el análisis de ocho entrevistas en profundidad. Ambos se centraron en las situaciones generadas por dos asesinatos ocurridos en las primeras semanas de nuestro ingreso a Nuevo Pachacútec. A partir de estos casos intentamos responder a las siguientes interrogantes: cómo perciben la delincuencia los diferentes actores y cómo explican su origen; cómo se relacionan entre sí para responder a ella; y, finalmente, qué escenarios parecen avizorarse frente a esta situación. Los casos estudiados nos llevaron a enfocar particularmente las percepciones de los actores sobre el papel del Estado y sus funcionarios, así como sobre su legitimidad y efectividad para dar solución a este fenómeno.

NUEVO PACHACÚTEC, SUS ORIGENES Y LA ACTUAL AMENAZA DE LA DELINCUENCIA

La zona denominada Nuevo Pachacútec se encuentra en el distrito de Ventanilla, en el llamado cono norte de Lima. Su población es de cincuenta mil habitantes ubicados en diez mil lotes, en un área de 3 263 045 m2. Según una encuesta realizada en el 2003 por INEI, el Ministerio de Salud y el Centro Alternativa, la población de Nuevo Pachacútec es básicamente joven, pues el rango de edad entre 0 y 15 años representa el 40,3% de la población, y el de 16 a 43 años, el 42,6%. La casi totalidad de esta población vive, según los indicadores oficiales, en situación de pobreza o pobreza extrema. La pobreza es uno de los rasgos característicos en la vida cotidiana de Nuevo Pachacútec. En términos sociológicos, se puede caracterizar a su población como marginal (Nun 1969; Quijano 1977; 1998; Lomnitz 1975) debido a que ocupa posiciones periféricas dentro del mercado de trabajo. La mayoría de sus habitantes están desempleados o tienen trabajos precarios y/o eventuales. Asimismo, carecen de servicios básicos como luz eléctrica, agua potable y desagüe. Esta marginalidad es también geográfica, dadas la distancia y tiempo que la separan del casco urbano, de los principales circuitos económicos y de las oficinas y servicios del Estado. Sin embargo, muchos pachacutanos emprenden diariamente largas travesías hacia la ciudad para trabajar o buscar trabajo, estudiar o realizar trámites.

Siguiendo a López (2003), haremos una breve reseña en la que dividiremos la historia de Nuevo Pachacútec en tres etapas tomando como criterio su relación con los gobiernos de turno. Incorporamos algunas pistas que nos señalan cómo los pobladores ocupan y domestican el espacio. La primera etapa corresponde al periodo de gobierno aprista cuando, a fines de los ochenta, llegaron las primeras oleadas de población bajo la forma de invasión de terrenos. El gobierno de turno buscaba dar cierto alivio a la demanda de vivienda de parte de grandes sectores de la población urbana al permitir estas invasiones. Sin embargo, esta politica se limitó a adjudicar terrenos a 52 cooperativas de vivienda. Las condiciones de vida eran muy rudimentarias.

El segundo periodo cubre el gobierno de Alberto Fujimori (1990-2000) y el de Transición (2000-2001). Durante los años 1992 y 1993 ocurre otra oleada de población en la zona. El abandono fue la característica de la relación población-Estado hasta el 2000, año de la gran invasión. De hecho, la historia oral sobre Nuevo Pachacútec tiene como hito fundacional la gran invasión del año 2000. A inicios de ese año se rumoreaba que el Gobierno, en búsqueda de su segunda reelección, promovería oportunidades para adjudicación de terrenos a grandes sectores de la población. Así, el 3 de febrero de 2000, poco tiempo antes de las elecciones presidenciales, aproximadamente diez mil personas fueron trasladadas desde Villa el Salvador hacia Ventanilla. El Estado hizo uso de todo su aparato, no solo para realizar el traslado de población, sino también para proveerla temporalmente de servicios, programas de ayuda social y hasta la construcción de caminos afirmados a cargo del Ministerio del Interior. De esta forma, se consolidaba una relación paternalista con el Gobierno. El mensaje era implícito: el Estado seguiría apadrinando a la población mientras esta demuestre lealtad a la hora de las elecciones. En esta etapa, también se instala la comisaría móvil de Nuevo Pachacútec.

El año 2000 es recordado por la población como una etapa de conquista del arenal. En este periodo, el primer problema fue la hostilidad del terreno, tanto por la arena como por la escasez de servicios públicos como agua, luz, escuelas y postas médicas. La población en esta etapa construye las primeras viviendas provisionales o tortuguitas. En cuanto a la relación con el Estado, el primer problema que había que enfrentar era el de la propiedad de los lotes. En esta etapa, la principal forma de criminalidad era el tráfico de terrenos, la presencia de actores facinerosos que engañaban a la población, y los conflictos y peleas entre vecinos. También existió la delincuencia común en las zonas descampadas y oscuras.

La principal respuesta que encontraron los pachacutanos a estos problemas fue la organización y participación vecinal, tanto para obtener titulación como para acceder de forma provisional a los primeros servicios. Frente a la criminalidad algunos vecinos se organizaron voluntariamente formando rondas urbanas y, con el apoyo de la Policía Nacional y la Corporación de Desarrollo de Lima y Callao (CORDELICA), se crean los primeros Puestos de Socorro Vecinal (PUSOVE). Esta etapa es recordada por los pobladores con cierto tono épico y corno un periodo de gran solidaridad y trabajo colectivo. También recuerdan que existía un ambiente de esperanza y progreso. Una vez conseguida la titulación, la mediana consolidación de las viviendas y el acceso a los primeros servicios, la organización se debilita porque la necesidad de acceder a servicios se hace menos urgente. Esto, sumado a la retirada del Estado, dio el golpe de gracia a la organización vecinal.

La tercera etapa empieza con el gobierno de Alejandro Toledo. Este último decide apadrinar a Nuevo Pachacútec haciéndolo llamar su baby y teniendo después ciertas deferencias para con la población como, por ejemplo, la entrega de los nuevos módulos de vivienda y la promesa de generar empleo con los proyectos «Techo propio» y «A trabajar urbano». De esta manera, se reproduce la lógica clientelar de relación entre el Gobierno y la población: según esta, el primero acude con algún tipo de dádiva cuando baja su popularidad, mientras que los segundos reciben algunos beneficios a cambio de brindarle una escena agradable frente a las cámaras de televisión. Finalmente, en esta etapa, el Proyecto Piloto logra coordinar unas elecciones internas para escoger un Comité Ejecutivo Central (CEC) a cargo de los propios pobladores de Nuevo Pachacútec. Este se encargaría, en adelante, de dirigir el Proyecto Ciudad Nuevo Pachacútec.

