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Revista Peruana de Medicina Experimental y Salud Publica

versión impresa ISSN 1726-4634

Rev. perú. med. exp. salud publica v.20 n.1 Lima ene./mar. 2003

 

RESEÑA HISTÓRICA

La implantación de la viruela en los Andes, la historia de un holocausto

Uriel García Cáceres1

1 Profesor de patología de la Universidad Peruana Cayetano Heredia. Miembro de Número de la Academia Nacional de Medicina. Profesor de doctorado en la Facultad de Medicina de la Universidad Particular San Martín de Porres. Lima, Perú.


Resumen

La historia de las epidemias de viruela en los Andes tiene el carácter tétrico del relato de un holocausto. Esta presentación está destinada a resaltar las etapas más importantes del proceso de la implantación de la viruela en las poblaciones andinas en general y, en particular, en el Perú, desde principio del siglo XVI hasta nuestros días.

Palabras clave: Viruela / Historia; Perú (fuente: BIREME)


Abstract

The history of Smallpox outbreaks in the Andes shows the somber characteristic of an holocaus story. This study aims to point out the most important stages of the Smallpox introduction process among the Adean population, specially in Peru, since the beginning of the XVI Century until nowadays.

Keys word: Smallpox / History; Peru (source: BIREME)


Introducción

La historia de las epidemias de viruela en los Andes tiene el carácter tétrico del relato de un holocausto. Los brotes epidémicos producidos por esa plaga - junto con los de las otras dos que fueron el sarampión y la gripe - se iniciaron en las primeras décadas del siglo XVI. Constituyen, además, un ejemplo objetivo del rol preponderante que las enfermedades infecciosas tienen en la consolidación de una invasión militar. En efecto, esas tres plagas producidas por virus, facilitaron la conquista del imperio de los Incas por un puñado de aventureros. Son convincentes las fuentes documentales que respaldan esta aseveración; a pesar de que, desafortunadamente, los cronistas que fueron testigos oculares de las acciones bélicas y del estado social de los pueblos que a su paso encontraron, distorsionaron u olvidaron consignar lo que verdaderamente ocurrió.

La viruela, junto con la gripe y el sarampión, fueron los factores de mayor importancia que produjeron el colapso de dos imperios americanos: el Inca y el Azteca; porque el terror deletéreo provocado por la aparición súbita de estas mortales enfermedades poco antes, durante e inmediatamente después de la invasión, hicieron imposible la reacción nativa en contra de los extranjeros intrusos. Especialmente la viruela, con su horripilante brote cutáneo, causó una espantosa sensación de impotencia y desesperación. Ese horror, recién hoy puede comprenderse, dado que existe la amenaza que, precisamente, la viruela sería esparcida de manera intencional por el terrorismo internacional.

Cuando Cristóbal Colón arribó a las islas del Caribe en 1492, se inició un intercambio de enfermedades, por un lado las que se desarrollaron en África, Asia y Europa, y por otro las del continente americano que, hasta entonces, había permanecido aislado del resto del mundo por cerca de quince mil años. Durante ese lapso, en el viejo mundo, muchas enfermedades infecciosas causadas por diversos microorganismos sufrieron modificaciones por mutaciones de los más diversos orígenes; asimismo, aparecieron nuevos agentes microbianos, especialmente virales que atacaron a los grupos poblacionales allende los océanos Atlántico y Pacífico. América, ubicada en medio de ambos, permaneció sola como una gigantesca isla.

William McNeill en su magistral Plagues and Peoples1 estudió los "intercambios transoceánicos" Como resultado de la llegada de los europeos al nuevo continente; después de 1492, dice:

"Los habitantes del Nuevo Mundo no eran portadores de algunas infecciones peligrosas susceptibles de ser transferidas a las poblaciones europeas o africanas que aparecieron en su continente (a menos que se crea que la sífilis es de origen americano) mientras que la abrupta confrontación con una larga lista de infecciones que trajeron europeos y africanos que, por milenios, habían hecho pasto con las poblaciones de esos continentes provocaron, en los Amerindios, un desastre demográfico masivo"2.

Como se sabe, a los astronautas que regresaron de los dos viajes a la luna se les sometió a una rigurosa cuarentena, que fue levantada sólo después que se tuvo la seguridad de que no eran portadores de alguna enfermedad transmisible. Esto no ocurrió, como es obvio suponer, cuando la invasión de europeos y africanos a América. (Figura Nº 1).


 






Las enfermedades virales epidémicas que por milenios azotaron a las poblaciones de Asia, Europa y África fueron trasplantadas a las poblaciones nativas del Nuevo Continente. Viruela, sarampión y gripe fueron enfermedades desconocidas por los sistemas inmunitarios de los amerindios; en cambio los invasores, como ocurre con todas las enfermedades endémicas (con brotes epidémicos), las habían padecido en la infancia; por eso mismo, los primeros europeos que arribaron al nuevo continente eran sobrevivientes de esas plagas. Por consiguiente, a la hora del "intercambio", los invasores estaban inmunizados; mientras que los invadidos fueron presa fácil de las formas más graves de esos males, sin distinción de sexo o edad.

Desde la llegada, casi simultánea, al territorio andino, de la viruela y de los extranjeros, han transcurrido casi cinco siglos. La viruela fue erradicada del territorio peruano a mediados del siglo XX y del mundo en 1978. El impacto en el desarrollo socioeconómico que las tres enfermedades produjeron en la vida de las naciones americanas, del Perú en particular, ha sido muy importante. Hay varios hitos en la evolución de esta enfermedad, desde su irrupción hasta la actualidad.

Es asombroso el hecho que ahora la población mundial por un acto demencial del terrorismo, que ojalá jamás ocurra, esté en una peligrosa situación, muy similar a la que las poblaciones nativas americanas estuvieron durante el siglo XVI; es decir, sin inmunidad adquirida por la vacuna o por infecciones no letales.

La viruela se erradicó en 1978, gracias a la exitosa estrategia de vacunación selectiva de todos los posibles contactos personales de cada nuevo enfermo4. La vacuna antivariólica protege por cinco años; de tal manera que la población mundial actual, en su totalidad, está desprotegida contra la viruela, como lo estuvieron los amerindios durante los siglos del descubrimiento y de la invasión conquistadora. Todos los habitantes del mundo contemporáneo tienen hoy día la misma susceptibilidad que tuvieron los amerindios en los tiempos del descubrimiento y la conquista; y, como aquellas víctimas de la invasión, no tienen la posibilidad de un tratamiento específico. Esta posibilidad es tan valedera que los soldados de las grandes potencias son los únicos seres que ahora están vacunados contra la viruela.