Los primeros meses de esta tercera etapa se caracteriza también por el crecimiento de la delincuencia en todas sus manifestaciones. El inexistente apoyo de parte de la municipalidad y el abandono por parte del Estado llevaron a la desaparición de varios de los PUSOVE, y a un continuo decaimiento de la organización y participación de vecinos en la Seguridad Ciudadana. El año 2002 es un punto crítico para la delincuencia en Nuevo Pachacútec, pues se registran los primeros actos de pandillaje, homicidios y hasta un ajusticiamiento popular como reacción desesperada de la población. Para las elecciones del CEC (diciembre de 2002), el grupo de seguridad ciudadana intentó reorganizarse;5 sin embargo, el número de delitos no parecía disminuir. Hasta agosto de 2003 se registraron dos muertes. La primera fue la de un poblador a manos de pandilleros; la segunda, la de un delincuente a manos de la población.

El crecimiento de la criminalidad en los últimos años, la sensación de que esta se multiplica y la falta de capacidad para enfrentarla generan la idea de un posible retorno al caos. De hecho, esta situación y la presencia esporádica del Estado llevan a algunos pobladores a cuestionar la idea de un futuro mejor. Empieza a aparecer la imagen de un deterioro imposible de revertir. El decaimiento de la participación se percibe como uno de los factores que debilita a la comunidad y le impide combatir este problema. La representación que parece prevalecer es la de una situación de entropía (Balandier 1993), en la que la comunidad fragilizada se encuentra en peligro de retroceder a una situación de barbarie en la que prima la ley del más fuerte.

Algunos factores sociales y físicos que parecen agravar la criminalidad en Nuevo Pachacútec son la precariedad o falta de empleo, la ausencia de iluminación, y los largos tramos de descampado que facilitan los atracos en las calles y los ataques a los buses que circulan durante las noches. La precaria infraestructura y la falta de recursos dificultan el trabajo del único puesto policial en la zona.

Como vemos, la presencia del Estado es un factor a considerar, aunque no por su ausencia, como en el proceso de «marginalidad avanzada» del ghetto negro (Wacquant 2001). Se trataría, más bien, de una marginalidad periférica, ya que su presencia es esporádica y a partir de programas que establecen relaciones de clientela con la población. Como dice un poblador:

Bueno, aquí es un sitio muy pobre, [...] y no tenemos apoyo del Gobierno, ni de las instituciones y es por lo cual los padres de familia se dedican a trabajar para sus hijos [...] verdaderamente no hay trabajo y si el Gobierno hiciera obras pero, sin embargo, el gobierno y otras instituciones ahora que se está presentando el Techo Propio viene gente de lejos a hacer obras pero aquí no le dan trabajo al personal (Seguridad Ciudadana).

Para fines de este estudio, definiremos a Nuevo Pachacútec como un barrio cerrado (Remy y Voyé 1981), aunque esto no significa que no tenga contacto con el exterior o que sus pobladores restrinjan sus rutinas dentro de sus límites; lo haremos por el hecho de que los pobladores se identifican como pachacutanos y, con ello, marcan la diferencia entre un nosotros y los otros y, por tanto, a quién hay que observar y vigilar y a quien no. Se desarrolla de esta forma un sentido de territorialidad, es decir, una apropiación de un espacio y la vigencia de ciertas reglas y límites tácitos pero reconocibles tanto para los de dentro como para los de fuera.

En un contexto como el de Nuevo Pachacútec, la inseguridad frente a la delincuencia es una sensación cotidiana. En este ambiente de inseguridad y precariedad, la desconfianza no se proyecta solamente hacia los de fuera, a los extraños, sino también hacia los de dentro, a los que no son parte del círculo cercano (compadres, familiares), incluyendo en ello a los conocidos o a los vecinos. Esta situación es también una traba para la cooperación y el desarrollo de confianza interpersonal en la vecindad. Nuevamente, las salidas desesperadas ante la amenaza del desorden pueden ser violentas y escapar de todo control. En esta lógica, las dos muertes acontecidas este año serán los casos o microescenas alrededor de las cuales abordaremos el tema de la criminalidad, el imaginario en torno a la misma, y los comportamientos de los actores involucrados.

LOS DISCURSOS SOBRE EL ORIGEN DE LA CRIMINALIDAD Y LOS DELINCUENTES

En las entrevistas a los pobladores de Nuevo Pachacútec encontramos varias ideas sobre el origen de la criminalidad. Dichas causas no permanecen aisladas, sino que más bien se retroalimentan, lo que genera una suerte de virus que se contagia y que amenaza con imponer la inseguridad en toda la comunidad.6 De esta manera, Nuevo Pachacútec es percibido en el momento actual como un espacio peligroso y se encuentra en una situación de crisis potencial. El delito amenaza con volverse generalizado.

Una primera noción es que el delito aparece como consecuencia de la necesidad. Se menciona, incluso, que muchas personas roban para poder conseguir comida para sus familias. Cuando la situación de desempleo se prolonga por largas temporadas las personas entran en desesperación, sobre todo si tienen familias que mantener. Por ello, las personas desempleadas se encuentran en grave riesgo de caer en la delincuencia: «Podría ser una de las causas la misma necesidad de la gente que no tiene trabajo, no sabe qué hacer y yo no puedo justificar eso pero, digo que sería una de las causas [...] que los lleva por ese camino» (Poblador).

En los testimonios se evidencia que el desempleo y la carencia se perciben como una situación estructural del país, por lo que cualquiera puede caer en la delincuencia. Sin embargo, el robo no es justificable, existen personas con fuerza de voluntad para resistirse al delito. No obstante, la situación de desempleo puede debilitar o incluso doblegar los valores y la voluntad. Los desempleados crónicos serían, entonces, personas proclives a cometer delitos. Se entiende que se trata de un mal social y, por lo tanto, no es de responsabilidad exclusivamente individual, y debería de haber formas de apoyar a estas personas y evitar que caigan en la delincuencia. Se une al desempleo la idea de falta de expectativas y de posibilidades de un futuro mejor. La falta de oportunidades lleva a la gente a caer en el cortoplacismo, que busca resolver el presente sin tener mayores metas o proyectos.

Otro tema asociado al de la falta de empleo, es el de la falta de actividades para mantener la mente ocupada. Tras esta idea se encuentra el dicho popular: «La ociosidad es la madre de todos los vicios». Las personas que tienen la mente ocupada en actividades u ocupaciones como el trabajo, deporte, estudios, la familia, tienen menor propensión a caer en el mal; es decir, los malos pensamientos y los vicios pasan por la mente cuando uno se encuentra inactivo, en estado de ociosidad, cuando deja el tiempo pasar: «[...] para ellos [los jóvenes] lo más fácil es juntarse y estar vagando por acá y de la misma ociosidad cometer pandillaje, se ponen a tomar y a fumar [...] pero, si tuvieran algo que los entretenga yo creo que sería distinta la cosa» (Poblador). Sería esta situación de vagancia la que propiciaría que la gente consuma alcohol o drogas como forma de pasar el tiempo, pero estas actividades acabarían debilitando la voluntad, y la persona perdería el sentido de lo que es bueno y malo. Así, la persona entra fácilmente en el mundo de la delincuencia.