Esta presentación está destinada a resaltar las etapas más importantes del proceso de la implantación de la viruela en las poblaciones andinas en general y, en particular, en el Perú, desde principio del siglo XVI hasta nuestros días.


Los espectrales adelantados de su majestad católica

En la antigua estructura del poder de los reinados ibéricos existía la figura del "adelantado". Se trataba de individuos que oficiaban como delegados del rey para dictar sentencias, actuar como personeros reales o ejercer las veces de justicias mayores. Parodiando esta figura, resulta válido el denominar a las apocalípticas plagas como "adelantados" reales. En el caso del Imperio Inca, la viruela, el sarampión y la gripe llegaron diez años antes que Pizarro y sus huestes. Como si se tratase de esos adelantados-los agentes microbianos causantes de estas graves enfermedades- castigaron a los supuestos infieles a la religión de las Santas Majestades, los reyes y reinas de España, para preparar su sometimiento.

Hay evidencias de la presencia de epidemias que asolaron, de manera general, a las poblaciones nativas diez años antes de la llegada de Pizarro y Almagro a la región andina. El imperio incaico alcanzó a principios del siglo XVI, un desarrollo importante. La densidad poblacional era mayor a los 3 habitantes por kilómetro cuadrado, suficiente como para facilitar la propagación de enfermedades virales que se contagian de persona a persona como la viruela, la gripe o el sarampión (Figura Nº 2). 

 





En la segunda década del siglo XVI, el Inca Huayna Capac sucumbió en Quito por las epidemias unos diez años antes de la llegada de los españoles. Él estuvo en los confines norteños de sus dominios, junto con sus huestes, parientes cercanos y los cuadros de gobierno, quienes sucumbieron también. La viruela o quizá las tres plagas juntas, diezmaron a los andinos produciendo un caos fácil de imaginar y un desmedro de la gobernabilidad del imperio Inca. Miguel Cabello Balboa un cronista, de la orden agustina, alrededor de 1580, tuvo oportunidad de entrevistar a gente que en su juventud o niñez conocieron al emperador Huayna Capac; él consignó esta observación que fue escrita entre 1576 y 1586, en Quito. Dice Cabello Balboa del Inca Huayna Cápac:

"Encontrándose satisfecho en la isla de Puná y habiendo participado de sus vicios y sus atractivos, recibió malas noticias del Cusco, donde le avisaban que reinaba una peste general y cruel, de que habían muerto Auqui-Topa- Inga, su hermano, y Apoc Iliaquita su tío, a los cuales había dejado como gobernantes, al partir, Mama Toca, su hermana, y otros principales señores de su familia habían muerto de la misma manera... "5. 

Este es un elocuente testimonio de las terribles enfermedades que azotaron al imperio antes de la llegada de los conquistadores. Hay que considerar que las tres enfermedades hicieron presa fácil de las poblaciones del Caribe y Centro América, especialmente Panamá, propagándose desde ahí, poco a poco, hacia el sur. Es un hecho comprobado que existió una fluida comunicación comercial entre Centro América y el imperio de los incas; precisamente por eso, es que Núñez de Balboa, Pizarro, Almagro y Luque tuvieron noticias del fabuloso imperio de los incas. Nunca se imaginaron que las tres terribles plagas ya se habían adelantado, en provecho de Su Majestad.

Hay otras evidencias en la historia que apuntan a señalar la producción de una hecatombe durante el siglo XVI, desde antes de la llegada de los españoles al corazón del imperio incaico. Es fácil deducir el terror producido por la viruela que cursa con un brote pustuloso epidérmico, especialmente en la cara, cuya apariencia causaba pánico en el enfermo y sus familiares (Figura Nº 3). 

 





Los cronistas que acompañaron a Pizarro y sus huestes se ocuparon muy poco o nada de los problemas sociales de los nativos, muchos menos lo harían de los problemas de salud, solamente se percataron de las enfermedades de los conquistadores. En eso sí fueron elocuentes y detallistas; por ejemplo, en la descripción de la epidemia de verrugas (Bartonelosis andina) que ellos padecieron en el valle de Coaque. En cambio, les importó muy poco lo que sucedió con los nativos. Esta política fue advertida por las altas jerarquías de la corona española, por eso nombraron "cronistas", unos 20 años después, para que recolectasen los datos aún frescos existentes sobre lo que pasó durante la guerra de conquista. Así, el fraile Antonio Herrera Tordesillas, uno de dichos cronistas oficiales, nombrado por Felipe II como historiógrafo de las Indias y Castilla6, consignó algo que fue recogido, a principios del siglo XX, por el estudioso Toribio Polo: 

"Cuenta el Cronista Antonio de Herrera, que hubo este año (1539) terrible hambruna y peste en Popayán; que pasaron de cincuenta mil los indios a quienes se les devoró por efecto del hambre; y que fueron más de cien mil los muertos por la peste (viruelas) cayendo los hombres súbitamente, sin remedio"7.

Cabe especular sobre las causas por las que los cronistas de la conquista no consignaron la presencia de una epidemia de viruela, sarampión o gripe, cuando Pizarro y sus huestes pisaron el territorio andino de los Incas. Quizá realmente no existió ninguna epidemia o enfermedad entre los naturales andinos, al contrario de lo que sucedió durante la conquista de Méjico por Hernán Cortés, en donde estas mismas enfermedades están debidamente documentadas como existentes, y también, como factores determinantes en el triunfo de Hernán Cortés.

Cuando uno lee a los cronistas de la conquista del Perú, a b esos poco letrados que acompañaron a Pizarro y Almagro desde Isla del Gallo hasta las ciudades de Cajamarca y Cusco, se encuentra con la frustración completa8. Con caracteres de una epopeya medieval de caballeros andantes, para esos fedatarios de las hazañas de sus comandantes, los conquistadores fueron héroes sin mengua ni tacha y no hubo enemigo que opacase o menoscabara su atrevida empresa. Todo esto, disimulando la desmedida ambición por las riquezas. Los cronistas no tienen sino unas líneas para relatar lo que vieron; a nadie se le ocurrió hacer un inventario o relato de la ciudad capital del imperio, el Cusco, que era tan grande y, a lo mejor, más resplandeciente que Madrid. Hizo falta un observador como Cristóbal Colón, que, en su mencionado informe, relató interesantes detalles.

Varias pueden ser las explicaciones para este curioso hecho: una de ellas, que efectivamente no hubo epidemia alguna cuando la llegada de los españoles; a lo mejor,porque el acmé de las epidemias importadas había pasado, dado que existe la posibilidad de que éstas llegaran unos 10 años antes, en los tiempos del Inca Huayna Cápac, y que cuando Pizarro arribó, los sobrevivientes aun estaban recuperándose. Es posible que la gobernabilidad del país fuera precaria desde que los cuadros dirigenciales perecieran, y precisamente producto de ello fue la guerra civil entre Huáscar y Atahuallpa, cuestión que encontraron los españoles cuando arribaron a los dominios incaicos. Otra posibilidad es que todos los cronistas estaban embebidos por la doctrina conformista de San Agustín: "Las enfermedades son designios del Divino Hacedor, frente a ellas no hay que sino esperar la voluntad suprema"; pero sobre todo, cuando se trata de enfermedades que atacan a infieles, se les consideraba como el resultado instrumental de un castigo divino. Por ello, como las epidemias diezmaron únicamente a nativos, a los cronistas no les interesó relatarlas o comentarlas en sus escritos.

Las plagas se quedaron para beneficio de sus majestades

Durante todo el siglo XVI las enfermedades virales sembraron el caos entre las sociedades desmoralizadas y vencidas de los andinos, en territorios que ahora son parte de países como Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y las regiones norte de Argentina y Chile; existen testimonios aterradores del holocausto que se produjo. A la mortandad provocada por las epidemias se sumó el trabajo esclavizante en las minas situadas a grandes altitudes, por consiguiente, solamente los nativos andinos podían trabajar en ellas; y lo hacían en condiciones infrahumanas. La silicosis y el saturnismo terminaron con buena parte de los sobrevivientes de las epidemias. 

Manco II, un Inca supérstite reconocido por los conquistadores, se dio maña para organizar un ejército con la intención de liberar al antiguo imperio incásico del yugo del conquistador. La revuelta estalló entre 1536 y 1537, iniciándose con el sitio del Cusco y el de otras ciudades ocupadas por los invasores. En la antigua capital del Imperio, miles de soldados incas estaban listos para arrasar a Hernando Pizarro y un puñado de españoles. Dicho sea de paso, esta fue la primera y más auténtica revolución libertadora en la historia americana.

Los nativos, con Manco II a la cabeza, se dieron cuenta de que los arcabuces y los primitivos cañones hacían más ruido que daño, matando a lo mucho a uno o dos soldados a la vez y que pasaban muchos minutos antes que disparasen nuevamente; que los caballos no eran sino animales de carne hueso y, por último, que los conquistadores no eran otra cosa que una partida de bastardos. Pero, lo que Manco II no supo, en esos tiempos nadie lo sabía, es que al reunir una gran cantidad de jóvenes combatientes creó las condiciones para la expansión de enfermedades propagadas por contagio de persona a persona, como lo eran las tres apocalípticas plagas. Es por eso que los soldados incaicos, durante el sitio, fueron diezmados por esas enfermedades mortales. 

 



La saga tétrica que corrió de boca en boca fue que la Virgen María, durante el sitio, bajaba del cielo para matar indios. Huaman Poma de Ayala, el cronista indio, con un toque de sorna, dijo que durante el sitio del Cusco: 

"Santa María de la Peña de Francia fue vista por los indios como una hermosísima señora, con una vestidura mucho más blanca que la nieve… echaba tierra a los ojos de los indios infieles que atacaban a los españoles… Realizaron este milagro Dios y su madre bendita a fin de ayudar a los españoles cristianos; pero mejor sería decir que la Madre de Dios quiso beneficiar o hacer en esta forma merced a los indios para que estos se convirtieran al cristianismo… Santiago el Mayor de Galicia, Apóstol de Jesucristo, en el instante que los cristianos estaban en apuros, realizó otro milagro" 9.

Después del levantamiento del sitio del Cusco y la retirada de Manco II a su misterioso escondite, quedó grabada en el alma popular esta leyenda propalada por los conquistadores. Como ocurrió en México, la famosa noche de la traición de Cortés, las tropas rebeldes se desmoralizaron ante la muerte de sus camaradas de armas por la espantosa viruela. Los quechuas acuñaron esta frase, en su idioma nativo: "Chay mana allin chas'ka onqochisunqui" (Esa mala estrella, te enferma), que tan certeramente ha sido recogida por Allison y Gerstein10.

Hay otros testimonios sobre el uso malicioso de la supuesta protección divina que los invasores usaron para consolidar su conquista. Inmediatamente después del colapso del imperio incaico se usó a la viruela como un instrumento valioso para someter a la población aborigen. Especialmente los cronistas de la conquista de Chile fuero más sinceros y elocuentes, Alonso González de Nájera, dijo en 1590:

"Todo parece denotar que Dios ha facilitado a aquel reino con particulares favores, mostrando ser su divina voluntad que se perpetúen en aquella fértil tierra... Pues es cosa de maravilla el ver que conocidamente... se van acabando los naturales tan de prisa por contagiosas dolencias con que les hace Dios a la sorda con ellos..."11.

Pero el más desembozado mensaje, ocurrió en América del Norte. Ésta, fue la oración que compuso el reverendo Richard Mather (1585-1690), como agradecimiento al Altísimo por el envío de una terrible epidemia de viruela a los nativos, quienes se organizaron para expulsar, en 1633, a los peregrinos de la colonia Plymouth, en Nueva Inglaterra (hacía sólo 16 meses que esos "peregrinos" habían llegado). Su oración de acción de gracias (se dice que ese es el origen de la fiesta tradicional del "Thanksgiven Day") tiene el elocuente título de God-sent smallpox (La viruela, envío de Dios). Con esta experiencia, el gobierno colonial inglés instruyó a sus tropas para esparcir frazadas contaminadas con viruela para ser recogidas por los nativos y así ayudar a su exterminación12.

En resumen, la irrupción de las epidemias de viruela, sarampión y gripe, durante la invasión europea a América, constituye el primer ejemplo de la historia sobre el uso de enfermedades como armas deletéreas. Capítulo aparte, fue la permanencia por siempre, de esas enfermedades que se convirtieron en América, en reservorios de epidemias junto con otras también importadas como malaria, fiebre amarilla y lepra que llegaron con el comercio de esclavos africanos. El impacto que produjeron estas plagas en el desarrollo de las sociedades de los nuevos pueblos y naciones que se crearon fue muy grande; porque, a partir de la consolidación de imperio colonial esas epidemias formaron parte del sufrimiento de los nativos.