Otra imagen común es la de que algunos delincuentes vienen de fuera. Serían, por ejemplo, pandilleros o ladrones de asentamientos humanos vecinos. Se crea así una situación de desconfianza hacia el de fuera, hacia el desconocido. Se ubica en este grupo también a delincuentes de otros distritos de la ciudad (se mencionan El Callao, El Agustino) que tienen familiares dentro de Nuevo Pachacútec: cuando vienen de visita aprovecharían la oportunidad para asaltar a los pobladores. También se identifica a los habitantes de otros sectores de Nuevo Pachacútec como foráneos. Así, los pobladores del sector A identifican como delincuentes a pobladores de los sectores B o E, y así sucesivamente. De esa manera la desconfianza se instala no solo entre los pobladores de Nuevo Pachacútec, en general, sino entre los pobladores de diferentes sectores al interior del asentamiento. Sin embargo, el sentimiento de inseguridad no queda allí, pues a veces el mal se encuentra en el mismo sector:

Son gente que vive acá y que de repente no está trabajando y se ha acostumbrado [a robar] [...] y en su manzana sabe del movimiento de cada uno de sus vecinos y si no es él puede ser otro de la manzana que también al igual que él está ocioso en la manzana y que sabe el movimiento de los demás y tenemos en la misma manzana al delincuente, al ladrón, al que comete los robos en las casas (Seguridad Ciudadana).

La confianza, entonces, se reduce y se limita a los círculos cercanos y pequeños, pues hay que desconfiar casi de todos. Dentro de esta lógica adentro/afuera se dice también que los pandilleros vienen de fuera y cometen actos de vandalismo, se embriagan, se drogan y buscan pelea con los jóvenes de Nuevo Pachacútec. Como respuesta habrían aparecido algunas pandillas en Nuevo Pachacútec, para defender a los de adentro, pero estos jóvenes acaban reproduciendo las mismas costumbres y actitudes de los de fuera, pues la manera de combatir a los maleados de fuera es siendo mas maleados que ellos. Los jóvenes limpios de adentro se encuentran ahora en peligro de contagio: «[...] han bajado los jóvenes y parece que han encontrado una forma de divertirse porque en su sitio ya son conocidos y acá nadie los conoce pero, crean un desorden con los jóvenes de Pachacútec que salen a hacerles frente y se crean los problemas de pandillaje» (Poblador).

En estos espacios pueden proliferar también el alcohol y las drogas, que doblegan la voluntad de los jóvenes y hacen que tomen malos rumbos. Los jóvenes que asisten a estos lugares pueden estar en peligro inminente de contagio al estar rodeados de personas malas, de alcohol y drogas: «En las discotecas se pierde la juventud, en las polladas, también las personas venden licor en las cantinas, permiten a los jóvenes de 13 años vender licor por la [zona] B a partir de las doce de la noche, una de la mañana tomando licor en la pampa y eso se ve feo» (Seguridad Ciudadana).

Otro factor que llevaría a las personas, y sobre todo a los jóvenes, al delito es el abandono y falta de cuidado y orientación por parte de los padres. Dicho abandono puede generarse por necesidad, como es el caso de los padres que trabajan todo el día y no pueden tener control sobre las actividades de sus hijos. En estas situaciones los jóvenes se dedican a vagar por las calles, y pueden caer en los vicios o en malas compañías que los llevan a la mala vida. Por otro lado, este abandono también puede deberse a la falta de conciencia de los padres que no saben educar a sus hijos, o que simplemente son despreocupados. Se menciona también los casos en los que los padres se dedican a vicios como el alcohol o las drogas, lo que lleva a los jóvenes a imitar dichos modelos. De esta manera, los jóvenes, en general, pasan a ser objetos de cuidado, pues son propensos al crimen y se genera la idea que es necesario controlarlos: «A mí me parece que eso nace dentro de la familia y el problema es que la familia a veces no esta bien conformada y los jóvenes optan por rebelarse y actuar de una manera rebelde, no solo con la familia sino en la calle con los demás jóvenes [...] Eso me parece el mayor problema, que los mismos padres han olvidado cómo ser padres» (Poblador).

Vemos, a partir de las ideas expuestas, que los pobladores encuentran que las personas pueden estar propensas a caer en la delincuencia por una suerte de debilitamiento de la fuerza de voluntad producido por el alcohol y las drogas, el abandono familiar, la falta de orientación, la ociosidad y la necesidad como resultado del desempleo. Del mismo modo, los más propensos a caer en estas situaciones son los jóvenes que tendrían una voluntad más débil o aún no formada. Por esta razón, en el imaginario de los pobladores es necesario evitar este tipo de situaciones y actores: la gente de fuera, los jóvenes, los drogadictos y los desempleados son personas potencialmente peligrosas y posibles agentes de delincuencia al interior de la comunidad. Son, entonces, el tipo de actores identificados con la criminalidad, y el tipo de personas que los vecinos consideran que deben ser controladas y vigiladas.

EL FANTASMA DEL DESORDEN Y VIOLENCIA EN NUEVO PACHACUTEC

Como mencionamos, este trabajo gira principalmente en torno a dos muertes acontecidas durante el periodo de nuestra investigación. A continuación, presentamos una reconstrucción de los hechos a partir de los testimonios que hemos recogido. Haremos la advertencia de que no se trata de una reconstrucción exacta de hechos, sino de la versión que nos entrega la población y que -verdadera o no- se la considera real, y es a partir de la cual los pobladores juzgan tanto a la Policía como a los procedimientos oficiales. Es también a partir de ella que elaborarán y justificarán estrategias alternativas. Lamentablemente, no pudimos contar con la versión de la Policía Nacional del Perú (PNP), pues dado que el trabajo de campo se realizó en el contexto de estas dos muertes, los efectivos prefirieron guardar reserva.

Un primer caso es la muerte de un dirigente del gremio de Construcción Civil, a manos de pandilleros. A partir de los relatos de los diferentes actores, la historia es más o menos como sigue.

El señor Ganoza vivía en el sector C de Nuevo Pachacútec. Era un dirigente de Construcción Civil y también miembro del grupo de Seguridad Ciudadana. Al parecer, había tenido algunos enfrentamientos previos durante su ronda con un grupo de pandilleros, por lo que estos lo habrían amenazado de muerte. Uno de los entrevistados, que lo conocía personalmente, nos comento que lo vio la noche anterior a su muerte. Nos dice que se veía preocupado, pero que no dijo nada sobre el problema que había tenido.

El señor Ganoza fue apuñalado por un grupo de cuatro o cinco pandilleros. Uno de los entrevistados también comenta que el acto se realizó a vista y paciencia de algunos pobladores, quienes pensaron que se trataba de una pelea hasta que vieron que el cuerpo cayó en la arena y empezó a derramar sangre. Los vecinos no se acercaron por temor a los pandilleros, pues estos tenían navajas y parecían alcoholizados. Los vecinos testigos del hecho llevaron el cuerpo de Ganoza al local de la comisaría móvil. Dicen los testimonios que la Policía no quiso hacerse cargo, y que demandó a los vecinos que lleven el cuerpo a la sección de emergencias del puesto médico más cercano. Al parecer, la PNP se limitó a hacer solo un informe de lo sucedido, y no una denuncia. Mientras tanto, un grupo de vecinos logró capturar a algunos de los pandilleros y los llevaron a la comisaría móvil de Nuevo Pachacútec, en donde les dijeron que mejor los lleven a la comisaría de Mi Perú (distrito de Ventanilla) ya que el caso les correspondía a ellos. Una vez en la comisaría de Mi Perú, los detenidos fueron internados por uno o dos días. Durante ese tiempo dieron declaraciones de lo acontecido. Poco después, los detenidos fueron dejados en libertad y desde entonces se encuentran desaparecidos.