Las plagas se convirtieron en propias de los nativos

Los nativos sufrieron las consecuencias de múltiples brotes epidémicos tanto de viruela como de sarampión, dos enfermedades que en los siglos XVII y XVIII podían ser diagnosticadas con cierta facilidad, no así la gripe, conocida con el apelativo de "romadizo" cuya distinción de otras fiebres era difícil de hacer. Aun en el siglo XVII se observó que la mayor parte de enfermos, de cualquiera de las tres enfermedades, eran nativos; hubo muy pocos criollos (españoles nacidos en suelo americano) y prácticamente ninguno nacido en Europa.

Tal como el profesor Mervin Allison dice, durante los siglos, XVI, XVII, y XVIII, progresó un holocausto de la raza indígena a la que se sumó la africana. Son múltiples y variados episodios de las epidemias.

Botero Benes, un antiguo autor, en 1603, en sus Relaciones Universales, que es una suerte de geografía general, dijo:

"Luego al año siguiente (de un terremoto, en Quito) tras estos males sobrevino el contagio de las viruelas que hizo espantosa carnicería en niños, y mancebos de edad hasta de treinta años, porque a los mayores los tocó en muy pocos: murieron más mujeres que hombres, y fue cosa maravillosa, que no tocó esta enfermedad a ninguno de los que eran nacidos en España"13.

Esta es una importante observación. Principalmente porque anota claramente que la enfermedad no atacó a ningún español nacido en su tierra natal; eso fue, precisamente, lo que explotaron los invasores, sea maliciosamente o por fanática ignorancia. Es decir, hacer creer o creer, según el caso, que su Dios cristiano los protegía. La otra observación importante de Botero Benes es que la epidemia no atacaba a los mayores de 30 años. Esto indicaba que se había instalado lo que los epidemiólogos llaman "un reservorio" entre los habitantes que ya, en 1603, habían sobrevivido a las plagas virales en las anteriores oleadas de las epidemias.

Cuando se consolidó e instauró la colonia del virreinato del Perú (en un inicio con sede en Lima y con jurisdicción sobre casi todo el continente Sudamericano, desde Panamá hasta Tierra del Fuego, con excepción del territorio que ahora es Brasil), quedó demostrado una vez más la indiferencia de los gobiernos virreinales frente a las graves enfermedades que aniquilaban a los antiguos habitantes de la región andina, dado que ni siquiera realizaron un acopio de información. Esa actitud indolente la tuvieron los sucesivos gobiernos de los virreyes, inclusive el de Francisco Toledo, que organizó una sólida estructura administrativa. Eso se desprende de la lectura de la correspondencia oficial que, tan eficientemente, se preserva en el Archivo General de Indias14. A casi ninguno de los virreyes le interesó acotar sobre la creciente propagación de las enfermedades entre la población nativa.

El único que demostró preocupación fue el séptimo virrey don Fernando Torres y Portugal, Conde Villar-don-Pardo15 (Figura Nº5), quien en cartas y otros documentos dejó testimonio de su interés por la salud de los nativos así como de procurar medidas que pudiesen paliar las lamentables consecuencias de las enfermedades.

 





Conviene transcribir la carta que dicho gobernante envió al Rey Felipe II. Es un valioso testimonio de la permanencia de las epidemias virales, después de su implantación en las comunidades andinas durante las acciones de la conquista; además, porque es el primer documento que hallado, en el que un alto dignatario español se ocupa de la salud de los nativos, y por último, por que ningún historiador de la viruela en el Perú ha reparado en las observaciones de este Virrey; dice así:

"Señor,// Escrito tengo a Vuestra Majestad la enfermedad que comenzó a tocar en la provincia de Quito de viruelas y sarampión de que comenzaba a morir alguna gente y particularmente iba haciendo daño en los naturales y que avisaría de lo que adelante sucediere y habiendo esta pestilencia, que así le llaman, por haber destruido y muerto mucha suma de indios que es la gente a quien el rigor de ella se endereza más, en particular ha venido cundiendo por diversas partes encaminándose a estas provincias y en la cuenca de Loja y Paita se fue acrecentando su furia y ha llegado, con mucha más, hasta la ciudad de Trujillo, dejando los valles de su distrito tan arruinados que se han asolado muchos pueblos con pérdida notable de sus moradores. Según de todo esto me ha dado aviso en esta manera y aunque desde el comienzo he puesto el cuidado necesario en el reparo que ha parecido convenir visto lo que se va entendiendo, lo he puesto mayor y con los medios más eficaces que en semejantes casos suelen aprovechar, ordenando a todos los corregidores en sus distritos que con mucha diligencia acudan a la cura y el amparo de los dichos indios y provean las medicinas y sustento conveniente de las cajas de las comunidades donde está el dinero que para esto se aplica, ocupándose ellos y los demás ministros en solo lo que a esto conviene con puntualidad y diligencia que semejante conflicto ha de menester para reparar el daño irremediable que se espera de todos los llanos donde está la viruela toca y a vuelta de ella un tabardete pestilencial que a ninguno da que escape. Ordené también a los dichos corregidores los remedios que os médicos de esta ciudad parecieron convenientes, a los cuales hice juntar para ello y con acuerdo de los más experimentados se hace la cura que conviene a los enfermos en todas las partes donde llega este mal y que los encomenderos acudiesen a sus repartimientos y ayudasen a esto con la diligencia posible y mandé que fuesen a esta ciudad algunos de los dichos médicos para que con la misma entendiesen el cumplimiento de estas cosas y al corregidor de ella y a los demás de ciudades y pueblos de españoles se les ordenó que pusiesen la guarda y el reparo necesario en la con los pueblos que estuviese tocados de esta peste de manera que aplicándose todos los medios humanos quedase el disponer el suceso a la voluntad de Nuestro Señor que se sirva por su misericordia de aplacar su ira. Me han escrito que en las provincias de arriba casi en un mismo tiempo a tocado otra enfermedad de tose y romadizo con calentura de la cual aunque hubo días que en Potosí enfermaron de ella más de diez mil indios y algunos españoles no ha hecho hasta ahora daño notable allí ni en el Cusco y Huancavelica donde de presente anda de ninguna manera de estas enfermedades mueren hasta ahora españoles y esos mozos nacidos en este reino, Nuestro Señor guarde a Vuestra Majestad, en Lima 19 de abril 1589", (Nota: Para esta transcripción se usó la ortografía, puntuación y sintaxis actuales, en todo lo que no atentó contra el estilo de la época)16

En la colección de documentos relativos al Conde Villar existen otras comunicaciones que, como la transcrita, contienen interesantes datos sobre las tres epidemias. En primer lugar, que sólo los españoles nacidos en América, además de indios y negros, eran los afectados. Luego, establece con claridad que hay tres plagas que simultáneamente atacan a los indios; estas son: viruela, sarampión y romadizo. Esta última denominación, como queda dicho, era la usada para la gripe; que según la versión de la 21ª Edición del Diccionario de la Real Academia Española es: catarro de la membrana pituitaria.