Los vecinos, indignados por el hecho, fueron a reclamar a la Policía. La explicación que recibieron sobre la liberación de los acusados es que eran menores de 18 años y. por ley, no pueden estar detenidos por más de 24 horas. Otro argumento que dio la Policía para justificar la salida de los detenidos es que el caso pasó a la Fiscalía y que ellos ya no tenían nada que hacer en el asunto.

Nos dicen los relatores que, al parecer, estos pandilleros dieron a la Policía nombres y direcciones falsos, por lo que es imposible ubicarlos. Asimismo, algunos comentan que el informe que hizo la Policía registra una pelea entre pandilleros y no se hace mención a la muerte del señor Ganoza. Según algunos vecinos, esto ocurre porque la Policía prefiere ahorrarse problemas y deja pasar los delitos. También se comenta que, aparentemente, hubo una negociación turbia entre pandilleros y policías. Actualmente, los vecinos denuncian que la Policía está de lado de los ladrones.

A partir de este hecho, el gremio de Construcción Civil de Nuevo Pachacútec decidió armar una ronda nocturna para vigilar el vecindario. La ronda está formada por un grupo de entre 15 y 20 personas que salen con fierros, palos y antorchas. Salen de diez a doce de la noche, hora en que se registra el mayor numero de peleas callejeras, asaltos y jóvenes que toman licor en las calles. Nos dice un dirigente de Construcción Civil que a partir de las rondas nocturnas la delincuencia ha bajado, y que algunos grupos de jóvenes que las ven se esconden o se meten a sus casas. Del mismo modo, cada vez que se cruzan con un grupo de jóvenes les hablan y aconsejan. La ronda de Construcción Civil siguió activa durante el tiempo de nuestro trabajo de campo, periodo durante el cual ocurrió también la segunda muerte: el ajusticiamiento de un ladrón a manos de la población. A partir de entonces, la ronda se ha ido debilitando lentamente.

Este segundo caso ocurrió poco después de la muerte del señor Ganoza, es decir, cuando los ánimos de la población se encontraban caldeados. Se trata del ajusticiamiento a manos de la población de un conocido delincuente, Hugo Garro, y el posterior encarcelamiento de seis pobladores.

Cuentan los testimonios que el señor Garro era un delincuente conocido por todos los vecinos. Incluso, en una oportunidad la población lo había capturado y llevado a la Policía, la cual lo liberó. Días después, la población nuevamente atrapa al ladrón, esta vez de madrugada. En esas circunstancias, un grupo de pobladores se reúne y le da golpes. Un vecino, el señor Willy Palacios, avisa por uno de los megáfonos que se había capturado a un delincuente. Así, los pobladores van apareciendo y van siendo cada vez más y más. Se dice que se obligó al delincuente a devolver las cosas que había robado. Por este motivo, la población trasladó al delincuente por varios lugares de Nuevo Pachacútec. Nos dice el relato que incluso fue llevado a las afueras del pueblo, donde se encuentra el paradero de la línea de transporte 41, lugar donde había vendido un televisor robado a uno de los trabajadores de la empresa. Mientras tanto, la población se siguió aglomerando y exaltando cada vez más, mientras el delincuente ubicaba las cosas que había robado y los lugares en dónde las había vendido.

La mayoría de los miembros de Seguridad Ciudadana no oyó el llamado del megáfono. Uno de nuestros entrevistados afirma haberlo oído, pero prefirió ir inmediatamente a su PUSOVE pues pensó que la población iba a llevar allí al detenido para que se le tomen los datos y se lo entregue luego a la Policía. En este momento llegaron los agentes policiales de Nuevo Pachacútec, que pidieron que les entregue al detenido. La población se resiste, pues reclama que la Policía es corrupta y que si lo entregaban acabarían por soltarlo al rato. La Policía retrocedió y fue a pedir refuerzos a la comisaría de Mi Perú al ver que el número de pobladores era considerable (no se precisa el número, pero quizá más de cincuenta) y estaban exaltados.

En ese lapso, el delincuente empezó a amenazar a la población, reconoció con nombres y apellidos a algunos y juró que, una vez libre, se vengaría personalmente de ellos. La amenaza se daba en tono burlón y con risas, cuestión que causó temor en la población pero que, finalmente, la llevó a exaltarse mas. Los vecinos empezaron a cavar un hueco en la arena para enterrar al delincuente hasta el cuello luego de propinarle algún tipo de golpiza o castigo. Sin embargo, en ese momento los pobladores escucharon venir los refuerzos de la Policía. Las amenazas del delincuente continuaban y los pobladores decidieron enterrarlo de cabeza. Algunos entrevistados cuentan que un grupo de encapuchados apareció y realizó el acto. Para cuando llego la Policía la población se había dispersado. El delincuente aún estaba con vida, pero la arena había entrado a sus pulmones y murió poco tiempo después.

Cuando la Policía inició las investigaciones, decidió llamar a seis personas que estaban registradas como presentes en el ajusticiamiento, entre ellas, un dirigente vecinal, el señor Willy Palacios, y la señora Yolanda Suárez, de Seguridad Ciudadana. Al parecer, las declaraciones de ambos fueron contradictorias, por lo que la Policía optó por llevarlos a Seguridad del Estado. Algunos vecinos comentan que la Policía dijo encontrar en algunas de estas seis personas antecedentes policiales y que estarían con orden de captura. Desde entonces estas seis personas se encuentran detenidas.

La población de Nuevo Pachacútec se organizó y, por medio del CEC, contrato a un abogado para liberar a los detenidos. Los pobladores consideran que los detenidos son inocentes, que la Policía está actuando arbitrariamente contra la población, y que de alguna manera estaría tratando de limpiar su imagen frente a la mala reputación que posee. Acto seguido, varios pachacutanos llevan a cabo un plantón frente al Palacio de Justicia del Callao y dos vecinos inician una huelga de hambre indefinida. Lamentablemente, en esos días los trabajadores del Ministerio de Justicia también entraron en huelga y las iniciativas de los pachacutanos se vieron frustradas al no encontrar nadie que los atendiera. Del mismo modo, las personas en huelga de hambre solo lograron soportar tres días y terminaron por abandonarla. Las seis personas se encuentran actualmente detenidas y, al parecer, seguirán así por varios meses. Mientras tanto, las acciones judiciales de parte de los familiares y del CEC continúan.

Paralelamente a esto, la criminalidad ha disminuido. La situación es de tensa calma, pues los ladrones temen el desbande de la población, mientras que esta se encuentra asustada por la posibilidad de futuras detenciones.

Estos casos nos brindan pistas para entender el tema de la legitimidad del Estado para enfrentar la criminalidad y cómo la población, a partir de esta evaluación, ensaya respuestas alternativas a la legalidad.

La legitimidad de la Policía (y del Estado) en cuestión

Algo que nos muestran los casos presentados es que la capacidad, autoridad y legitimidad de la Policía para enfrentar la criminalidad se encuentran en cuestión debido a que varios detenidos salieron libres al poco tiempo. Este desencuentro tiene varias aristas.

Un primer aspecto tiene que ver con la mala reputación de los efectivos policiales. Una de las principales quejas que existen contra ellos es que actúan con flojera, solo por obligación, y no quieren meterse en problemas. La pereza es uno de sus rasgos principales. Nos cuenta un miembro de Seguridad Ciudadana: «La Policía [...] no le brindaba el apoyo, ponían pretexto de que no hay gasolina o no actuaban con la celeridad del caso [...]. Lo que hacen lo hacen sin vocación solo por cumplir su trabajo y hay quejas de la población y una falta de credibilidad en ellos» (Seguridad Ciudadana).

Un segundo tipo de explicación es que los pobladores consideran que la Policía es corrupta. Los entrevistados mencionan que en la comisaría hacen tratos con los delincuentes y los sueltan a cambio de dinero. Existe también la creencia de que la mayoría de los efectivos policiales que se encuentran en Pachacútec son gente que por mala conducta o actos de corrupción ha sido enviada como castigo para estar en una zona tan alejada como esta.7

Existe también un desencuentro entre las demandas de los pobladores y los procedimientos legales. De acuerdo con los procedimientos oficiales: en primer lugar, si no existen pruebas, el caso no procede; en segundo lugar, el procedimiento acostumbrado para con los menores de edad no incluye la detención sino solo una amonestación; y, en tercer lugar, la Policía no puede detener a alguien por más de 24 horas si no existen pruebas. La población, en cambio, pide una sanción efectiva para todo detenido; al no obtenerla se refuerza la imagen negativa de la institución policial.

Existe también un desfase entre la opinión de la población y los procedimientos policiales cuando los casos son llevados a dependencias mayores. Una vez que un caso pasa a una instancia superior, los efectivos del puesto móvil solo ejecutan las órdenes. Dentro de la estructura jerárquica de la Policía un buen efectivo es aquel que solo ejecuta y cumple a cabalidad las órdenes de los superiores, mientras que un mal efectivo es aquel que las critica o actúa sin autorización. En cambio, la población busca justicia en el momento y directamente, de parte de los efectivos policiales. El siguiente testimonio ilustra este desfase: «La Policía siempre tiende a lavarse las manos, como Pilatos, y dicen que esto no les compete a ellos, [...] que no pueden intervenir en las órdenes superiores, eso es lo que ellos argumentan pero, al intervenir ellos es otra la instancia la que esta interviniendo» (Poblador). Nuevamente, las instancias superiores juzgan de acuerdo con las pruebas existentes y los informes policiales; si estos no existen o no son suficientes, el fallo es a favor del delincuente y este sale libre.

Agravan la situación la distancia y el relativo aislamiento de Nuevo Pachacútec. Muchas veces, mientras el delincuente se encuentra detenido en Nuevo Pachacútec, para ser llevado al día siguiente a la comisaría de Mi Perú, se vence el plazo de ley para privar a alguien de su libertad.

Como ya mencionamos, la situación de la comisaría de Nuevo Pachacútec es muy precaria. A la fecha cuenta con seis efectivos, una moto, un bus (que no está operativo y que ha terminado sirviendo para hacer reuniones dentro), una caseta de madera y un teléfono público. Del mismo modo, su presupuesto es bastante limitado, por lo que algunos vecinos reconocen que a veces los efectivos no tienen dinero para la gasolina o, incluso, para hacer llamadas telefónicas. Podría ser que estas limitaciones económicas se encuentren en la base de la inactividad y desgano que la población critica en ellos.

La ambivalente posición de la Seguridad Ciudadana

Durante el tiempo que se realizó el trabajo de campo pudimos observar que la situación del grupo que integra la Seguridad Ciudadana era bastante ambigua. Si bien se trata de una entidad civil, organizada autónoma y voluntariamente, se encuentra una contradicción en el hecho de que sus miembros son, al mismo tiempo, pobladores y una suerte de anexo o extensión de la Policía. Sin embargo, su función es más amplia que la de vigilancia, y en teoría incluye primeros auxilios, ayuda en la resolución de conflictos, y prevención en caso de desastres naturales.

La situación en la que trabaja Seguridad Ciudadana es también muy precaria, pues son vecinos en la misma situación de pobreza que los demás y no reciben ningún tipo de apoyo para realizar su función, ni beneficio adicional por su trabajo. El servicio que brindan es voluntario y varios de sus integrantes participan en sus ratos libres o durante sus épocas de desempleo. Esta situación hace que la permanencia de sus miembros sea bastante esporádica, y la gran demanda de tiempo sin beneficios adicionales lleva a que muchos de ellos se retiren. La mayor parte de las veces realizan esta actividad por un sentido de servicio a la comunidad, por formar parte de un grupo o para ser reconocidos como buenos vecinos.8 Este carácter de trabajo voluntario muchas veces no es reconocido por gran parte de los vecinos, quienes piensan que existe algún tipo de salario por realizar dicha función. A partir de esta situación, no pocas veces los vecinos reclaman que los integrantes de Seguridad Ciudadana deberían hacer vigilancia todo el día, como si fueran vigilantes contratados, por lo que a veces se producen intercambios de palabras y conflictos. De igual manera, cuando ocurren algunos delitos los pobladores reclaman por la ausencia de algún miembro de Seguridad Ciudadana.

Los integrantes de esta agrupación también expresan que su labor es bastante riesgosa, ya que tienen contacto directo con pandilleros y delincuentes, lo que hace muy probables los peligros de amenaza y venganza. Este miedo también los lleva a limitar su labor, sobre todo en la noche. Así, entre sus principales reclamos se encuentran una mayor presencia de efectivos policiales en la zona y algún tipo de ayuda que facilite su labor, como la donación de pitos, linternas, chalecos, y palos de goma para defenderse.

Otro desfase, en lo que se refiere a las competencias de la Seguridad Ciudadana, es que algunos vecinos reclaman que su función debería incluir ejercer justicia. Sin embargo, los integrantes de Seguridad Ciudadana entienden que en esos casos su función se limita a recibir denuncias, llenar un cuaderno de ocurrencias y canalizar los casos a la Policía, que es la que resuelve cómo proceder. De hecho, la apuesta de este grupo es por trabajar de forma más estrecha con la institución policial. Dada la reputación de esta última, este hecho choca nuevamente con la población, la que llega a considerar que Seguridad Ciudadana no sirve si se limita a cumplir una función canalizadora.