Por último, el Conde de Villar, parece que tenía una clara noción de la manera como se propagaban esas enfermedades. En la carta del 11 de mayo, dando cuenta de las epidemias que asolaban los "llanos y valles de Trujillo" usa el término contagio. En 1546 Girolamo Fracastoro (1478-1553), fue el primero en definir, con claridad, las enfermedades que propagaban de persona a persona, en su De Contagione et Contagionis Morbis et Curatione17. Se nota que este virrey estuvo adecuadamente asesorado por los médicos que entonces practicaban en Lima. Así lo mencionó en otra de sus cartas cuando relató que convocó, en el palacio virreinal, al cuerpo médico de la ciudad de Lima.

La documentación sobre la actuación del Conde Villar don Pardo frente a las epidemias que asolaron a los nativos no sólo está en Sevilla, en el Archivo General de Indias, sino también, en el Archivo de la Nación. Allí existe un legajo con documentos sobre las provisiones que él tomó para aliviar las epidemias simultáneas de viruelas, sarampión y tabardete a los indios de los pueblos de Surco, Lati y Lurigancho por haber en ellos muchos enfermos y morirse casi todos…En otro documento similar, da cuenta de otra epidemia igualmente terrible en los pueblos de Matucana, Surco y San Mateo donde nombró a un cirujano, don Francisco de Velásquez, para que atendiese a los enfermos. Resulta, que en esos tiempos, las enfermedades con brotes cutáneos, como la viruela y el sarampión, eran atendidas por los cirujanos, llamados latinos, que tenían estudios universitarios, todas las enfermedades llamadas externas, como viruela y sarampión, eran de competencia de estos profesionales de la salud; pues los doctores, llamados físicos, que ostentaban el título de mayor rango académico, no estaban para atender vulgares males supuestamente cutáneos.

La vacuna de Jenner llegó a los andes en los brazos de niños héroes

Juan Bautista Cuenca, Apolinario Saranyo y Mateo Mora son los tres niños, nativos de la región de Loja (hoy día parte de Ecuador) en cuyos brazos se trasladó a Piura, el 22 de diciembre de 1805, el virus de la enfermedad de las vacas llamada "viruela vacuna" (Cowpox, en inglés y Variolæ Vaccinæ, en latín). Esos benéficos microbios, ultra diminutos, estaban en la secreción de las úlceras que tenían los brazos de esos pequeñines. Hacía unos días que el doctor José Salvany, un médico catalán malgeniado, tísico y compulsivo tosedor, les había practicado una inoculación en sus brazos con el método Jenner en Loja, y había convencido a sus padres para levárselos a Piura. El fluido algo purulento de las úlceras en sus brazos serviría para iniciar en el virreinato del Perú la lucha contra la viruela (Figura Nº 6). Esos niños no han pasado a la historia, ni pasarán, sólo se trata de campesinos humildes, de esos a los que se les denomina "indios", desde que Pizarro llegó. Los héroes a los que se les adora desde siempre, en los Andes, son todos blancos y a los pocos que no son se les transfigura sus caracteres físicos. Éstos niños sólo fueron una suerte de chasquis, que por mandato real se les reclutó compulsivamente para traer al virreinato del Perú el "precioso fluido de la vacuna". 

Esos niños lojanos fueron los nuevos eslabones de una "cadena de infinita solidaridad", una que garantizaba obtener una coraza sólida e infranqueable que protegía, a los inoculados, contra la espantosa viruela. Los primeros eslabones estuvieron en Milán, Italia. Cabe destacar que nunca antes, en la historia de la medicina, se había visto algo igual por la rapidez con la que un conocimiento de avance médico fuera incorporado a la mente de todas las gentes, en tan poco tiempo, teniendo en cuenta que no existían los medios de transmisión de las informaciones de los tiempos actuales.

El libro de Jenner, que describía un método seguro para proteger a los seres humanos de contraer la viruela, apareció a fines de 1798 y para los dos primeros años del nuevo siglo XIX la noticia, y sobre todo, el procedimiento descrito en sus páginas - que fue bautizado como vacunación y a la acción como vacunar - ya estaba en uso en todo el orbe. En 1802, en toda Europa había campañas para vacunar, especialmente a niños que aún no habían sido atacados por el terrible mal. En América del Norte fue la sensación.

El hecho es que el doctor Luigi Sacco (1769-1836), bautizado como el "Jenner de Italia" se dice que mandó como obsequio personal, a Carlos IV, el rey de España, entre dos vidrios la secreción desecada de dos úlceras de vacas enfermas con la viruela vacuna18. El rey español - que casi perdió una hija por la viruela, la que sobrevivió con la cara desfigurada - recibió este regalo con alivio, en 1800, y mandó a sus médicos desleir el polvillo seco de los vidrios para que sus médicos practicaran inoculaciones en niños que no tuvieron antes viruela. Fue un éxito; y, así, se inició una campaña de vacunación por toda la península ibérica.

 





Dicen que en 1804, Carlos IV, después de recibir la noticia de la epidemia de 1802, en Lima. Se acordó de las colonias de ultramar y ordenó organizar una expedición de la vacuna. En la historia de la medicina mundial es la primera vez en la que se transportó el fluido vacuno fresco a través del Océano Atlántico. Para esto se empleó el método de brazo a brazo. Se reclutó, a viva fuerza, a 22 niños de un orfelinato de La Coruña que no habían contraído antes viruela. Durante el largo viaje se les vacunó, uno por uno, para preservar el fluido que exudaban de las úlceras. Hasta llegar a Puerto Rico y Cuba. Al llegar a territorio americano se reclutaron más niños para seguir la cadena. La mayor parte de ellos, especialmente para el transporte del fluido de una ciudad a otra, los niños fueron nativos. En nombre del rey se podía cometer cualquier abuso.