Finalmente, los miembros de Seguridad Ciudadana son pobladores y, por tanto, también victimas directas de la delincuencia y del pánico que ella despierta. Si bien condenan que la población haya quitado la vida al delincuente en el ajusticiamiento popular, y están también de acuerdo con que la Policía debió ser la encargada de resolver la situación,9 en conversaciones informales uno de sus miembros nos comentó que también era correcto dar algún tipo de castigo (golpe o paliza) a alguien que fuera encontrado in fraganti.

La justicia popular a la caja de Pandora

No hemos encontrado, ni en los testimonios ni durante el trabajo de campo, ningún tipo de justificación de la muerte del delincuente en el ajusticiamiento popular. Más bien, los vecinos de Nuevo Pachacútec califican este acontecimiento como una salida desesperada de la población frente al incremento de la criminalidad y la impunidad con la que esta se ve beneficiada. Los entrevistados relatan que en estas situaciones de desesperación la furia es prácticamente imposible de contener. Algunos de ellos reflexionan que la gente pierde el sentido de lo correcto y del rumbo a seguir: «El pueblo estaba furioso y no quería saber nada con las autoridades, como me cuentan a mí ellos [los pobladores] no querían saber de nadie y querían hacer justicia con sus propias manos» (Seguridad Ciudadana).

Surge así la idea de que la fuerza de la población es también potencialmente peligrosa, y que es necesario controlarla para que su violencia no se desborde. Sin embargo, la población sigue pensando que, frente a un asesinato, tiene derecho a actuar, y que no necesita delegar el ejercicio de la justicia a la Policía. Vemos también en los testimonios la necesidad de limpieza, de expeler a los malos elementos del barrio: «Yo estoy de acuerdo en que si encontramos una persona en pleno robo, ya in fraganti, que se le dé un escarmiento, que se le castigue, que se le pegue, que se le azote, pero no llegar al extremo de quitarle la vida y botarlo», (Poblador).

La respuesta del estado

Como vimos en la descripción del caso, seis vecinos fueron detenidos por la Policía debido al asesinato de un delincuente. Frente a esto, los pobladores de Nuevo Pachacútec organizaron una serie de medidas de presión, entre ellas, una marcha de protesta y una huelga de hambre. De hecho, la detención es vista como un atropello más a la población y parte de un intento de salida o justificación de la Policía frente a lo acontecido para liberarse de responsabilidades. No obstante, este tipo de manifestaciones cesó pronto y los pobladores han aceptado que el problema se resuelva por la vía judicial. Sin embargo, la huella que queda en la población es profunda, y nuevamente la acción del Estado se percibe como arbitraria e ilegitima:

Los vecinos están detenidos injustamente, [...] porque eso no ha sido organizado para matar aun delincuente, los vecinos se dan cuenta que esto ha sido espontáneo [...], también están confundidos porque las leyes aquí no se aplican, te dejan salir de los parámetros de la ley y no se pone orden pero, cuando el pueblo quiere poner orden hay veces hay personas que están en el otro extremo y no quieren sanciones sino eliminar al delincuente y eliminar la delincuencia de esta manera está mal, hay que buscar mecanismos y creo que los vecinos en ese sentido están confundidos con lo acontecido. (Poblador)

La aplicación de la ley por parte de la Policía es vista también como un daño no solo para los detenidos, sino también para sus familias porque, según comentan, han dejado a los niños de estas sin padres o madres, y tendrán dificultades para sobrevivir. Se deja traslucir la sensación de desamparo de la población, y la incapacidad o falta de voluntad del Estado para escucharla o tomarla en cuenta. Esta arbitrariedad del Estado no haría otra cosa sino alimentar el temor de la población frente a sus mecanismos. La población estaría desprotegida frente a los delincuentes, ya que la ley los favorece: «[...] estamos expuestos a que cualquier persona venga y se lleve nuestros enseres y nosotros no podemos hacer nada, mejor dejarlo ir porque si tratamos de agredirlo de repente salimos siendo denunciados a de repente terminamos en la cartel,» (Poblador).

Finalmente, la acción del Estado pondría en peligro la organización, que, para los vecinos, es uno de sus principales mecanismos de defensa frente a amenazas externas: «Realmente, la gente [...] decayó también lo que es la organización porque los mismos vecinos que participan en directiva, que participan en seguridad, ya no quieren actuar. Ellos dicen [...] de repente yo me meto, evito algo o pasa algo grave y yo me voy adentro [a la cárcel]» (Poblador).

A modo de epílogo: la tensa calma

El ajusticiamiento abrió una nueva etapa en la criminalidad en Nuevo Pachacútec, ya que recuperó el territorio para los vecinos y estableció una suerte de balance. Los delincuentes saben ahora qué limites no rebasar y las consecuencias que les esperan. Pero la Policía, por medio de la detención de los pobladores -inocentes o no-, también señala cuales son los limites que no hay que rebasar. El orden se impone temporalmente por medio de la violencia. La Policía de Ventanilla se ha propuesto reorganizar al grupo Seguridad Ciudadana en el marco de la nueva ley que lleva el mismo nombre. Por su parte, la municipalidad ha inaugurado una nueva caseta de PUSOVE y ha hecho un donativo de chalecos a los miembros del grupo.

FORMAS LATENTES DE RESPONDER ANTE LA CRIMINALIDAD

El desenlace de los hechos acontecidos en Nuevo Pachacútec en los últimos meses no representa un punto final para el problema de la delincuencia. Por el contrario, esta sigue siendo una amenaza. Si bien el caso del ajusticiamiento popular -y su desenlace en la detención de los seis pobladores- llama a los pachacutanos a una reflexión en torno a las posibles consecuencias de la violencia cuando esta se encuentra fuera de control, la población sigue elaborando diversos tipos de respuestas frente a la criminalidad. Veamos a continuación los principales senderos posibles que se perfilan en el imaginario de las personas.

El cuidado del cuerpo y del espíritu

Un primer tipo de respuestas se encuentra en relación directa con lo que presentamos anteriormente sobre el origen de la criminalidad. Como dijimos, el mal se apodera de las personas y cobra vida en los actos de criminalidad. Las personas más vulnerables a este contagio son los jóvenes, los indigentes, los drogadictos. Se trata, en general, de personas que se encuentran desocupadas, inactivas. La inactividad, al estar asociada al debilitamiento de la voluntad y descontrol de los impulsos, facilitaría el ingreso del mal en la mente y cuerpo de las personas. Así, la persona contagiada pierde el control, los valores, el respeto, el sentido de los límites entre lo bueno y lo malo, e ingresaría de esta forma a la vida delictiva.

En esta lógica, uno de los elementos fundamentales para dar fuerza a la voluntad de las personas e impedir que la maldad tome su cuerpo es mantener la mente y el cuerpo ocupados. Sin embargo, las condiciones para este cuidado personal en Nuevo Pachacútec son adversas. Un porcentaje importante de la población se encuentra desocupada, por lo que la gente percibe que el barrio es un caldo de cultivo para la criminalidad. Siguiendo la metáfora de la enfermedad, hay un peligro potencial de que esta se tome en epidemia. Por ello, una de las preocupaciones y reclamos que hace la gente para combatir la delincuencia es la creación de empleo, de centros de estudios y formas de distraer la atención y mantener la mente y el cuerpo ocupados: «[...] a los juveniles de aquí lo que se debería hacer es fomentar el deporte y fomentar clubes, centros ocupacionales [...] oficios como carpintería, electricidad y tener a la juventud en eso, que se entretengan y como aquí no hay en qué entretenerse ellos optan por lo más fácil y eso es un peligro para nuestros hijo» (Poblador).