Esos microbios vivían un par de semanas en la secreción linfática de una pequeña úlcera (Figura Nº 6), que se formaba después de arañar, deliberadamente, la piel del brazo de la persona a quien se quería proteger del ataque de la viruela. 

Esos niños, cuyas edades no están registradas, fueron reclutados a viva fuerza por órdenes de su Majestad el Rey Carlos IV, se trató de niños nativos y humildes de las aldeas Sarango y Sosorana, en las cercanías de Loja. No existía otra manera de propagar el método de protección contra la viruela. Ahora, es interesante estudiar el proceso del descubrimiento de la llamada vacunación. Éste se inició miles de años antes cuando la medicina popular china así como, mucho después la árabe, encontraron, con la misma "sabiduría" de quienes descubrieron el fuego o el cultivo agrícola, que podía protegerse de la viruela, inoculando a la persona que se quería cuidar, con productos, secreciones o costras, en muy pequeñas dosis para provocar una "pequeña enfermedad" localizada en un brazo o una nalga. Notaron que el organismo tenía una suerte de memoria para que, cuando una gran epidemia aparecía, ese mismo organismo de la persona inoculada recordaría la manera de rechazar a la enfermedad. Todo esto de manera empírica y sin el conocimiento científico que ahora se tiene. 

La inoculación de pequeñas cantidades de secreción de una pústula de viruela se comenzó a usar en el occidente a partir de la década de 1740, con éxito, a pesar del riesgo que esto entrañaba, dado que podía provocar, en la persona inoculada, (hasta en el 10%) una enfermedad generalizada con posibilidad de ser fatal, y lo que era peor, iniciar una epidemia. Pero, durante una epidemia natural, la viruela mataba a casi un 40% de los atacados, los sobrevivientes eran estigmatizados con feas cicatrices en la cara. No obstante, la existencia de estas reacciones adversas, su uso fue muy difundido, con partidarios y detractores. En América del Norte, este método se hizo muy popular, principalmente en manos de sacerdotes anglicanos. En México, durante la epidemia de 1797-98, la variolación (así se denominó al procedimiento de inoculación de la viruela) probó ser un instrumento de prevención muy eficaz19. Allí el médico español Francisco Xavier Balmis tuvo su primera experiencia como luchador contra la viruela. Más tarde, como primer jefe de la expedición de la vacunación con el método de Jenner regresó allí. Al Perú llegó, la variolación, tardíamente, casi al mismo tiempo que la vacuna de Jenner; resultando un fracaso por los contradictorios resultados.

Resulta fascinante la observación que hizo Hiram Bingham en 1913, cuando se aproximaba a Macchu Picchu. El no fue médico y menos historiador de la medicina; por consiguiente, no había escuchado hablar de la variolación, su observación, sin embargo, sirve para reforzar la idea que la solución a los retos de la salud quebrantada, o de otro orden, son similares: 

"Los indios creen que la vacunación con pus de las lesiones de un paciente que ha muerto con viruela confiere inmunidad contra esta enfermedad. Ellos practican esta suerte de vacunación con el resultado que los que han sido así inoculados mueren por esta enfermedad"20.

Se supone que los nativos de la aldea, en la que el explorador Bingham hizo esta observación, no conocían la historia de la medicina ni menos poseían información científica. Valdizán y otros historiadores consignaron ejemplos de estos métodos de protección contra la viruela. Esto en los tiempos en los que la vacunación, con el método de Jenner, hacía más de un siglo que había sido implantada en el país.

Edward Jenner, cuando niño, a los 8 años, fue variolado; por consiguiente, estuvo mentalmente preparado para considerar las inoculaciones como medio de evitar el contagio de la viruela. Había sido protegido con ese tipo de inoculación durante un brote epidémico de viruela que ocurrió en Glouwcestershire, en 175721.

Una observación folclórica hizo que alguien con razonamiento lógico pudiese diseñar un experimento científico. Los ganaderos productores de leche de vaca observaron que las ordeñadoras eran resistentes a adquirir la viruela después de contagiarse con las pústulas que, en las ubres de las vacas lecheras, producía una enfermedad llamada "cowpox" o "viruela vacuna". Estas pústulas eran muy similares a las que producía la variolación en los brazos de las personas inoculadas.

Edward Jenner le comunicó esta observación a su maestro y mentor, el entonces consagrado cirujano John Hunter (1728-1793). Él le aconsejó que para comprobar la validez de la observación desarrollase un experimento, tenía que reproducir la viruela de las vacas en personas; y que en éstas, tiempo después, se pudiese demostrar la resistencia a la inoculación intencional de viruela humana. Con ese objetivo, Jenner diseñó un experimento en el que tenía, necesariamente, que usarse un humano como demostrador. Esto ya había ocurrido en Londres, en 1721, para comprobar la eficacia de variolación. En esa ocasión, se convenció a tres hombres y tres mujeres, criminales condenados, para conmutar sus penas si se dejaban inocular con viruela. Los seis sobrevivieron y ganaron su libertad. Este procedimiento fue bautizado como "variolación", como ya se mencionó. 

Consecuentemente, en el tiempo que Jenner comenzó su experimento ya había el antecedente de esos prisioneros; y además de los cientos de miles de variolados que para 1796, existían en el mundo, incluyendo al propio Jenner, como queda dicho. Es así que, este médico rural bondadoso y elocuente, que tenía un cierto prestigio por haber publicado algunos trabajos médicos, convenció a su jardinero, para que permitiese que su hijo, de 8 años, llamado James Phipps, fuese inoculado con la secreción de una úlcera de la mano de la ordeñadora Sarah Nelmes (Figura Nº7) que se había contagiado con la viruela vacuna, procedente de una vaca llamada "Capullo" (cuyo pellejo está, hasta hoy, en exhibición en la biblioteca del Hospital Saint George de Londres). La inoculación ocurrió el 14 de mayo de 1796. 

 





En el brazo del pequeño James se produjo una úlcera idéntica a la de la mano de Sarah. Esta lesión curó espontáneamente después de un par de semanas. Luego, el 1 de julio de 1796 el niño Phipps fue nuevamente inoculado en ambos brazos, esta vez con el producto de las secreciones de viruela humana; es decir, fue variolado. Los rasguños que produjeron las inoculaciones desaparecieron en un par de días y jamás se produjeron las lesiones ulcerosas acostumbradas. ¡Eureka! Se había descubierto la vacunación, que se llamaría después: inmunización, cuando la biomedicina explicó científicamente el proceso que confiere al organismo resistencia contra el ataque de una enfermedad contagiosa.