Como vemos, el deporte, la necesidad de fomentarlo y los espacios adecuados para que se practique son también parte de esta 1ógica. Y es así porque el cuidado o deterioro de la mente están asociados al cuerpo que, a su vez, genera las defensas adecuadas para el fortalecimiento de la voluntad. Consecuencia 1ógica de este discurso sobre el contagio es, precisamente, evitar las situaciones o posibilidades para que ocurra. Sabiendo que Nuevo Pachacútec es un lugar donde las posibilidades de contagio son altas, existe una preocupación por vigilar a los jóvenes y evitar su contacto con los espacios o cosas asociados al mal, como son las discotecas, bares, el alcohol, las drogas, la noche y las malas compañías: «Los padres de familia deberían orientar a sus hijos a qué hora salen, a qué hora entran y no esperar que sus hijos lleguen tarde en la noche» (Seguridad Ciudadana).

Un régimen de control: la vigilancia del espacio

Otra de las salidas posibles se encuentra en fortalecer el régimen de control del espacio en Nuevo Pachacútec. La idea detrás de esto es que, dadas las condiciones físicas del barrio --como falta de luz, zonas despobladas, lotes abandonados y los pocos efectivos policiales frente a un gran espacio--, se genera un ambiente favorable para la proliferación del crimen. En esta 1ógica se encuentran los reclamos por la falta de efectivos policiales en la zona y por la precariedad de los recursos con los que estos cuentan para actuar. El aumento del control en Nuevo Pachacútec incluiría la domesticación y control de los espacios invadidos por los agentes del mal, es decir, los bares, discotecas, las periferias descampadas del lugar, y también la oscuridad de la noche. En este sentido, también se encuentra la idea de aumentar el número de efectivos de Seguridad Ciudadana, los que, a su vez, funcionarían como los ojos o extensiones de la Policía. Se crea así la imagen de un estado de supervigilancia en el que lo ideal es que las fuerzas del orden tengan un panorama completo del territorio. Sin embargo, a sabiendas de que este tipo de esfuerzo y sacrificio tendría un costo enorme para los efectivos voluntarios de Seguridad Ciudadana, lo ideal seria poder brindarles algún tipo de incentivo: «[...] que los de Seguridad Ciudadana que participan tengan un pequeño ingreso que puede ser una propina entonces tal vez los vecinos se suman más y al sumarse hay mejor servicio y mejor seguridad» (Poblador).

Una de las variantes de este discurso del control del espacio se encuentra en la idea del fortalecimiento de la organización como mecanismo de defensa ciudadana. Gracias a las diferentes formas de organización popular se puede lograr una colonización del territorio invadido por los agentes de la delincuencia: «[...] la parte mas importante la tenemos los mismos pobladores y las organizaciones vivas, porque es cierto que por mas policías que pongan si nosotros no sabemos defendernos va a ser muy difícil que la Policía esté todos los días con nosotros» (Poblador).

Se recrea de esta manera la idea de control o, en todo caso, de reconquista del territorio, en la que los agentes del orden (en este caso, la misma población) deben recuperarlo de los agentes del caos que amenazan la seguridad del barrio.

Sin embargo, es preciso anotar que esta postura es ambigua porque se corre el riesgo de imponer una dinámica represora. Si bien la capacidad de omnipresencia de la vigilancia acabaría por inhibir los actos de los delincuentes, queda abierta la pregunta en cuanto a los métodos de castigo, control y presión que se usarían para sustentarla.

El poder de la gente y la disuasión del castigo

Existe también la opción por la justicia popular y los mecanismos de sanción al margen del ordenamiento legal. La población se adjudica la capacidad de juzgar y castigar a los infractores del orden, y practica y ejecuta la justicia con sus propias manos. Sin embargo, la situación no es la de una oposición o confrontación abiertas con el Estado, sino la del cuestionamiento de su capacidad operativa (mecanismos) y de la capacidad de sus funcionarios (corrupción, falta de valores, poca transparencia). Se generan, entonces, dos órdenes paralelos: una justicia formal y otra informal o popular. En esta, los mecanismos del Estado se aceptan como oficiales o legales, pero los locales se consideran más efectivos y adecuados.

Ensayamos dos razones complementarias para explicar la existencia de este modelo alternativo de orden o justicia popular:

  • La desconfianza en la capacidad del Estado para imponer el orden en el territorio. Detrás de esta afirmación se encuentra la opinión mencionada anteriormente de que la Policía no actúa correctamente, es corrupta o que la ley no permite una efectiva sanción a los delincuentes.

  • Un proceso no acabado de monopolización de la violencia física y simbólica de parte del Estado (Bourdieu 1999), ya que este no termina de consolidarse como garante eficaz del mantenimiento del orden, y la población se resiste a cederle esta facultad. Parafraseando a Bourdieu, el Estado no termina de imponer sus categorías de percepción y clasificación en la población.

Por otro lado, la justicia popular no se presenta como antagónica con respecto a los procedimientos del Estado. Pareciera que a la justicia popular se la considera como una primera instancia, mientras que la del Estado puede aparecer como su continuación o anexo, porque para los pobladores esta se puede equivocar, es blanda o simplemente no se ejecuta: «Hay formas de evitar tal vez no agarrando a los delincuentes a palos sino sanciones y la más dura es la vergüenza, hacerlo pasear por todo Pachacútec como un delincuente y luego ponerlos en manos de la Policía» (Poblador).

Se puede apreciar que en la justicia popular existe una suerte de necesidad de reposición, pues en esta instancia el delincuente se ve en la obligación de devolver lo robado. La golpiza que recibe es tanto una forma de cobrar los daños como de ejercer venganza, y tiene funciones correctoras y ejemplificadoras. De alguna forma se reviste de elementos dramáticos y se monta una escenografía. En ella, el delincuente es enjuiciado y sancionado. Los castigos varían de acuerdo con la infracción, y pueden incluir golpes, latigazos, pedradas, rapada de pelo, paseos desnudo, llevar carteles anunciando su condición de ladrón y otras acciones similares. Asimismo, el delincuente es usado como chivo expiatorio, pues el daño que se le inflige es también una advertencia a otros de su condición, y una señal de que la población tiene el control del espacio.

Sin embargo, existe una variante más violenta en este opción por hacer justicia con las propias manos: «[...] delincuentes nunca van a cambiar, delincuente todo el tiempo va a robar, [...]. Con piedra hay que darles. No son como gente, no son personas esos, no reaccionan, esos ya están acostumbrados» (Poblador). Como vemos en el testimonio, el delincuente pierde –o nunca tuvo- la condición de humano, no tiene capacidad de aprender o de cambiar. No existe la opción de corregirse. Se desprende de ello que los castigos deben ser fuertes, pues solo mediante la amenaza de ejercer la violencia contra ellos la gente puede proteger sus pertenencias y disuadir a los ladrones de realizar sus actos. La caja de Pandora de la violencia sigue abierta.