Cuando Edward Jenner (1749-1823) publicó, en 1798, su célebre libro An Inquiry Into the Causes and Effects of the Variolæ Vaccinæ, a Disease Dicovered in Some of the Western Counties of England, completó su trabajo original con 11 observaciones en otros tantos voluntarios, uno de los cuales fue su propio hijo de once meses de nacido. Esta publicación produjo una verdadera revolución en el mundo científico; pero también, en el ambiente lego no médico, especialmente en los círculos políticos de los gobiernos (Figura Nº8). Reyes, primeros ministros, gobernantes, parlamentarios, caciques y, por supuesto, médicos querían aparecer como los salvadores de sus conciudadanos, al propiciar grandes campañas de vacunación. Los caciques de seis naciones indias de Norte América le obsequiaron al gran Jenner un cinturón de cuentas de concha perla (Wampum, en el idioma nativo), que para ellos significaba pago por gratitud eterna. De todos los honores y obsequios que recibió de reinas o príncipes, éste es el más significativo. Los primeros invasores ingleses, dos siglos antes, habían tratado de exterminar a los indios contagiándolos con viruela. En el párrafo inicial del libro de Jenner, en la dedicatoria dijo lo siguiente:

"En la presente era de la investigación científica, hay que resaltar la existencia de una enfermedad de tan peculiar característica como lo es la "Vacuna", que ha aparecido en algunas vecindades desde hace algunos años. Este hecho no debe pasar desapercibido… he instituido una rigurosa investigación sobre las causas y efectos de esta singular enfermedad…" 

 



Ahora volvamos a los Andes peruanos, al día 24 de diciembre de 1805, víspera de la Noche Buena, cuando apareció en las afueras de Piura la expedición de la vacuna dirigida por el médico José Salvany. Era el segundo jefe de la gran expedición filantrópica, que había partido en 1804 de La Coruña, en un barco especialmente dotado para este fin. Tenía alojamiento para albergar a 20 niños y una gobernanta. Todos eran del orfanato de La Coruña y tenían el antecedente de no haber padecido de viruela. Los médicos y bachilleres de medicina, miembros de la expedición, habían aprendido las técnicas de preservación del fluido vacuno por sucesivos pasajes del brazo de un niño al de otro, después de unos días de "maduración" de la úlcera, y por su puesto, que aprendieron el manejo correcto de la lanceta de vacunación.

Así es como llegó a la entrada del Virreinato del Perú, a Piura, después de haber vacunado a miles de niños y personas adultas que no habían sufrido de viruelas por todos los centros urbanos de lo que ahora son los países llamados Venezuela, Colombia y Ecuador. El protocolo exigía que un enviado del rey, como Salvany, que como él repetía con arrogante porfía, tenía que entrar a la ciudad en ceremonia especial bajo palio y acompañado de las autoridades locales22. Por eso, se quedó en una hacienda cercana a la espera de la ceremonia; pero, don José Salvany, sintió que no tuvo una recepción como merecía su alta investidura; es más, a nombre del rey, amo y señor de todos su vasallos, incluyendo a los piuranos, mostró su fastidio. Salvany, a parte de su arrogancia, eran un adicto compulsivo al trabajo y a la responsabilidad de su misión. El mismo día de su arribo trabajó incansablemente, había llegado sin el resto de la expedición; pero, eso no impidió que vacunase aproximadamente a 1500 niños. No le importó los feriados religiosos ni las festividades de fin de año. Borroneó varias hojas, llenándolas con los nombres de los niñitos. Los piuranos, mujeres y hombres, acudieron en masa a recibir el beneficio de la vacunación, Cuando, el primero de enero, día de la Circuncisión del Señor - fiesta importante en el calendario religioso de la época - había una masa de gentes, en el local del alojamiento de Salvany, que denominó como "Casa de la Vacuna", acordó suspender la vacunación y enrostrar a las autoridades su indiferencia. La reproducción de esta carta muestra el fuerte carácter del médico catalán. Dice así:

"Siendo que en la faz de un reino que hasta ahora se ha inmortalizado en los fastos de la posteridad haya yo de acudir al primer Magistrado para manifestarle la indolencia con que se porta en beneficio de la patria y utilidad común. Me había persuadido que el ejemplo de cuantas partes donde he tenido la dicha de propagar el precioso fluido vacuno sería bastante para entusiasmar a estos padres de la patria para que no sólo recibieran sino que admiraran el beneficio y que por consiguiente no habría necesidad de la alta recomendación del Soberano. Pero lejos de esto he reparado, en esta ciudad, que a excepción de uno solo no tan solamente el Magistrado ha mostrado con la mayor
indiferencia el precioso don que el mejor de los Reyes dispensa, sino que puedo asegurar que lo ha tácitamente vilipendiado.
Yo en atención a estas consideraciones he resuelto suspender esta tarde la vacunación, y despedir de mi alojamiento a un sin número de gentes que penetradas de la utilidad del beneficio han concurrido a buscarlo y a las que las sublimes lágrimas de nuestro soberano habrían sido la recompensa por no haber quien se aleje del buen orden y cuidado que debe guardarse en un acto tan solemne como es de vacunar como el más útil a la humanidad.
Y en atención de mandarme el Soberano que para el más mínimo asunto de la Real Expedición de mi cargo que me ocurra, ofrezca y pida auxilio a los Jefes Principales de cuantos puntos transitare ordenaré, me veo precisado a presentar a usted y decirle que puedo ejecutar más vacunaciones sin providencias que vayan con el arreglo y orden que en todas las demás partes, atendiendo que es el Gran Carlos Cuarto, nuestro Rey y Señor quien la envía. Juntamente aviso a usted que para el ocho o nueve del corriente tengo determinada mi salida y a fin de poder seguir yo con lo que Su Majestad me manda. Necesito que me proporcione ocho o nueve niños que no hayan pasado viruelas, para que los sucesivamente vacunados pueda propagar el fluido de lugar en lugar hasta Lambayeque que es puntualmente lo que Su Majestad ordena y a lo que no ha ofrecido resistencia el más infeliz de los pueblos. Dichos niños espero me serán inmediatamente entregados para vacunarlos a proporción de la distancia de los pueblos que hubiera de visitar".

Caballerías, diez de carga para la conducción de equipajes y diez de montar con las correspondientes sillas y aptos aparejos para la comodidad de los niños que servirá para libertar a la patria. Además, habiéndome mandado que los niños que sirvieron para la conducción del fluido de un lugar a otro, sean entregados a las Justicias para que estos cuiden que con la más posible brevedad, comodidad y decencia sean devueltos a sus respectivos hogares, paso a entregarle a los tres llamados Juan Bayasta Cuenca natural de Carinamanga, Apolinario Sarango, y Mateo Mora propios de Sosorana para que usted efectúe en este particular cuanto el Rey ordena. Espero juntamente el que usted me diga si los gastos que han ofrecido los niños que han conducido la vacuna, y el de los individuos que los han cuidado debe satisfacerlos la Real Hacienda, o si como lo insinúa el Soberano los satisface el Ilustre Cabildo conforme hasta ahora lo ha verificado el más falto de propios por corresponder a usted verificar atención a nuestro Piadoso Monarca; en caso de lo primero me entregará usted un recibo de lo costeado, al que yo satisfaré, sirviéndome el de más crédito a lo que arriba tácitamente he expuesto, que sólo el común del pueblo ha conocido la utilidad del don que el Soberano le dispensa y que no ha sabido el Magistrado si sólo un individuo agradecerlo conforme él se merezca.


Dios guarde a usted. Casa de la Vacuna, enero 1 de 1806.




Al día siguiente, el subdelegado de la Ciudad de Piura, puso al margen de la carta de Salvany una nota en la que convocaba a una sesión del ilustre Ayuntamiento de la ciudad. La reunión recién pudo realizarse el 6 de enero, día de la Pascua de Reyes. Por su puesto que el acuerdo fue unánime para darle satisfacciones y otorgarle todas las facilidades al representante del rey y ejecutor de la vacunación; entre las medidas tomadas estuvo la de celebrar una solemne misa.

Cuando José Salvany llegó a Piura su tisis había avanzado; antes, en las alturas de Bogotá tuvo su primer episodio de hemoptisis. Tosía y se adelgazaba notoriamente; pero, en ningún momento dejó de trabajar. Se fue a Cajamarca, a Huancavelica, Chiclayo y a cuanto sitio pudo. Por su puesto, que como se comentará luego, estuvo en Lima. Intercambió comunicaciones con los virreyes Avilés y Abascal, sucesivamente. En Ica le sobrevino otra vez la hemoptisis; más tarde en Puno; pero no dejó de trabajar, refunfuñar y exigir la colaboración de burócratas ineficientes. Su mal se agravó en La Paz, situada a 4,000 metros de altitud sobre el nivel del mar. Esto fue demasiado para él; ya que a la muy baja tensión de oxígeno se sumó el destrozo de sus pulmones por la tuberculosis. Gregorio Marañón, en 1948, en una bella oración compuesta en su homenaje dijo: "la lanceta se le cayó de las manos cuando vacunaba a un niño, luego se desplomó muerto"; así, el gran médico y literato español, dramatizó la hazaña de este médico embebido de la misma mística de los modernos "cazadores de microbios" o, mejor aún, de Donald A. Henderson, que dirigió la campaña de la Organización Mundial de la Salud para erradicar la viruela de la faz de la tierra, en 1978. Esto, nada menos que 172 años después que hombres que como Salvany creyeron que sería fácil convencer a todo el mundo que la vacuna era el arma más eficaz contra esta terrible enfermedad.

Pero el documento que sirve para comentar la expedición de la vacuna contiene datos muy interesantes. El folio 48 consiste de una comunicación rubricada por el Marqués de Avilés entonces virrey próximo a salir para entregarle el mando a su sucesor Fernando de Abascal.

"Transcribo para su inteligencia y cumplimiento la superior orden siguiente. El señor gobernador de Puno mes dice haber hecho inocular allí con el fluido vacuno a una becerrita y dos vacas lecheras con el objeto de experimentar si podía transmitirles o se había degenerado algo dicho fluido en el hecho de pasar por tanto brazo humano y que en la becerrita se secó el grano, pero prendió en las vacas, de las cuales se extrajo pus a su tiempo con el que inocularon varias criaturas, y todas han recibido o tenido igual suceso que las vacunadas con el pus tomado de brazo a brazo, sin diferencia alguna.

Comunico a usted. esta noticia para que traslade a los subdelegados del distrito de su mando a fin de que se propague y cuiden de practicar igual a dichas. Dios guarde a usted. Lima, mayo 1 de 1806

El Marqués de Avilés." Los burócratas jamás hicieron caso a tan extraordinaria sugerencia. El virrey Avilés, por otro lado, dejó el cargo en el mes de julio y esta magnífica idea fue abandonada. Sólo a partir de 1860, en Europa y América se comenzó a usar este procedimiento. En el Perú fue adoptado recién a partir de 1895; ya durante los años precedentes el fluido vacuno era preservado en los orfanatos de Lima y las provincias.

Volviendo a Salvany y su cruzada por la vacunación. La expedición llegó a Lima en junio de 1806, antes había recorrido las ciudades del norte, tanto las costeñas como las serranas. Comunicó al Virrey que existían unas normas, de obligatorio cumplimiento, que regulaban la manera de proceder en las vacunaciones así como para preservar la cepa del fluido vacuno.

La llegada de José Salvany a Lima produjo una verdadera conmoción. Ya que 7 meses antes de su arribo en Lima se inició la vacunación por otra vía. Era la misma cepa, la española que fue preservada desde 1800 - la enviada por Luiggi Sacco, desde Italia. Lo que ocurrió fue que desde Cartagena de Indias, el Virrey de Buenos Aires solicitó a Balmis, jefe de la expedición que le remitiese "vidrios" conteniendo el polvillo desecado del fluido. Desde allí se envió al Perú a manos de un cirujano español radicado en Lima, llamado Pedro Belomo.

Belomo, después de varios intentos fallidos había producido una úlcera típica en el brazo de un niño esclavo llamado Cecilio Cortés. El acontecimiento fue celebrado con repique de campanas y consagrado con una misa solemne con asistencia del virrey y de todas las personalidades más importantes, en 1806.

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22. En la biblioteca del autor de este trabajo existe un legajo, cosido con hilo, titulado Vacuna 1804, Piura. Tiene 104 folios numerados (cara solamente); consta de cartas, copias de actas del cabildo, listas de niños vacunados, en Piura y otros poblados aledaños, así como una relación censal de niños menores de 5 años que podrían servir como reservorio para preservar el fluido vacuno. Algunos de estos documentos han sido publicados por Juan B. Lastres; sin embargo, aún son desconocidos otros importantes incidentes de esta expedición.         [ Links ]