La vía resignada: aprender a convivir con la criminalidad

Finalmente, encontramos un cuarto orden de respuesta que calificamos como la opción resignada frente a la criminalidad. En esta, se entiende a la criminalidad como un mal que rebalsó toda posibilidad de control de parte del Estado y de la población en Nuevo Pachacútec. Los efectivos policiales y la Seguridad Ciudadana no se darían abasto para combatirla «[...] porque los delincuentes abundan, jóvenes, niños, y quién los va a combatir. La Policía no se abastece, Seguridad Ciudadana, peor, y lo de la delincuencia y el pandillaje abundan» (Seguridad Ciudadana). Se puede ver que la criminalidad ha infectado a todos los grupos que componen la población del barrio, y se encuentra en todos lados. Así, la delincuencia se presenta como un mal que seguirá existiendo. Si no existen posibilidades de combatirla ni nadie con la capacidad de enfrentarla, una manera de apaciguarla o sentir menos sus efectos puede ser aprender a vivir con ella y tomar las medidas necesarias para, en lo posible, evitarla. Esta posición no significa dar marcha atrás en la búsqueda de combatirla, sino ponerle ciertas barreras o evitarla en la medida de lo posible. En esta visión, los intentos de la Policía y de la Seguridad de Ciudadana pueden ayudar a mantener cierta calma, algunos espacios libres de delincuencia o situaciones en los que los robos Sean menos frecuentes. Del mismo modo, el evitar ciertos espacios, salir a ciertas horas de la noche o nunca dejar la casa sola serian algunas de las medidas que se pueden tomar para no verse envuelto en una situación lamentable.

CONCLUSIONES

Un primer punto que llama a la reflexión es la situación de estancamiento, así como de diálogo entre los actores de Nuevo Pachacútec. Esta situación de tensa calma parece haber fortalecido la opción por las estrategias populares de defensa (entendiendo por ellas ubicarse al margen de los canales oficiales o legales) frente a una imagen aun más distante y ajena del actuar de la Policía. Del mismo modo, va aflorando una situación en la que aparentemente no hay salidas, no hay posibilidades de reconstrucción de un orden compartido y aceptado, y los círculos de confianza se ven limitados al ámbito familiar y a los espacios cercanos. Como mencionamos líneas arriba, la delincuencia parece haber impulsado un proceso de entropía en la comunidad y la fe en el futuro es cada vez menos común.

Las preocupaciones urgentes y cotidianas por la supervivencia actúan también como un impedimento para la participación, ya que si esta última no goza de algún tipo de incentivo, reconocimiento o impulso, no será posible que se desarrolle y fortalezca. Como vimos en el caso de los participantes del grupo de Seguridad Ciudadana, empieza a notarse un debilitamiento -y hasta un hartazgo- de la idea y la experiencia de ubicarse en una posición que no goza de mucha popularidad, demanda mucho tiempo y desgaste físico, y más bien produce problemas, riesgos e insatisfacciones. Reconocer e incentivar la participación es un primer reto importante para la lucha contra la delincuencia y para el desarrollo del sentido de comunidad.

Una segunda tarea es la de reconstruir los círculos de confianza, no solo en el ámbito interpersonal, sino también en lo que alcanza a la imagen de las distintas organizaciones, sobre todo de la Policía. Esta última debe promover el contacto y trabajo con la comunidad en una verdadera labor de prevención de la delincuencia. Esta labor de prevención debe incluir una lucha contra las causas de la delincuencia -principalmente la pobreza y la desocupación-, y no solo contra los delincuentes. En este sentido, hay que recordar y advertir las consecuencias de las políticas punitivas -como la Tolerancia Cero- que se difunden en el ámbito internacional (Wacquant 2000; 2001; Garland 2001). La mejora de las condiciones en las que trabajan los efectivos policiales también es importante para facilitar y mejorar su desempeño.

Finalmente, hay que advertir que las condiciones actuales son favorables para todo tipo de respuestas violentas y desesperadas contra la delincuencia, por parte tanto de la población como del Estado. No deja de preocupar la difusión de la idea de que la mano dura es la solución a todos los problemas. En el posible despliegue de estas reacciones sin visión de comunidad ni de largo plazo, los derechos individuales y el sentido de la democracia corren grave riesgo, sobre todo cuando estas políticas se dirigen, en primer lugar, a todos aquellos que encajan con la imagen del delincuente, no solo en Nuevo Pachacútec sino también en la ciudad, es decir, los pobres y los jóvenes.

 

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NOTAS DE PIE

* El presente es uno de los estudios de caso preparados para el proyecto «Urbanization and Development in Latin American, dirigido por la Universidad de Princeton y la Universidad de Texas en Austin, en agosto de 2003.

1. Algunos ejemplos de medidas desesperadas por las que pueden optar las sociedades frente al pánico del desorden son las posturas totalitarias o las salidas místico-religiosas. Una reflexión sobre el Perú de fin de siglo, también desde esta perspectiva, se encuentra enVega-Centeno 1999, aunque no incluye el tema de la delincuencia

2. Un viaje de Pachacutec al centro de Lima puede demorar entre una y dos horas, dependiendo del estado del tránsito. A partir de ello podemos estimar que varios pobladores de Nuevo Pachacútec pueden pasar diariamente hasta tres o cuatro horas en un bus.

3. Esteras puestas en la arena en forma semicircular, a modo de una carpa iglú.

4. Decimos «de manera provisional» porque los servicios como agua y electricidad en las viviendas aun se encuentran en proceso de consolidación y mejoramiento. Por ejemplo, aún no hay luz en las calles ni se cuenta con desagüe sino con letrinas.

5. Hay que mencionar que los miembros de algunas de estas listas se encontraban implicados en el tráfico e invasión ilegal de lotes.

6. A resultados muy similares a los encontrados en este caso llega caldeira (1996) en el Brasil. De hecho sus resultados son una fuente sugerente de comparación y análisis. Para una aproximación desde la cultura a las nociones de lo puro, e impuro, contagio y tabú, véase también Douglas 1966.

7. Varios pobladores describen a Nuevo Pachacútec como zona aislada, casi como la frontera, un lugar al margen de la ley y del orden, donde se está a un paso deque impere la ley del más fuerte. De alguna manera, esto hace recordar a la selva peruana o al antiguo western norteamericano.

9. En este caso, no conocemos qué papel jugó Yolanda Suárez -miembro de Seguridad Ciudadana- en la turba de pobladores, y menos aun su presunta responsabilidad.

8. Es posible que el ser reconocidos como buenos vecinos y pertenecer a un grupo organizado les brinde algún tipo de facilidad para conseguir puestos de trabajo como, por ejemplo, en la promesa de los proyectos de construcción de módulos de vivienda ofrecidos por el Gobierno.